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martes, 2 de agosto de 2016

El Retorno



Veo cómo papá sigue fielmente el mundial de fútbol, algo decepcionado, porque España perdió 5-1 frente a Holanda. Mamá, tan servicial y abnegada como siempre, le está haciendo una tortilla a papá, mientras acaba de calcular la facturación del mes.
Otra vez cenará deprisa, al tiempo que hace los balances. La relojería no debe andar muy bien. Las caras de preocupación y los debates interminables de la sobremesa y de las noches en la terraza, mientras nos acompaña la luna, así parecen confirmarlo. La abuela tampoco goza de buena salud. Puedo ver cómo se tensa su cuerpecito arrugado a cada paso que da por las habitaciones de la casa, sintiendo cómo la lucha que emprendió contra el cáncer, hace un par de años finaliza su ciclo. Me lo ha dicho indirectamente, en un nuevo lenguaje que confirma aun más el amor que siento por ella y del que soy orgulloso receptor. De modo que aprovecharé para culminar mi estrategia espiritual. Esta intuición me ha dicho que la tregua en el avance de las células cancerígenas por su maltrecho colon quiere reemprender la actividad y hará que muy pronto deje el mundo de los vivos, lo puedo presentir. Solo los gemelos en su habitación de estudio parecen regalar al presente fugaces alegrías. Acaban de aprobar la selectividad con notas excelentes y el año que viene iniciarán el nuevo rumbo académico en la Universidad. Así que todo sigue igual, igual que hace unos meses.



¡Qué guapo estoy en esa foto de graduación!. Y en aquella otra que nos hicimos durante las primeras vacaciones que papá se tomó en muchos años, cuando conseguimos por fin visitar Argentina y a toda la família de mamá. Siempre habían sido ellos los que habían venido a nuestro encuentro. Supongo que papá se mantiene aferrado al negocio y al entorno. Siempre le gustó vivir pegado al terreno, sobrellevando como podía las circunstancias de la crisis, sin atreverse a realizar demasiados cambios. Al fin y al cabo, pertenecemos a una dinastía de relojeros y la tradición manda. Mi bisabuelo le dejó su legado a mi abuelo y finalmente éste a mi padre. Aunque tengo la firme convicción de que la saga no continuará y esto va a ser irremediable. Papá lo sabe, lo que no hace más que agudizar su pesimismo.



Los avatares de la vida me han hecho aterrizar nuevamente en esta casa, llena de recuerdos, de detalles de cerámica y mármol, de cuadros antiguos y relojes de época. Todo está clásicamente dispuesto y ordenado. La sala de estar parece una exposición de reliquias y vestigios de un pasado histórico e inalcanzable. Mi hogar es prácticamente una mansión por sus dimensiones. Abarca una superficie de 170 metros cuadrados y es difícil de mantener, por cierto. Construida por mi bisabuelo en 1870, conserva todos aquellos elementos de antaño de valor existente, prácticamente desde sus orígenes, como la piedra y las vigas de madera en los techos. El resto de elementos, a excepción de su estructura original, han sufrido leves reformas y modificaciones adaptándose a los tiempos que corren. Constituye una mezcla de estilos, pero la decoración antigua se entremezcla de forma ecléctica con otros ornamentos más modernos, de manera que el aspecto resultante es de lo más acogedor y funcional. Y luego está, por supuesto, la energía de los presentes, al igual que la mía propia. Jamás pensé que volvería tan pronto. Lo que sí sé es que debo continuar protegiéndoles, salvaguardar sus movimientos. Siendo el primogénito, me he visto siempre inmerso en esa tesitura. Sin embargo, aunque entonces lo creí necesario, ellos jamás me lo pidieron.



Ojalá fuera capaz de abrazarles, rodear con mi cuerpo sus siluetas de barro, sus apesadumbrados rostros y llorarles con lágrimas compasivas, logrando contrarrestar sus sentimientos de vacío existencial. Pero mi naturaleza me condiciona inescrutablemente. Los designios y las señales que me vinculan con mi nuevo estado me lo impiden taxativamente. Soy consciente de que no volveré a derramar lágrimas de desaliento, que en mi espíritu no volverá a aflorar la añoranza ni la desesperación. Debo de estar a estas alturas enormemente entrenado. De todos modos, jamás me he caracterizado por ser una persona que se emocione con facilidad, siempre he preferido demostrar afecto a través de cosas palpables, de forma materialista. Puedo asegurar sin temor a equivocarme, que ellos aprecian de manera especial que siempre haya estado ahí, apoyándoles, sobre todo, económicamente. Para eso mi padre ha trabajado duramente toda su vida, para poder ofrecerme un futuro digno. Llegar a ser ingeniero de caminos me proporcionó un empleo estable, con una buena retribución.



Parece que nada ha cambiado. El reloj de cuco, una de las joyas que heredó mi padre, es un elegante objeto tradicional al que le tenemos mucho aprecio. Tiene el péndulo y el gong de platino y despide mecánicamente a nuestro pajarillo dorado, un ser inanimado con alma, que irrumpe alborotadamente con su cantarina onomatopeya para amenizar los ratios del tiempo. Además, parece que ahora la casa está resguardada con mis fotos. Están por todas partes desde hace tres meses. Esa variante visual ofrece emociones intensas, llena el espacio y corta el silencio. El ambiente de pena que enrarece el aire, está acompañado por los suspiros vehementes de mamá y las conversaciones durante la sobremesa. Me doy cuenta de que he adoptado un protagonismo inusual.



Intento muchas veces consolar a mamá, secarle las lágrimas con el suave roce de mis dedos,  adormecerla en su mecedora cuando mira distante hacia un punto lejano de la conciencia. Esas noches en que finalmente papá y mamá se quedan solos, intercambian impresiones veladas al filo de la frescura reconstituyente que emana de las corrientes de aire que provienen de la calle. Ambos se sientan plácidamente en la terraza y contemplan las estrellas apoyados en la baranda del balcón buscando una entre todas las demás. He intentado tocarla, besarla, rodearla con mis brazos, susurrarla al oído. Pero me quedo al margen, contemplándola desde las distancias cortas y escuchando los gemidos de pesar.



Me siento imposibilitado siquiera de rozar el contorno difuso de los objetos y los trazos corporales de mis familiares. Cuando se produce la ósmosis y puedo traspasar su materia corpórea, les trasmito amorosamente la energía de mi aura. Es en ese momento cuando siento el calor de la sangre en circulación, oígo cómo respiran, como late su corazón...En ocasiones mi madre ha llegado a estremecerse, como si notara una presencia ajena a su dimensión y comienza a temblar de frío. Pero en el momento en que me separo de ella, todo vuelve a los cauces naturales en que se mide la relatividad del mundo tangible. Desde el universo intangible, les observo, velando por ellos, tal y como hicieron por mí el día que partí. Sencillamente trato de cuidarles con el esmero que merecen. les protejo desde la nada, donde estoy, en el contexto del vacio, en un lugar intermedio donde no existe ni tiempo ni espacio. Es allí donde decidí quedarme, conmovido por el dolor que transmitían sus almas. Me he convertido en su guardián protector, soy un espíritu doméstico que transita por la difusa frontera entre el más allá y el hogar que me vió nacer, meditando calmadamente desde la nebulosa infinita de mi ausencia.


Luz Casal - Entre mis recuerdos



Si te apetece puedes visitar mi blog: Nuevo Viaje a Ítaca

2 comentarios:

  1. Maravillosas letras llena de sentimientos que llegan al alma gracias Marisa feliz semana saludos cordiales me a encantado gracias

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  2. Me has hecho estremecer...Lo cual no es nuevo,tus letras son más que bellas,son letras QUE LLEGAN...Quiero pensar,siempre he pensado que quienes se nos han adelantado desde donde están velan nuestros sueños...Muchas veces he sentido a papá sentarse a mi lado...El mundo es cada vez más escéptico,pero yo sigo creyendo en todo eso...Gracias por compartirnos la belleza de tu tinta Amantísima Marisa... ¡Besitos miles hermosaaaaaa...!!! (>‿◠)✌

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