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lunes, 20 de junio de 2016

Bajo la luz de la luna 11.


A la mañana siguiente Elisabeth se levantó a las seis y salió a correr. Era la primera vez que salía a correr en toda la semana y su cuerpo lo necesitaba, era su particular forma de aliviar tensiones y últimamente tenía muchas. Se puso unos shorts de algodón y una camiseta de tirantes y salió a correr por la ciudad. No conocía demasiado la zona, así que decidió correr formando un cuadrado para no perderse. A las siete y media llegaba casi al portal cuando un coche que salía del parking casi la atropella. Se había asustado pero se paralizó solo cuando vio salir a Alan del coche.
-  ¿Te has vuelto loca? ¡Tienes que mirar antes de cruzar! - La regañó Alan con el corazón que parecía que se le iba a salir del pecho. Se acercó a ella y le preguntó preocupado: - Eli, ¿estás bien?
-  Eh... Sí, estoy bien. - Logró contestar Elisabeth. - Lo siento, iba distraída y no me he dado cuenta.
-  ¿Estás segura que estás bien?
-  Sí, no te preocupes.
-  De acuerdo, en ese caso voy a trabajar y nos vemos en unas horas pero, hazme un favor. - Alan se acercó a ella, la besó en la mejilla y susurró en su oído: - Intenta mantenerte sana y a salvo hasta que venga a buscarte, ¿de acuerdo?



Elisabeth tan solo fue capaz de asentir, se despidió haciendo un gesto con la mano y entró en el edificio sin mirar atrás, no fuera que se tropezara y cayera.
Una vez entró en su apartamento, se duchó y desayunó tranquilamente en la cocina. A las diez de la mañana recibió la llamada de Olivia, que había pasado la noche en casa de Marcos y se acababa de despertar.
-  En una hora estoy allí y hablamos, ¡tengo tantas cosas que contarte! - Le dijo Olivia alegremente.
-  No tardes, he quedado con Alan para ir a comer y me dijo que no hiciera planes a partir de las doce del mediodía.
-  Veo que tú también tienes muchas cosas que contarme. - Observó Olivia divertida.
-  No te creas, no tengo nada interesante que contar, al menos no por el momento.
Una hora más tarde, las dos amigas estaban juntas sentadas en el sofá y contándose confidencias. El tiempo se les pasó volando y a las doce y media Alan la fue a buscar. Elisabeth se subió al coche de Alan y lo saludó con un beso en la mejilla al mismo tiempo que Alan le decía bromeando:
-  Buenos días, kamikaze. ¿Has vuelto a saltar sobre un coche?
-  No, por hoy he tenido bastante. - Contestó Elisabeth ruborizada.


A Alan le gustó aquel rubor en sus mejillas y no pudo evitar sonreír. Había estado adelantando trabajo en la oficina para poder tomarse la tarde libre y estar con ella. La llevó a una masía a las afueras de la ciudad donde les acomodaron en una mesa en el jardín para aprovechar el buen día que hacía.
-  Bueno, será mejor que empiece con las preguntas antes de que se me acabe el tiempo. - Le dijo Alan divertido. Miró su reloj y añadió: - Son las dos de la tarde, así que tengo hasta las dos de la tarde de mañana para preguntarte cualquier cosa y tú tendrás que ser sincera.
-  Y, ¿qué quieres saber? - Preguntó Elisabeth algo incómoda.
Alan era consciente de que Elisabeth se sentía incómoda y, tratando de que se relajara y se tomara aquello como una oportunidad para conocerse mejor, le dijo:
-  Bueno, ¿qué te parece si empezamos por algo sencillo? Por ejemplo, ¿tienes hermanos?
-  No, soy hija única. - Respondió Elisabeth. - Aunque considero a Jason como a un hermano, sus padres y los míos siempre han sido muy amigos y son como de la familia.
-  ¿Has tenido alguna historia con Jason? Y ya sabes a lo que me refiero.
-  No, ya te he dicho que es como un hermano. - Le aclaró Elisabeth. - Sé que para ti no es lo mismo, pero desde mi punto de vista es como si tú tuvieras algo con Marta.
-  Te entiendo, a mí me pasaría lo mismo con Oli o con Alba. - Reconoció Alan. - ¿Qué has estudiado o de qué has trabajado?
-  Estudié ingeniería informática y he trabajado en una empresa internacional de sistemas de seguridad informáticos, concretamente en el diseño de algunos de esos sistemas. - Le explicó ella omitiendo que la empresa en la que había trabajado era la de su padre y el cargo era de directora de diseño de sistemas de seguridad. - Aunque ahora estoy en una especie de excedencia indefinida, ni yo misma sé cuándo volveré.


Alan continuó haciendo preguntas no demasiado personales a Elisabeth mientras comían en aquel alegre jardín de la masía. Cuando se marcharon de la masía, Alan decidió llevarla a uno de sus rincones preferidos de la ciudad a donde siempre iba cada vez que necesitaba estar solo y pensar sin que nada ni nadie le distrajera. Nunca había ido acompañado allí, era como su santuario, pero decidió hacer una excepción con Elisabeth. Alan condujo su coche hasta aparcar frente a una de las entradas del parque Güell. Elisabeth recordaba haber estado allí cuando era pequeña y le encantó regresar. Caminaron por aquellos caminos de tierra mientras admiraban el paisaje y el arte de la época del modernismo cuyo parque era una referencia hasta que llegaron a una especie de terraza cuyo borde era un largo banco de mosaico desde donde se podían contemplar las vistas de casi toda la ciudad. A pesar de ser un viernes de finales de junio después de la hora de comer, el parque estaba lleno de turistas que disfrutaban del buen tiempo al aire libre por uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.
-  Pues no es un sitio muy íntimo en el que poder relajarte. - Comentó Elisabeth.
-  En esta época del año no lo es, pero en invierno es perfecto y en primavera y otoño, si no vienes los fines de semana ni los festivos, también lo es. - Informó Alan. - Este lugar me encanta, es un lugar para pasear y divertirse pero también es un lugar con una gran cultura, puedes venir en familia y con amigos, da lo mismo que tengas cinco años o noventa, seas rico o pobre, aquí todo el mundo es bien recibido. - Alan miró a los ojos a Elisabeth y le preguntó: - ¿Qué haces tú cuando necesitas pensar?
-  Salgo a correr. - Respondió Elisabeth. - Cojo mi iPod, me ponga música y corro, aunque desde que estoy aquí no corro mucho.
-  Fernando me ha dicho que su padre te ve salir a correr todas las mañanas cuando abre el bar, sobre las seis y media de la mañana, y esta mañana casi te atropello cuando regresabas de correr, pequeña kamikaze. - Bromeó Alan. - ¿Tienes muchas cosas en qué pensar que requieran salir a correr todos los días?
-  Deberás ser más concreto si quieres una respuesta. - Le advirtió Elisabeth, que no se iba a dejar engañar con tanta facilidad.
-  Seré concreto: ¿tienes novio?
-  No, no tengo novio. - Le contestó Elisabeth analizando sus palabras para no mentir y no había mentido: Mike no era su novio.
-  En ese caso, ¿si te propongo algo, aceptarías? - Le preguntó Alan con una pícara sonrisa en los labios.


-  Tendrás que ser más concreto, atropella-kamikazes. - Bromeó Elisabeth.
-  De acuerdo. - Contestó Alan resignado. - El próximo fin de semana mi empresa organiza una pequeña gala en un hotel en el Pirineo donde van todos los empleados. - Empezó a explicar y continuó: - A mí no me van esas cosas y nunca asisto, pero este año mi jefe se ha empeñado en que debo asistir y, a ser posible, acompañado y he pensado que quizás te apetecería acompañarme.
-  ¿Quieres que vaya contigo a un hotel del Pirineo donde tu empresa organiza una gala durante todo el fin de semana? - Quiso asegurarse Elisabeth de haber entendido bien.
-  Lo sé, a mí tampoco me apetece en absoluto pasar el fin de semana con los compañeros del trabajo, pero si estoy contigo seguro que se me hace más llevadero.
-  ¿Me estás haciendo chantaje emocional? - Se mofó Elisabeth. Entonces se le ocurrió una idea y, sonriendo maliciosamente, le dijo divertida: - Iré contigo con una condición. - Alan la miró expectante y ella añadió: - Yo también quiero que me des un día de sinceridad.
-  Hecho, pero en el Pirineo. - Aceptó Alan estrechando la mano de Elisabeth para sellar el trato.


Tras pasar la tarde en el parque Güell, decidieron ir a cenar a una terraza de Las Ramblas. A Elisabeth le gustaba aquel ambiente, con las calles abarrotadas de gente de todas las clases. Podría pasarse horas sentada allí mirando a la gente pasar y no se aburriría.
Después de cenar recibieron la llamada de Marcos y Olivia y los cuatro se reunieron en el apartamento de Elisabeth para ver una película. Olivia fue la que escogió y, sin dudarlo, escogió una comedia romántica, lo que hizo reír con complicidad a Alan y Elisabeth. Vieron la película y, sobre las dos de la madrugada, los chicos se levantaron para despedirse. Olivia acompañó a Marcos a la puerta para despedirse de él con mayor intimidad mientras que Alan y Elisabeth se despidieron en el salón:
-  Son las dos de la madrugada, aún me debes doce horas de sinceridad. - Le dijo Alan acercándose a ella lentamente. - No creas que me voy a conformar con lo poco que me has contado, mañana seguiré haciendo preguntas.
-  Aprovecha, que pronto llegará mi turno. - Le respondió Elisabeth divertida.
-  Lo aprovecharé, puedes estar segura de ello. - Le confirmó Alan. Fue a darle un beso en la mejilla pero a mitad de camino se desvió y la besó en los labios, un breve e inocente beso en los labios. - Buenas noches, kamikaze.
-  Buenas noches, atropella-kamikazes. - Se despidió Elisabeth sonriendo tímidamente.



Ambos se quedaron con ganas de más, pero Olivia regresó al salón tras despedirse de Marcos y Alan decidió también regresar a su apartamento.

2 comentarios:

  1. Como dijera mi querido Isidro un relato ENCANTADOR... Me ha gustado mucho la historia,con mayores escenarios para la imaginación...Gracias por compartir Rakel ¡Besitos miles hermosa...!!! :)

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  2. Maravillosa entrada preciosa llena de mucho sentimiento gracias por compartir estas maravillosas letras gracias feliz semana

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