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lunes, 8 de agosto de 2016

Bajo la luz de la luna 18.


Olivia entró por enésima vez en la habitación de Elisabeth y, tras comprobar que seguía tumbada en la cama, se puso frente a ella con los brazos en jarra y le dijo con tono severo:
-  Ya puedes levantarte, darte una ducha y vestirte, tienes visita y no quiero que piensen que permito que te pases el día encerrada en tu habitación.
-  ¿Qué visita? - Preguntó Elisabeth esperanzada.
-  Marta, Marcos y Óscar, Fernando no ha podido venir pero te envía recuerdos. - Le contestó Olivia sonriendo para sus adentros. - Y acaba de llamar Jason, ha dicho que tenías que acompañarle a no sé qué cena con unos clientes de tu padre, al parecer han exigido que seas tú quien esté presente en la negociación.
-  Jason se podría haber ahorrado el viaje, no pienso ir a ninguna parte. - Replicó Elisabeth.
Olivia la escuchó refunfuñar hasta la saciedad, pero finalmente se levantó de la cama, se duchó y se vistió justo a tiempo para recibir a los invitados sorpresa. Elisabeth se alegró de ver allí a Marta, Marcos y Óscar y sobretodo de verles tan sonrientes, eso significaba que se alegraban de verla y no estaban enfadados con ella, o al menos no demasiado. Los saludó con un abrazo y les presentó a sus padres. Pocos minutos después llegó Jason, quién tuvo prácticamente que suplicarle que le acompañara a cenar con un cliente importante que había exigido su presencia y Elisabeth no pudo negarse cuando su padre, cómplice de Jason, le pidió que le acompañara. Marta había recibido un mensaje de su hermano Alan en el que le pedía que tratara de convencer a Elisabeth para que se pusiera el Versace de color violeta que se había puesto la noche de la cena de gala de Social en los Pirineos y Marta trató de convencerla con la ayuda de Olivia.


-  Ponte el Versace que compramos en Barcelona, te queda perfecto. - Comentó Olivia.
-  No pienso ponerme el Versace. - Contestó Elisabeth con rotundidad.
-  Pues Olivia tiene razón, te queda de muerte. - Opinó Marta.
-  No quiero ponerme ese vestido, me trae demasiados recuerdos y ya tengo suficientes recuerdos en mi cabeza que no dejan de atravesarme. Ni siquiera quiero ir a esa estúpida cena, ¡quiero quedarme en casa!
Elisabeth se dejó caer sobre la cama y se echó a llorar, echaba de menos a Alan y aún no quería aceptar que nunca más habría nada entre ellos. Olivia y Marta intercambiaron una mirada, finalmente, fue Marta la que habló:
-  Elisabeth, confía en nosotras y ponte el Versace, te aseguro que no te arrepentirás y mañana nos lo agradecerás.
-  ¿Sois conscientes de lo que significa ese vestido para mí? Puede que me haya portado mal ocultándole todo a Alan, pero ya tengo suficiente castigo, ¿no creéis? - Les espetó Elisabeth con la voz rota por el llanto.
-  Confía en nosotras, Elisabeth. - Trató de convencerla Olivia. - No te arrepentirás.
Elisabeth las observó tratando de descubrir qué se traían entre manos, pero finalmente claudicó y se puso aquel vestido que tan buenos y dolorosos recuerdos le traía.


Jason llegó a casa de los Muller a las siete y media de la tarde para recoger a Elisabeth. Tras saludar a todos los allí presentes, Jason y Elisabeth se marcharon en el coche de Jason. Elisabeth se percató de que estaba cogiendo la autopista para salir de la ciudad y le preguntó:
-  ¿A dónde vamos? Estás saliendo de la ciudad.
-  Antes tenemos que hacer una parada rápida en la cabaña, me he dejado allí unos papeles. - Mintió Jason ocultando con éxito una sonrisa. - No te preocupes, no tardaremos mucho.
Jason condujo hasta llegar a la cabaña, donde aparcó y le pidió a Elisabeth que le acompañara. Ella resopló pero se bajó del coche y caminó junto a él hasta la cabaña, donde Jason golpeó la puerta suavemente con la mano antes de decirle a Elisabeth y salir corriendo:
-  No te enfades conmigo, lo estoy haciendo por tu bien.
Elisabeth se quedó alucinada viendo como su amigo Jason se alejaba corriendo, se subía en su coche y la dejaba allí tirada. ¡Maldita sea, Jason! ¿De qué va todo esto?, se dijo Elisabeth cuando la puerta de la cabaña se abrió y se dio de bruces con Alan. Elisabeth dio un respingo y se tambaleó, momento en el que Alan la agarró por la cintura para sostenerla y aprovechó la ocasión para estrecharla entre sus brazos.
-  Te he echado de menos, pequeña kamikaze. - Le susurró al oído.
-  ¿Qué estás haciendo aquí? - Preguntó Elisabeth confundida pero feliz de estar entre sus brazos otra vez.
-  He venido para disculparme por todas las cosas horribles que te dije la última vez que nos vimos y porque no puedo dejar de pensar en ti, Eli. - Le confesó Alan. - Nos debemos una oportunidad, podemos empezar de cero. - La hizo pasar al interior de la cabaña y añadió: - Ven, he preparado la cena y espero que pasemos juntos una romántica velada. Por cierto, estás preciosa con ese vestido. Me alegro de que Marta y Olivia hayan conseguido convencerte para que te lo pusieras, por lo que me han dicho no les ha resultado fácil.


-  Alan, te juro que ya no estaba comprometida cuando te conocí y mucho menos cuando... - Elisabeth se sonrojó al recordar aquella noche bajo la luz de la luna y se interrumpió incapaz de seguir.
-  Cuando hicimos el amor por primera vez, bajo la luz de la luna. - Terminó la frase Alan. - Lo sé, lo sé todo aunque he tardado un poco en darme cuenta. Y hay algo más de lo que me he enterado y que le he pedido a Jason que no te diga porque quería hacerlo yo. - Le confesó Alan. Elisabeth se tensó y él añadió rápidamente para acabar con aquello cuanto antes: - Luís Cobo fue quién filtró nuestras fotos a la prensa, lo hizo para vengarse de mí.
-  Eso no justifica lo que hice. - Opinó Elisabeth. - Pero te aseguro que lo último que quería era hacerte daño. Pensaba decírtelo después del fin de semana en los Pirineos, pero entonces tú me contaste lo de la mentira de Laia y me entró el pánico. Al día siguiente, cuando tenía pensado prepararte una cena y confesártelo todo, fue cuando estalló todo. Sé que eso no es excusa y que...
Alan la calló con un beso en los labios y le dijo:
-  Vamos a olvidarnos de todo eso y vamos a empezar de cero, ¿te apetece una copa de vino?
-  Eh, sí. Creo que la necesito. - Respondió Elisabeth aturdida.
Alan le sirvió la copa de vino, se la entregó y la invitó a sentarse junto a él en el sofá. Elisabeth estaba confundida, la última vez que habló con él le dijo que no quería volver a saber nada de ella y, sin embargo, allí estaba, en una cabaña a las afueras de Londres sentado junto a ella. Elisabeth bebió un trago de su copa para humedecer su boca reseca por los nervios y la sorpresa de ver a Alan y echó un vistazo a su alrededor. La cabaña había sido adornada y perfumada con varios ramos de lirios blancos, su flor favorita. La mesa estaba preparada y dispuesta para que dos personas disfrutaran de una romántica velada. Todo indicaba que Alan estaba allí para reconciliarse con ella, pero aun así ella se sentía temerosa de volver a perderle y no quería hacerse ilusiones antes de tiempo.


-  Estás muy callada, dime qué estás pensando. - Le dijo Alan sonriendo para transmitirle seguridad y confianza.
-  Todo esto me ha cogido por sorpresa, la última vez que nos vimos me dijiste que no querías volver a saber nada de mí y ahora estás aquí. - Le contestó Elisabeth con un hilo de voz. - No entiendo por qué estás aquí, ¿qué es lo que ha cambiado?
-  He cambiado yo. - Le respondió Alan mirándola a los ojos. - Me he dado cuenta de que sin ti estoy completamente perdido. No he pasado ni cuatro días sin ti y te he echado tanto de menos que me dolía hasta respirar. Todo lo que veía y todo lo que escuchaba me recordaba a ti. - Se acercó aún más a ella y le susurró al oído: - Me he enamorado de ti, pequeña kamikaze.
Elisabeth no le respondió con palabras, pero le respondió con lo que empezó siendo un dulce beso y se convirtió en un torrente de caricias apasionadas producidas por un incontrolable deseo que ninguno de los dos podía ni quería reprimir.
Alan la agarró por la cintura y la colocó a horcajadas sobre él, volvió a besarla en los labios y, estrechándola entre sus brazos, le susurró:
-  Hoy hay luna nueva. Si la luna llena nos desinhibe, ¿qué hace la luna nueva?
-  No sé lo que hace la luna nueva normalmente, pero hoy estoy segura de que nos va a traer nuevos y deliciosos momentos de placer. - Le respondió Elisabeth antes de continuar besándole apasionadamente.
-  Se te ha olvidado una cosa. - La interrumpió Alan para que le mirara a los ojos. - La luna nueva nos ha traído el principio de una relación, concretamente el principio de nuestra relación.
-  ¿Qué significa eso exactamente?
-  Significa que quiero que regreses conmigo a Barcelona y que te quedes conmigo. O, si lo prefieres, puedo hablar con Guillermo y pedirle el traslado a las oficinas de Londres.
-  ¿Harías eso por mí?
-  Haría cualquier cosa por ti y por estar contigo, Eli.


No hicieron falta más palabras para que ambos se fundieran en los brazos del otro. Tan solo habían pasado cuatro días separados pero para ellos había pasado una eternidad y no tenían tiempo que perder. Alan se levantó del sofá sosteniendo a Elisabeth en los brazos y la llevó a la cama. Ambos se necesitaban con urgencia y Elisabeth, tumbada boca arriba en la cama, abrió sus piernas y le invitó a entrar. Alan aceptó aquella invitación al instante y, de una sola estocada, la penetró. En dos meses había descubierto muchas cosas sobre Elisabeth y una de ellas era que le gustaba el sexo salvaje. Alan siempre trataba de ir despacio y ser delicado con ella, le gustaba deleitarse acariciando y besando su suave piel, memorizando todos y cada uno de los recovecos de su cuerpo con los que ella se excitaba cuando la tocaba. Pero Elisabeth era impaciente y le apresuraba, le exigía con su cuerpo más velocidad y profundidad en sus embestidas, por eso Alan decidió darle lo que a ella le gustaba.
Ninguno de los dos llegó a desvestirse. Elisabeth se había subido el vestido que quedó enredado en su cintura y Alan se había desabrochado los pantalones y el bóxer hasta las rodillas y, con el más puro y simple instinto primitivo, entró y salió de ella mientras ambos gemían y sucumbían en la euforia del placer.


Alan se derrumbó sobre Elisabeth y rodó hasta quedar a su lado para no aplastarla, pero sin dejar de abrazarla la giró y volvió a estrecharla entre sus brazos. La besó cariñosamente sobre la cabeza y le dijo con un tono de voz divertido y relajado:

-  No he acabado contigo, pero debemos hacer una pausa para cenar. He preparado un solomillo al horno con patatas asadas con el que te vas a chupar los dedos. - La besó de nuevo en los labios y mirándola a los ojos le dijo: - Me he enterado que no estás comiendo demasiado bien y eso tiene que cambiar ahora mismo.

4 comentarios:

  1. Maravillosas letras preciosas llenas de sentimiento gracias por compartir feliz semana saludos cordiales

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  2. Ay que romántico...Preciosa entrada Rakel tan bien escrita y bien hecha que hasta se me antojó la cena... Ajajajaja...Gracias por compartir.. ¡Besitos miles,linduraaaaa....!!! \ (•◡•) /

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    Respuestas
    1. Mil gracias a ti, María! Un abrazo enorme! Buenas noches desde Barcelona! ;-)

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