Lo Último

Novedades en la pestaña Extras, si eres Autor no olvides revisar las Normas con regularidad


Recomendamos utilizar Google Chrome para ver el blog completo

lunes, 4 de abril de 2016

Un San Valentín diferente.


Sábado, 14 de febrero de 2015.

Para muchas personas hoy es un día especial que marcan en el calendario y que esperan durante todo el año. Para mí, es solo un día más. Y es que el día de San Valentín no tiene ningún sentido si estás soltera como yo. Solo tengo veintisiete años, pero en mi familia si no estás casada o viviendo con tu novio a los veinticinco, ya eres una solterona. Hace tres meses cumplí los veintisiete, así que podéis imaginar lo que tengo que soportar cada vez que asisto a una reunión familiar. Mi abuela me dice que tengo que buscar un hombre que cuide de mí, mi madre me presiona recordándome una y otra vez que quiere ser abuela, mis tíos presumen de tener a sus dos hijas casadas y con nietos y mis primas no cesan de repetir lo felices que son con su marido y sus hijos. El único que sale siempre en mi defensa es mi padre, pero solo porque para él sigo siendo su niña pequeña. Si tuviera hermanos al menos no tendría que lidiar sola en esa batalla.
Cansada de preguntas tipo ¿qué haces por San Valentín?, este año he decidido ir a la oficina a trabajar. Es sábado, así que no hay nadie trabajando, a excepción del conserje y de los tres guardias de seguridad, que trabajan las veinticuatro horas del día todos los días de la semana.
El edificio es grande y tiene once plantas, mi oficina está en la octava planta.



Tras pasar el día trabajando en la oficina, a las ocho y media de la tarde, decido que ya es hora de regresar a casa. Pediré comida china a domicilio, me daré un largo y relajante baño de espuma y veré alguna película de venganza, puede que vea Kill Bill, nada que se asemeje a una de esas comedias románticas americanas. Algunas de mis amigas solteras han decidido salir juntas y celebrar su particular San Valentín, que ellas lo llaman San Ballantines, como la botella de wiski. En fin, podéis haceros una idea de cómo acabarán la noche. Yo he rechazado su invitación alegando que tengo demasiado trabajo, lo cual es cierto.
Mientras espero el ascensor miro por el ventanal del hall y me percato de que está nevando con fuerza, no recuerdo una nevada como esta en muchos años. Las puertas del ascensor se abren y me sorprendo al ver a un hombre muy atractivo dentro del ascensor.
-          Buenas noches. – Lo saludo al mismo tiempo que entro y pulso el botón del vestíbulo.
-          Buenas noches. – Me saluda dedicándome una seductora sonrisa.


Le miro con disimulo, es un hombre muy guapo. Moreno, de ojos verdes y sonrisa seductora. Mi debilidad son los hombres con traje y él lleva un traje de color gris marengo, camisa negra y corbata negra. De su brazo cuelga una gabardina y, tras mirar el panel del ascensor, confirmo que el hombre misterioso se dirige al parquin. Las puertas del ascensor se cierran y empezamos a descender, pero de repente el ascensor se para en seco entre planta y planta y las luces se apagan, excepto la tenue luz naranja de emergencia.
-          Oh no, dime que no nos hemos quedado atrapados aquí dentro. – Murmuro medio histérica.
Pulso el botón de alarma del ascensor una y otra vez hasta que el hombre atractivo me sostiene ambas manos con firmeza y me susurra con voz calmada:
-          Tranquila, se ha debido ir la luz debido a la gran nevada. – Me sonríe con ternura y añade – No te preocupes, seguro que nos sacan de aquí a tiempo para que llegues a tu cita de San Valentín.
-          Me temo que esto es un castigo de Cupido por reírme de él y de su estúpido día. – Me oigo decir.
-          ¿Eso significa que no tienes planes para esta noche? – Me pregunta sonriendo maliciosamente.
-          Eso significa que no tengo plan romántico y cursi, pero sí tenía otros planes. – Protesto un tanto molesta.
-          ¿Hay alguien ahí? – Grita Carlos, uno de los tipos de seguridad del edificio.
-          Carlos, estoy encerrada en el ascensor, ¿puedes hacer que se ponga en marcha? – Le pregunto a gritos, es la única forma de que me escuche.
-          Señorita Verona, ¿está usted bien? – Oigo preguntar al señor Ferrer, el conserje del edificio de los fines de semana y festivos.
-          Sí, señor Ferrer. – Le confirmo. – Estoy encerrada con… – Miro al hombre atractivo, que me observa y sonríe divertido, y le pregunto: – ¿Quién eres?
-          Soy Álvaro Martínez. Y tú eres…
-          Gina, Gina Verona. – Le respondo aturdida.


Álvaro Martínez es el propietario del edificio, nunca lo había visto y jamás pensé que fuera tan joven. Me sonríe burlonamente, sabe lo que estoy pensando y eso le divierte. Me guiña un ojo y dice alzando la voz:
-          Señor Ferrer, llame a los técnicos de mantenimiento, aunque la corriente se restablezca el ascensor no se moverá.
-          ¿Qué hay del generador de emergencias? – Pregunto confusa.
-          El generador de emergencia solo da corriente a las oficinas para que en caso de apagón las empresas ubicadas aquí puedan seguir trabajando, pero los ascensores son otra historia, no podemos abastecer la energía que requieren. – Me explica con naturalidad, pero también con un tono burlón que no logra pasar desapercibido. Dicho eso, se sienta en el suelo del ascensor y añade – Será mejor que te pongas cómoda, esto va para largo.
Consciente de que voy a pasar aquí encerrada un buen rato, opto por ponerme cómoda y me siento en el suelo al lado de Álvaro.


Permanecemos en silencio más de diez minutos, el tiempo que tarda el señor Ferrer en regresar e informarnos de la situación.
-          Acabo de hablar con los de mantenimiento, es sábado por la noche y está nevando como nunca, así que tardarán en llegar. – Nos dice el señor Ferrer.
-          Genial, vamos a pasar aquí la noche. – Murmuro entre dientes con sarcasmo.
La calefacción tampoco funciona y empieza a hacer frío. En la calle la temperatura debe ser de unos cinco grados bajo cero y, ahora que cae la noche, el termómetro puede bajar a menos quince grados.
-          ¿Qué planes tenías para esta noche? – Me pregunta Álvaro para romper el hielo. Le miro alzando las cejas, no esperaba que sacara el tema otra vez, pero Álvaro parece leerme el pensamiento y continúa hablando: – Yo tampoco tenía un plan romántico para esta noche, había pensado en llegar a casa, pedir algo de comida a domicilio y ver una película de acción disfrutando de una copa de buen vino. – Me señala la bolsa con la botella de vino que ha dejado a su lado y añade: – No tenemos sofá, ni comida, ni televisión, ni tampoco copas, pero tenemos vino.
-          Por extraño que parezca, ahora mismo no se me ocurre un plan mejor. – Opino sonriendo.
-          Vaya, la señorita Verona sabe sonreír. – Comenta con tono burlón.


Álvaro saca la botella de vino de la bolsa y la descorcha. Me mira y sonríe maliciosamente como si fuera un niño haciendo una travesura. Su sonrisa me contagia y ambos sonreímos ahora como dos adolescentes. Álvaro da un trago de vino y, ofreciéndome después la botella, me dice:
-          ¿No vas a contarme tus planes?
Doy un trago de vino y le respondo:
-          Pensaba pedir comida china, sentarme en el sofá de casa y ver Kill Bill, la 1 y la 2, en plan San Valentín sangriento. – Le confieso encogiéndome de hombros.
-          No te gusta en absoluto el día de San Valentín. – Dice Álvaro y no es una pregunta.
-          No mucho. – Le confirmo encogiéndome de hombros.
-          Te propongo un trato. – Me sugiere alegremente. – Pasemos un San Valentín diferente.
-          ¿Un San Valentín diferente? – Pregunto con curiosidad.
-          Sí, un San Valentín diferente. – Me confirma y, al ver que le miro con desconfianza, añade – En lugar de cenar en un romántico restaurante, nos beberemos esta botella de vino en un ascensor. Nos guste o no, vamos a pasar aquí encerrados más tiempo del que nos gustaría, así que lo mejor es tratar de divertirnos, ¿no?
-          Eres un tipo bastante peculiar. – Comento divertida.
-          ¿Eso significa que te resulto interesante? – Me pregunta alzando una ceja.
-          Digamos que siento curiosidad por saber qué hace aquí un sábado por la noche el propietario de un edificio como este. – Le respondo.
-          Yo también siento curiosidad por saber qué hace trabajando una chica como tú un sábado por la noche y en San Valentín.
-          ¿Una chica como yo? – Le pregunto coqueteando.
-          Una chica guapa e inteligente. – Me aclara sonriendo con travesura.


Este hombre es un bombón. No debe tener más de treinta y cinco años, puede que sea siete u ocho años mayor que yo, pero me atrae mucho más que cualquier chico de mi edad.
Como si fuéramos dos adolescentes haciendo botellón, Álvaro y yo nos pasamos la botella de vino mientras hablamos y bromeamos sobre nuestra situación.
Dos horas más tarde, ambos estamos más animados, incluso me siento cómoda y relajada hablando con él.
-          Estoy hambrienta. – Pienso en voz alta.
-          En cuanto nos saquen de aquí, te llevo a cenar a dónde quieras. – Me asegura. – Y después nos sentaremos en el sofá frente a la televisión y veremos la saga de Kill Bill.
-          Es el mejor plan de San Valentín que me han propuesto jamás. – Me mofo sin poder dejar de reír.
-          Entonces, ¿aceptas?
-          Sí, si conseguimos salir de aquí. – Bromeo.


Pocos minutos después, el señor Ferrer nos anuncia que los técnicos de mantenimiento han llegado y están accionando el ascensor. Media hora más tarde, los técnicos consiguen restablecer la corriente eléctrica y el ascensor desciende hasta el hall, donde las puertas se abren y por fin salimos del ascensor. El señor Ferrer, los tres seguratas y los técnicos de mantenimiento nos miran y nos sonríen con complicidad al vernos salir sonriendo y con una botella de vino vacía en las manos.
-          ¿Se encuentran bien? – Nos pregunta el señor Ferrer.
-          Perfectamente, gracias. – Le responde Álvaro y, tendiéndome la mano, me pregunta con una sonrisa pícara en los labios – ¿Nos vamos, señorita Verona?
-          Sí. – Respondo agarrando su mano.
Álvaro me guía hacia a las escaleras de acceso al parquin para ir a buscar su coche, no queremos arriesgarnos a bajar en ascensor. Nos subimos en su Audi y Álvaro saca el coche del parquin. Está nevando mucho y las calles de la ciudad están colapsadas. Las parejas han salido a celebrar San Valentín y el tráfico es intenso.
-          ¿A dónde vamos? – Le pregunto tras cinco minutos de absoluto silencio.
-          ¿Dónde te apetece ir a cenar?
-          Me has prometido un San Valentín diferente, nada de restaurantes, solo un sofá y la saga de Kill Bill. – Le recuerdo divertida.
-          Entonces, pasaremos por el videoclub a alquilar Kill Bill y después pediremos comida china a domicilio, ¿no era ese tu plan perfecto? – Me propone con una sonrisa en los labios que me derrite.
Álvaro aparca el coche en doble fila frente al videoclub y me dice que espere en el coche mientras él alquila las películas. En la calle hace un frío de mil demonios y yo se lo agradezco. Además, por lo menos cinco centímetros de nieve en el suelo y, con lo torpe que soy, estoy segura de que me resbalaría y me caería. Algo muy típico en mí, para mi desgracia y el cachondeo de los demás. 


Regresa pocos minutos después con las películas y nos incorporamos al tráfico. Álvaro conduce hacia a las afueras de la ciudad hasta llegar a su casa. Debido al temporal de nieve, hemos tardado más de lo que deberíamos, pero lo importante es llegar. Aparca el coche dentro del garaje y, nada más salir del vehículo, Álvaro me sonríe, me tiende la mano y me dice:
-          Ven, pasemos al salón. – Álvaro me guía hacia el salón y añade: – Ponte cómoda, voy a buscar los folletos de publicidad de comida a domicilio.
Cuando regresa con los folletos los revisamos y decidimos llamar al restaurante chino, pero nos dicen que debido al temporal no están sirviendo a domicilio. Llamamos a todos los restaurantes con servicio a domicilio de la ciudad, pero ninguno de ellos está sirviendo a domicilio. Debido a la nieve han cortado muchas carreteras y es bastante peligroso conducir por las carreteras que aún continúan abiertas.
-          Tendremos que prepararnos la cena nosotros. – Me dice Álvaro encogiéndose de hombros. – Vamos a ver qué hay en la nevera.
Álvaro me guía hacia a la cocina y, antes de abrir la nevera, saca dos copas del armario y coge una botella de vino de la despensa para servirnos. Me ofrece una de las copas que yo acepto encantada y, tras coger la otra copa, brinda conmigo:
-          Por un San Valentín diferente.


Entrechoco su copa con la mía y ambos bebemos un pequeño trago y nos sonreímos. Resulta extraño sentirme cómoda estando en un lugar en el que no he estado nunca y acompañada por un completo desconocido, sin embargo aquí estoy.
Álvaro abre la nevera y, tras revisarla a conciencia, me dice:
-          Afortunadamente, Julia ha debido hacer la compra esta mañana.
-          ¿Julia? – Me atrevo a preguntar. Espero que no me diga que está casado porque lo mato con mis propias manos.
-          Julia es la asistenta, si no fuera por ella esta casa sería un caos. – Me aclara. – Hay prácticamente de todo, ¿qué te apetece cenar?
Me acerco a él y observo las baldas de la nevera. Tal y cómo Álvaro ha dicho, hay de todo.
-          ¿Hacemos un poco de pasta fresca? – Le propongo.
-          Claro. – Me complace. – Siéntate ahí y yo me ocupo de todo.
-          Deja que te eche una mano. – Insisto.
Álvaro me dedica una sonrisa y ambos nos ponemos manos a la obra a preparar la cena. Apenas media hora después, Álvaro prepara la mesa mientras yo sirvo la pasta en los platos. Álvaro ha preparado una sabrosa salsa al pesto y la boca se me hace agua solo de oler el delicioso aroma.
Nos sentamos a cenar y Álvaro abre la tercera botella de vino si contamos la botella que nos hemos bebido en el ascensor. Estoy bastante achispada y decido comer todo lo que tengo en el plato para evitar que me siente mal el alcohol. Álvaro se levanta de la silla y se dirige a la cocina a por dos copas limpias y una botella de agua.
-          Estamos bebiendo bastante, debemos beber un poco de agua para evitar deshidratarnos y que mañana tengamos una resaca horrible. – Me aconseja.
Le obedezco y bebo de la copa de agua que Álvaro me ha servido. No sé qué tienen sus ojos, pero me hipnotizan y me someten a su voluntad, es como si me hechizaran.


Terminamos de cenar y Álvaro me hace pasar de nuevo al salón. Nos acomodamos en el sofá para ver la película y Álvaro enciende la chimenea.
-          No deja de nevar, si se va la luz nos quedaremos sin calefacción, así que tener la chimenea encendida es lo mejor. – Me explica.
-          Me encantan las noches de frío cuando estoy en casa frente a la chimenea y mirando por la ventana cómo cae la nieve. – Le digo sin apartar la mirada del fuego que empieza a prender los troncos en la chimenea.
-          Pues ponte cómoda, esta noche tenemos sofá, pelis, chimenea y está nevando, ¿es todo lo que pedías?
-          Siempre se puede pedir más. – Le respondo sonriendo con picardía.
Álvaro me mira sorprendido, pero me devuelve una sonrisa seductora. Nos acomodamos en el sofá y vemos la primera película. En cuanto termina, Álvaro se levanta para ir a la cocina y regresa dos minutos después con un par de vasos y una botella de agua.
-          No ha dejado de nevar y hay unos quince centímetros de nieve en el suelo, esta noche te quedarás aquí. – Me dice sin opción a réplica. – Te dejaré un pijama y te enseñaré tu habitación para que puedas cambiarte, así estarás más cómoda.
No es que no me crea lo que Álvaro acaba de decirme, pero necesito comprobarlo con mis propios ojos. Me pongo en pie y miro por el ventanal que da al porche. La imagen que hay ante mí es espectacular, todo está cubierto de nieve y parece que estoy mirando una postal.
-          ¿Va todo bien? – Me pregunta preocupado.
-          Sí, perdona. – Le digo ruborizada. – ¿Me prestas ese pijama?
Álvaro sonríe y, tras cogerme de la mano, subimos las escaleras a la planta superior y me guía a la que será mi habitación.
-          Esta es la habitación de invitados, tienes baño en la habitación y yo estaré justo detrás de la puerta de enfrente. – Me dice Álvaro. – Dame un segundo y te traigo un pijama.


Apenas un minuto después, Álvaro regresa con un pijama negro de algodón y me dice:
-          Aquí tienes, cámbiate y ponte cómoda. Yo voy a hacer lo mismo y vengo a buscarte.
Álvaro me dedica una sonrisa antes de marcharse a su habitación a cambiarse de ropa y ponerse cómodo. Tras echar un rápido vistazo a la habitación y el baño, una habitación amplia, con cama de matrimonio y un baño completo, me pongo el pijama. Cinco minutos después, Álvaro viene a buscarme y juntos bajamos de nuevo al salón para ver la segunda película, pero nada más sentarnos en el sofá nos quedamos sin luz. Álvaro se asoma por el ventanal y me dice:
-          Se ha ido la luz en todo el barrio y, como no deje de nevar pronto, me temo que esto va a ir para largo. – Se sienta de nuevo a mi lado y añade: – Tendremos que dormir en el salón, sin calefacción la chimenea es lo único que hará que no nos congelemos.
-          ¿Vamos a dormir aquí?
-          El sofá se hace cama y ya ves lo ancho que es. – Me responde divertido. – Voy a coger una linterna y a por unas mantas, tú ponte cómoda.
Álvaro regresa pocos minutos después con un par de mantas y entre los dos hacemos del sofá una enorme cama de tres metros de ancho. Nos acomodamos en nuestra improvisada cama frente al calor y la lumbre de la chimenea y nos servimos una copa de vino. Desde que hemos llegado, Álvaro ha estado combinando el agua con el vino, asegurándome que se lo agradeceré mañana.
-          ¿En qué estás pensando? – Me pregunta con curiosidad.
-          Estaba pensando en lo que has dicho sobre lo de beber agua, espero que tengas razón y mañana no me despierte con resaca. – Le contesto sonriendo coquetamente al mismo tiempo que cojo mi copa de vino y brindo con él. – Por un San Valentín diferente.


Ambos bebemos un trago y acto seguido Álvaro me quita la copa de las manos, se pone en pie y deja las copas sobre la mesa. Se vuelve para mirarme y se queda a unos tres metros de mí, mirándome con lujuria y dedicándome una seductora sonrisa. No sé si es el vino, el temporal de nieve que nos mantiene encerrados aquí o que es San Valentín, el caso es que todo me parece de lo más romántico e incitante al sexo. Sobre todo su mirada y su sonrisa, que me hechizan y me perturban hasta hacerme perder la razón. Todo mi cuerpo se estremece de deseo con tan solo mirarle, podría tenerme a su voluntad.
Álvaro se sienta a mi lado en el sofá-cama y, con el ceño fruncido, me mira y pregunta preocupado:
-          ¿Tienes frío?
Tengo la piel de gallina y mi cuerpo se estremece, pero el frío no tiene nada que ver… Pero eso no se lo puedo decir, así que opto por contestar:
-          Un poco.
Me acurruco bajo la manta y Álvaro, dedicándome una amplia sonrisa, me agarra de la cintura y me atrae hacia a él para dejarme entre sus piernas, con mi espalda pegada a su pecho.
-          Así estarás mejor. – Me susurra al oído.
Me envuelve entre sus brazos y yo me dejo abrazar. Me siento cómoda con él a pesar de que es un extraño, un desconocido del que apenas sé su nombre y lo que he oído hablar de él, que no es mucho.
-          ¿Estás mejor? – Me susurra de nuevo.
Mi cuerpo reacciona siguiendo sus más puros instintos, me vuelvo hacia a él y, apoyando mi pecho sobre el suyo, le rodeo la cintura con mis brazos y le contesto con la voz ronca por la excitación:
-          Mucho mejor.


Álvaro acerca sus labios a los míos, los deja a un milímetro de distancia y me mira a los ojos esperando algún tipo de reacción. No sé si espera que me aparte o que le bese, pero opto por la segunda opción: pego mis labios a los suyos y le beso despacio, provocándole. Álvaro me estrecha contra su cuerpo y me devuelve el beso con urgencia al mismo tiempo que sus manos se deslizan por mi espalda por debajo del pijama para acariciar mi piel. Álvaro se separa un poco de mí y me escruta con la mirada, tratando de adivinar algo. Le dedico una sonrisa traviesa y me deshago de la parte superior de mi pijama, quedando desnuda de cintura para arriba frente a él. Álvaro también se deshace de la parte superior de su pijama en un abrir y cerrar de ojos y vuelve a estrecharme contra su cuerpo mientras busca mis labios para besarlos de nuevo.
-          Gina, ¿estás segura…? – Me susurra Álvaro.
-          Completamente segura. – Le respondo antes de que acabe la pregunta.
-          No sé qué me haces, pero me vuelves loco. – Me susurra al oído mientras me coloca a horcajadas sobre él.
Desliza sus manos hacia mis pechos y los acaricia con sensualidad, pellizcando ligeramente mis pezones para después llevárselos a la boca y calmarlos con su lengua. Me arqueo para facilitarle el acceso y se me escapa un gemido, estoy muy excitada y apenas ha empezado a tocarme. Álvaro me agarra por la cintura y, con un rápido movimiento, me coloca con la espalda pegada al colchón y él se coloca sobre mí, aguantando su peso con los antebrazos.
-          ¿Estás segura de querer seguir con esto? – Me pregunta Álvaro estudiándome con la mirada.
-          Completamente. – Le aseguro sin lugar a dudas.
Álvaro me besa en los labios y desciende poco a poco por mis pechos, mis costillas y mi ombligo para detenerse a la altura de mi cadera, justo donde se encuentra la cinturilla del pantalón del pijama.
-          ¿Qué hacemos con esto? – Me pregunta juguetón, tirando de la cinturilla de los pantalones de mi pijama. – ¿Nos deshacemos de ellos?


Asiento con la cabeza y sonrío como si fuera una niña traviesa mientras Álvaro se afana en quitarme los pantalones. Sonríe con picardía al descubrir mi diminuto tanga de encaje y de color fucsia. Besa mi monte de Venus sobre la tela del tanga de encaje y acto seguido lo desliza por mis piernas para deshacerse de él igual que se ha deshecho de mis pantalones.
-          Mm… Eres preciosa. – Susurra antes de meter la cabeza entre mis piernas.
Álvaro lame mi pubis, presiona y mordisquea mi clítoris y me lleva al borde del orgasmo en un abrir y cerrar de ojos, estoy muy excitada. Me arqueo al mismo tiempo que gimo dejándome arrastrar por el placer que invade mi cuerpo y mis cinco sentidos y me hace explotar como nunca antes lo había hecho. Álvaro levanta la cabeza de entre mis piernas y me sonríe divertido antes de ascender por mi cuerpo con un reguero de besos hasta llegar a mis labios.
-          Aún no he acabado contigo, preciosa. – Me susurra al oído.
Lo envuelvo con mis brazos y con mis piernas y levanto la pelvis para rozar su dureza con mi entrepierna. Él me mira con los ojos inundados de lujuria y brillantes de deseo y se deshace de sus pantalones y su bóxer con destreza, sin apartarse lo más mínimo de mí. Completamente desnudos, nos abrazamos, nos acariciamos y nos besamos, excitándonos el uno al otro, disfrutando del placer que sienten nuestros cuerpos al rozarse.
-          Oh, mierda. – Musita Álvaro enterrando su cara en mi cuello y quedándose quieto.
-          ¿Qué ocurre? – Le pregunto sin entender nada.
-          El preservativo, preciosa. – Me responde mirándome y sonriendo burlonamente.
-          ¿No tienes un preservativo? – Le pregunto incrédula.
-          Sí, pero tienes que darme un minuto para ir a buscarlo. – Me contesta sin dejar de sonreír.


Me da un leve beso en los labios y se levanta para ir al hall a buscar su cartera, donde tiene guardado un preservativo. Se coloca el preservativo con destreza y rapidez y se tumba a mi lado, agarrándome por la cintura para colocarme a horcajadas sobre él. Sus manos recorren mis muslos apretándolos contra él y empuja su pelvis contra mi entrepierna, haciéndome notar su enorme erección. Se me escapa un gemido de la garganta y Álvaro también gruñe excitado al mismo tiempo que busca mis labios para besarlos. Una de sus manos se adentra entre nosotros hasta llegar a mi pubis e introduce su dedo corazón en mi interior para comprobar mi humedad y prepararme para él. Se adentra y sale de mí un par de veces con su dedo corazón y después lo acompaña con su dedo índice. Su dedo pulgar se desliza hacia mi clítoris y lo acaricia con movimientos circulares y presionando para estimularme aún más. Oleadas de placer invaden todo mi cuerpo, todavía sensible por el reciente orgasmo, que incrementan mi placer y me arrastran a un estado de liberación y satisfacción total. Coloco mis manos en su nuca atrayéndolo hacia a mí, le beso apasionadamente y le susurro al oído:
-          Te quiero dentro de mí.
-          Tus deseos son órdenes para mí, señorita Verona. – Me susurra con la voz ronca al mismo tiempo que me agarra por los muslos y me eleva unos centímetros, colocando su miembro en la entrada de mi vagina. Me mira a los ojos con deseo y, agarrándome por la cintura, me hace descender de un tirón y me penetra de una sola estocada, haciéndome gemir y arquearme al sentir otra oleada de placer. – ¿Es esto lo que quería, señorita Verona?
Le dedico una sonrisa de lo más provocadora y me muevo sobre él, haciendo que entre y salga de mía una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Álvaro desliza una de sus manos para acariciar mi clítoris y me susurra con la voz ronca:
-          Córrete conmigo, nena.


Mi cuerpo interpreta sus palabras como una orden y le obedece de inmediato. Mil descargas de placer sacuden mi cuerpo y me hacen estallar en mil pedazos. Me arqueo, gimo y clavo mis uñas en los hombros de Álvaro mientras él me agarra con fuerza por la cintura, entra y sale de mí con urgencia y, tras un gruñido gutural, alcanza conmigo el orgasmo. Nos quedamos abrazados durante unos segundos, hasta que Álvaro me besa en los labios y se deja caer de espaldas sobre el sofá-cama, arrastrándome con él. Me envuelve con sus brazos y me estrecha contra su cuerpo, me da un leve beso en los labios y me susurra:
-          ¿Todo bien, preciosa?
-          Todo perfecto. – Le contesto con sinceridad.
-          Me alegro de que pienses eso. – Me dice con tono burlón. – Hemos pasado una romántica velada de San Valentín a pesar de que ambos no teníamos la menor intención.
-          ¿Por qué lo dices?
-          La nieve, las velas, la chimenea, lo que acabamos de hacer… – Empieza a decir Álvaro y se calla al verme con el ceño fruncido. – Me ha gustado nuestra peculiar cita el día de San Valentín, pero en la próxima cita iremos a cenar a un restaurante argentino, tomaremos una copa en un pub y bailaremos juntos cualquier canción en la que pueda estrecharte entre mis brazos y pegarte a mi cuerpo. – Me besa en los labios y añade divertido: – Quizás Cupido exista después de todo, quizás este sea el primero de muchos San Valentines que celebremos juntos.


Entre risas, caricias y besos, nos quedamos dormidos abrazados el uno al otro. Disfrutamos de un San Valentín diferente, porque ninguno de los dos había vivido antes un San Valentín cómo este, un San Valentín romántico, apasionado y placentero.

3 comentarios:

  1. Una Maravillosa entrada llena de sentimiento , que solo una pluma como la tuya hace que lleguen al alma ,gracias por traer estas maravillosas letras Rakel feliz semana saludos cordiales

    ResponderEliminar
  2. PRE-CIO-SO Relato...Mi incurable romanticismo te lo agradece :DDD Gracias por compartir Rakel... ¡Besitos hermosaaaaa...!!!

    ResponderEliminar
  3. Mil gracias!!! Besotes y feliz inicio de semana! ;-)

    ResponderEliminar

Comentar es un incentivo para el autor

ENVÍA ESTA PÁGINA A UN AMIGO
Indica su e-mail: