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martes, 12 de abril de 2016

La cacería (segunda parte)


Extraida de Google
Ya tengo mi objetivo. El chico desgarbado de la mesa cuatro, el que mira de reojo a la joven rubia, la de los hoyuelos en la cara, de su izquierda. Nada que objetar a su buen gusto, pero me imagino que no son sus simpáticos orificios faciales los que mira insistentemente de forma furtiva. Cazador contra cazador, esto me gusta. Lo llamaré Simón, como el de "Simón dice" aún no ha hablado, pero espero que tenga mucho que decirme.

A su izquierda, varios puestos hacia mí, entre las mesas once y catorce, han agrupado la veteranía. Tres señoras y un caballero. A él lo llamaré “Chanquete”, bueno, ya sé que sería mejor hacer una descripción inicial del personal y no dejar que mi criterio quede superpuesto, pero con qué personaje asociaríais a un tipo con los mofletes rojizos, con entradas, canoso y con una melena demasiado larga para su edad que no puede esconder la decoloración redondeada de la parte superior de su cabeza, obvia ausencia de exposición solar, de la que, eso sí, estoy convencido que no la ha producido un gorro de paja. Con su prominente barriga que lo acerca ya más a la jubilación, alejándolo, cada vez más, del teclado de su ordenador. ¿Chanquete, no?. Pues Chanquete.


Por cierto, una cuestión que empieza a preocuparme, o más bien diría a perturbarme. Últimamente no dejo de imaginarme a las mujeres mayores de cuarenta totalmente des…

¡Dios! El olor del tipo que acaba de sentarse a mi izquierda es insoportable: mezcla de sudor, rebaño de cabras y queso rancio. Sé que me precede en la cola, lo vi al llegar junto a la maquina dispensadora de números, pero debe de haberse cansado. La verdad es que no me es desconocido, pero su olor es como una marea de gaviotas aferrada a un barco de pesca que se acerca a puerto. Me giraré estratégicamente a mi derecha a pesar de perder de visión al pipiolo de la mesa número uno, qué remedio, una pieza menos. Ahora, la pantalla de avisos me distrae con mis prisas por que acelere su estática imagen. Sé que lo conozco, voy a hacerle una foto sin que se dé cuenta y la enviaré al grupo de whassap de mis amigos. Alguno me sacará de esta duda, por lo menos.

¿Por dónde iba? ¡Dios! Ah, sí… totalmente desprovistas de sus artificiales colores de pelo, como una repentina y primeriza nieve otoñal, con sus melenas y sus modernos cortes de pelo de un blanco impoluto. Inquietante imagen, sin duda, que no logro apartar de mi imaginación.

Me ha asustado al levantarse. Ya han marcado su número y se dirige hacia mi amigo el cazador. Su rostro es un poema cuando las gaviotas sobrevuelan su ordenada mesa. Fuerza un saludo de buenos días que me sorprende al escuchar su profunda voz. El barco, con su carga de queso rancio, se interpone entre nosotros y recoloco mi posición. He recuperado la visión de pipiolo que ahora atiende a un anciano. Ahora perderé otros cinco minutos, mientras, me centraré en las tres funcionarias que acompañan a Chanquete… ¡Joder! Cuántas joyas llevan, ¿no?

Mi amigo Julián dice que se parece a Pablo, uno que vivía en una finca junto al colegio donde estudiamos primaria. El de las cabras, acuérdate, dice. Le contesto… sí, y aún sigue en el barrio...

2 comentarios:

  1. Una entrada muy interesante llena de secillez y aventuras gracias por compartir saludos cordiales feliz semana

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  2. Ajajaajaja...Genial Carlos...ME ENCANTA COMO JUEGAS CON NUESTRA IMAGINACIÓN...Buenísimo relato... ¡Quiero mas...!!! :DDD Gracias por compartir ¡Te mando abracitos con cariño...!!!

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