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lunes, 2 de mayo de 2016

Bajo la luz de la luna 4.


En los siguientes cinco días, Elisabeth se estableció una rutina: Se levantaba a las nueve de la mañana y salía a correr por la playa durante un par de horas y después se reunía con Olivia y Marta en la cala, donde pasaban el resto de la mañana disfrutando del sol y el mar. Antes de regresar a casa, paraban en el bar de Fernando y tomaban un aperitivo. Una vez entraban en casa, se duchaban, comían y se marchaban de compras, pues Olivia y Marta se habían ofrecido a echarle una mano con la nueva decoración de la casa de la playa y, si aún les quedaban ganas, también lo harían con el apartamento de la ciudad, pero primero se encargarían de la casa de la playa. Después de las compras cenaban en casa de Elisabeth y allí se quedaban charlando y contando confidencias hasta pasada la medianoche, cuando estaban lo suficientemente agotadas como para tener que irse a dormir.
El viernes siguieron la misma rutina. Estaban en una tienda de muebles cuando a las siete y media de la tarde el móvil de Marta empezó a sonar y, tras descolgar y hablar con su interlocutor un segundo, le tendió el móvil a Elisabeth y le dijo encogiéndose de hombros:
-  Es para ti.
-  ¿Para mí? - Preguntó Elisabeth extrañada.
-  Ajá. - Afirmó Marta. - Creo que a mi hermano no le ha sentado muy bien que le hayas dado plantón.



Entonces Elisabeth cayó en la cuenta de que había quedado con Alan para resolver aquella absurda apuesta sobre quién era mejor jugando a los dardos.
-  ¡Mierda, se me había olvidado! - Exclamó Elisabeth en alemán dejando a sus dos nuevas amigas totalmente descolocadas y, cogiendo el móvil de Marta con rapidez, se lo colocó en la oreja y respondió para disculparse: - ¡Lo siento, se me ha olvidado!
-  Genial, seguro que cuando llegue el día de tu boda dejas al novio plantado en el altar. - Le respondió Alan molesto porque se hubiera olvidado sin saber que aquel comentario le iba a doler más de lo que él se podía imaginar.
-  Si así fuera, no sería tu problema. - Le respondió Elisabeth tajante.
-  Lo siento, tan solo bromeaba. - Se disculpó Alan confundido sin entender por qué se había puesto así y por qué utilizaba aquel tono con él. Nunca la había escuchado hablar así de tajante con nadie. - Estoy en el bar con Fernando y Marcos, pasaros por aquí cuando deis por finalizadas las compras.
Elisabeth se sintió mal, no le había contestado bien y él solo era culpable de hacer un comentario desafortunado, quizás ni siquiera de eso era culpable ya que ella no le había dicho nada a nadie.
-  En un rato vamos hacia allí, hasta ahora. - Le respondió Elisabeth antes de colgar.
Marta y Olivia se miraron. ¿Qué había pasado entre esos dos para que se hablaran así? Ni corta ni perezosa, Olivia decidió preguntar cuando iban en el coche de regreso a la urbanización:
-  ¿Va todo bien? Desde que has hablado con Alan tienes el ceño fruncido y la mirada perdida. Si ha hecho o dicho algo que...
-  ¿Si os cuento una cosa me prometéis que no va a salir de aquí? - La interrumpió Elisabeth antes de que acabara la frase.
-  ¡Por supuesto! - Le aseguraron Marta y Olivia al unísono. Y Olivia añadió: - Espera que paro el coche, no quiero desconcentrarme y que nos matemos, y perdona que te lo diga, pero esto tiene pinta de ser algo que me vaya a desconcentrar.


Olivia paró el coche a un lado de la carretera y Elisabeth, bajo la atenta mirada de sus dos nuevas amigas, les explicó:
-  El día antes de llegar a España cancelé mi boda a tan solo dos meses de la celebración. Me enamoré como una idiota del hombre equivocado. El hombre que al principio era bueno, amable y un novio perfecto, el yerno que todos padres quieren tener para su hija, de buena familia, con un buen trabajo y con buena reputación, pero en cuanto tuvimos fecha para la boda poco a poco se fue convirtiendo en un hombre severo, machista e interesado. El día antes de marcharme de Londres tuvimos una discusión, él quería que dejara de trabajar en cuanto nos casáramos para que cuidara de él, de la casa y de los niños. ¡Si hasta entonces yo ni siquiera me había planteado tener hijos, tengo veintitrés años! Y cuando me di cuenta de que todo era un error, le dije que cancelaba la boda y hui de Londres sin dar más explicaciones. - Elisabeth suspiró profundamente aliviada y añadió: - A mi madre casi le da algo, pero mi padre siempre me ha apoyado en mis decisiones y trata de calmarla, aunque yo no me atrevo ni a hablar con ella. Apenas había pasado una hora desde mi discusión con Mike y ya me había llamado medio Londres, necesitaba salir de allí y éste me pareció un buen lugar donde relajarme y desconectar, aunque nunca lo hubiera conseguido sin vosotras. - Les confesó Elisabeth con los ojos inundados en lágrimas. - Apenas hace una semana que os conozco pero os considero dos grandes amigas, así que gracias por todo lo que me estáis ayudando aunque no seáis conscientes de ello.
-  No tienes que agradecernos nada, ¡para eso estamos las amigas! - Exclamó Olivia forzando un abrazo colectivo que les hizo reír a las tres.
-  Hay algo que no entiendo, ¿qué tiene que ver mi hermano con todo esto? - Preguntó Marta a quién no se le escapaba una.
-  Me ha dicho que estaba seguro de que el día de mi boda dejaría al novio plantado en el altar. - Les dijo Elisabeth encogiéndose de hombros.
-  ¡Joder con mi hermano! - Protestó Marta.
-  Ha sido solo un comentario desafortunado, no lo ha dicho con ninguna mala intención. - Le defendió Elisabeth, ya que sinceramente así lo creía.
-  La verdad es que no ha podido ser más desafortunado el comentario. - Opinó Olivia. - Esta noche nos vamos a emborrachar en honor a todas las novias a la fuga que existen, incluida Julia Roberts.
-  Es un secreto, ¿cómo brindaremos sin que nadie se dé cuenta? - Preguntó Marta.
-  Pues... - Olivia lo pensó durante un segundo y exclamó: - ¡Brindaremos por Julia Roberts! No, mejor no a ver si se van a pensar que va relacionado con "Pretty Woman". - Se retractó. - Quizás sea mejor que brindemos simplemente por nosotras y por nuestra amistad.
-  Sí, creo que eso será lo mejor. - Corroboró Elisabeth sonriendo de nuevo.


Cuando llegaron al bar de Fernando los chicos las miraban algo molestos, excepto Fernando, él siempre estaba de buen humor. Elisabeth jugó a los dardos contra Alan y durante la media hora que duró la partida ni siquiera hablaron entre ellos, se limitaron a observarse. Tras una reñida partida, finalmente Alan se hizo con la victoria y Elisabeth, como buena perdedora que era, le felicitó:
-  Felicidades, ha sido una gran partida.
-  Sí, nunca me había costado tanto ganar a alguien a los dardos, es mi juego. - Le respondió Alan sonriendo al mismo tiempo que le guiñó un ojo.
Aquel cambio de humor constante en Alan la traía totalmente descolocada. Hacía un rato habían estado jugando a los dardos sin dirigirse la palabra, la observaba sin decir nada y su gesto era de tensión, pero ahora se mostraba despreocupado, divertido e incluso seductor. Sin duda alguna Alan era un hombre sexy, de esos que son guapos y fuertes pero sin creérselo. Elisabeth apartó aquellos pensamientos de su mente antes de que llegaran más lejos y se dirigió hacia a la barra del bar para pedirle otra cerveza a Fernando, se le había quedado la boca seca al recordar la imagen de Alan en la playa mostrando sus pectorales y sus marcados abdominales.
-  Has huido muy rápido. - Le dijo Alan acercando su boca a su oído y Elisabeth se sobresaltó al sentirlo tan cerca. - Tranquila, solo pretendo invitarte a la cerveza. - Añadió confundido al darse cuenta del sobresalto de Elisabeth. Se volvió hacia a Fernando y le hizo un gesto para que le sirviera otra cerveza. Sacó un billete de cincuenta euros del bolsillo y añadió: - Cóbrate cuando puedas.
Elisabeth le miró confundida, en Londres el que perdía era el que pagaba.
-  ¿No debería pagar yo? He perdido. - Se oyó decir.
-  Y pagarás, pero no con dinero. - Le respondió Alan con una sonrisa traviesa que la sacudió hasta el alma. - Nunca apuesto dinero con mis amigos y mucho menos con chicas.
-  ¿Y qué apuestas entonces? - Quiso saber Elisabeth.
-  Depende de con quién se trate. - Le contestó Alan sonriendo maliciosamente. - ¿Qué te parece si hacemos de esta partida una prueba y mañana jugamos la partida de verdad? El que pierda invita a cenar al otro.
-  De acuerdo, pero te advierto que mañana no tendrás tanta suerte. - Bromeó Elisabeth.


Tras brindar con la cerveza que Fernando les sirvió, ambos regresaron a la mesa junto a los demás miembros de la pandilla. Elisabeth pudo observar como Marcos no dejaba de piropear y de cuidar a Olivia, pero ella se lo tomaba a broma, decía que se comportaba igual con todas las chicas, aunque Elisabeth sabía que no era verdad, que Olivia era especial para Marcos. Alba y Pedro ya se habían marchado, estaban cansados de toda la semana y querían dormir. Elisabeth también observó cómo Óscar, el hermano de Olivia y el tímido del grupo, no dejaba de mirar a Marta y se ruborizaba cada vez que ella le hablaba. ¿Es que allí nadie se daba cuenta de nada o miraban todos para otro lado? Teniendo en cuenta que ella era la menos indicada para reprocharles nada, al fin y al cabo, la habían aceptado como a una más sin hacer preguntas.
Tal y cómo las tres amigas habían propuesto esa misma tarde, acabaron emborrachándose y brindando por ellas y por todas las personas y cosas que se les pasó por la mente hasta que, cuando el bar cerró, a Alan, Óscar y Marcos les tocó llevarlas prácticamente a cuestas hasta a casa de Elisabeth donde, debido en el estado en el que se encontraban, decidieron que lo mejor era que se quedaran a dormir allí, Óscar y Alan ya se encargarían de decirle a sus padres que sus hermanas se quedaban a dormir en casa de Elisabeth.

2 comentarios:

  1. Estupendo Rakel... El amor desde la playa hasta el bar...ME ENCANTA...Gracias por compartir ¡Besitos miles hermosa...!!!

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  2. Maravillosa entrada preciosa llena de sentimientos gracias por compartir saludos cordiales

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