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lunes, 25 de abril de 2016

Bajo la luz de la luna 3.


Elisabeth se despertó cuando su nuevo teléfono móvil empezó a sonar. Alargó el brazo hacia la mesita de noche hasta que lo alcanzó y contestó sin mirar quién la llamaba, al fin y al cabo casi nadie tenía su nuevo número de móvil:
-  ¿Si? - Respondió medio dormida.
-  ¿Aún estás durmiendo? - Le preguntó Olivia al otro lado del teléfono. - Son las dos de la tarde, levanta y date prisa porque en diez minutos paso a buscarte.
-  Me doy una ducha rápida y estoy lista. - Le respondió Elisabeth dando un salto de la cama.
-  No te olvides un biquini, después de comer iremos un rato a la playa. - Le recordó Olivia.
-  De acuerdo, dame veinte minutos y estaré en la puerta lista para irnos.



Elisabeth se afanó en ducharse, se puso un biquini de color fucsia que había comprado tras la insistencia de Olivia y un vestido ibicenco que le hacía parecer más angelical junto a su pelo rubio y sus ojos azules. Veinte minutos más tarde, salía por la puerta de su casa con el pelo aún mojado de la ducha y se encontró frente a la puerta del jardín que daba a la calle con Olivia, Óscar, Marcos, Marta y Alan. Les saludó a todos haciendo un gesto con la mano y pudo sentir como Alan la observaba ocultándose detrás de aquellas gafas de sol. Caminaron los escasos metros que les separaba del bar y se sentaron a la sombra en una mesa de la terraza. El destino quiso que Elisabeth se sentara entre Alan y Olivia, pero al otro lado de Olivia estaba Marcos y no quería interrumpir la conversación de su amiga con el chico que le gustaba, así que comenzó a hablar con Fernando ya que lo tenía enfrente. Alan no podía dejar de observarla, desde que la vio por primera vez la noche anterior esos ojos tristes de color azul  habían despertado en él sentimientos que hacía tiempo que había dejado de sentir y aquello le tenía confundido y eclipsado a la vez. No quería hablar con ella, no estaba preparado para sentir nada, pero tampoco podía dejar de mirarla. Aquella chica de ojos tristes tan solo llevaba allí dos días y ya se había metido en el bolsillo a todos, incluido él mismo, sin embargo, él estuvo saliendo durante tres años con Laia y nunca había encajado con sus amigos, de hecho ninguno de sus amigos la soportaba y mucho menos después de lo que ocurrió el verano que acabaron el instituto. Eli no se parecían en absoluto a Laia, ni físicamente ni mentalmente. Comparó todas y cada una de sus diferencias, Laia era morena y Elisabeth rubia; Laia tenía los ojos color chocolate y Elisabeth los tenía de color azul; Laia era superficial y snob y Elisabeth se comportaba con naturalidad y era amable con todo el mundo. No tenían nada en común, con la excepción de que Elisabeth le hacía sentir cosas que solo había sentido al principio de estar con Laia.


-  ¿Tú qué haces, Alan? ¿Te vienes a la playa? - Le preguntó Marcos, su mejor amigo, sacándolo de sus pensamientos.
-  Sí, me daré un par de chapuzones antes de regresar a la ciudad. - Le respondió Alan. - Mañana trabajo y toca madrugar.
El grupo de amigos se dirigió a la playa en dos coches y a Elisabeth le tocó ir en el coche de Alan con Marcos, Olivia y Marta. Apenas había unos trescientos metros hasta la playa motivo por el cual a Elisabeth le extrañó que cogieran el coche, pero no se detuvieron en la playa más cercana.
-  ¿A dónde vamos? - Preguntó Elisabeth confundida al ver que Alan conducía en dirección a las montañas en vez de parar junto a la playa.
-  Nosotros nunca vamos a la playa de la urbanización, nos gusta ir a una pequeña cala que hay tras la montaña que estamos cruzando. - La informó Marcos con una sonrisa. - Te vamos a llevar a nuestra cala secreta, un buen lugar donde bañarte y tomar el sol sin la presencia de turistas borrachos ni niños tocapelotas.
-  ¡Qué poético! - Se mofó Olivia.
-  Oli, cuándo quieras te demuestro lo poético y romántico que soy, aunque te advierto que corres el riesgo de caer rendida a mis pies. - Le contestó Marcos bromeando.
-  ¡Menudo fantasma! - Le espetó Olivia.


Tras diez minutos en coche por una carretera de tierra, aparcaron en un pequeño llano y continuaron andando durante quince minutos por un pequeño camino rodeado de espesa vegetación hasta que se hizo un claro y apareció ante ellos una pequeña cala de arena fina y agua transparente. Elisabeth se quedó fascinada, había viajado por medio mundo y había visto inmensidad de playas paradisíacas, pero aquella pequeña cala no tenía nada que envidiarle a las mejores playas del mundo. Era un lugar mágico. Aquella cala estaba rodeada por la espesa vegetación del bosque y se situaba entre dos grandes rocas, una a cada lado. La única manera de acceder allí era a pie o por mar, pero merecía la pena por ver aquel lugar.
-  ¿Te gusta? - Le preguntó Marta.
-  ¡Me encanta! - Confesó Elisabeth. - Parece un lugar mágico.
-  Pues espera a ver las fiestas de la luna llena que organizamos aquí en las noches de luna llena. - Le dijo Óscar, el hermano de Olivia.
Estiraron sus toallas sobre la fina arena cerca de la orilla y las chicas se sentaron y se embadurnaron de crema solar mientras los chicos se metieron directamente en el agua. Alan se dio un rápido chapuzón y regresó a la toalla junto a las chiscas justo en el momento en que ellas se levantaban y se ponían a jugar con las palas de madera. Alba nunca jugaba con ellas, odiaba cualquier tipo de deporte, así que solo eran tres y los equipos quedaban descompensados, por lo que Marta le dijo a su hermano:
-  Alan, nos hace falta uno, ¿te apuntas?


Alan miró hacia las chicas y cruzó su mirada con la de Elisabeth, que le eclipsó mostrándole una tímida pero sensual sonrisa. Antes de quitarse las gafas de sol para jugar con las chicas, Alan aprovechó para observar una vez más a Elisabeth, que estaba increíblemente sexy con ese diminuto biquini de color fucsia.
-  ¿Con quién voy? - Preguntó Alan colocándose estratégicamente junto a Elisabeth.
-  Ya que estás ahí, con Eli. - Le respondió Olivia.
-  De acuerdo, ¿sabes jugar a esto, Eli? - Le preguntó con sarcasmo Alan. No podía evitarlo, aquella chica le atraía demasiado y no poder controlar aquellas sensaciones le ponía de mal humor.
-  Supongo que puedo decir que sí. - Le contestó Elisabeth encogiéndose de hombros, fingiendo no molestarse por su comentario.
Estuvieron jugando a las palas durante casi una hora y Elisabeth le demostró a Alan en particular y a todos en general que sí sabía jugar y bastante mejor que ellos.
-  ¿En Londres también jugáis a las palas? - Preguntó Alan tratando de enmendar su comentario anterior.
-  No sé si en el resto de Londres, pero desde luego sí en mi universidad, aunque no lo considerábamos un deporte. - Le respondió Elisabeth encogiéndose de hombros.


Tras el cansado partido, decidieron meterse en el agua y refrescarse. Los chicos se dedicaron a salpicar a las chicas. Alan se acercó a Elisabeth mientras el resto del grupo se dedicaba a hacerse ahogadillas y le dijo tratando de firmar la paz, pues no quería parecer borde:
-  Creo que he encontrado a mi compañera de equipo a las palas, eres toda una campeona.
-  No se me da del todo mal, pero tampoco es para tanto. - Le quitó importancia Elisabeth.
-  Pues menos mal, si se te llega a dar bien les das una paliza tú sola a los tres. - Bromeó Fernando.
-  Eres buena al billar, con las palas, ¿algún juego más que se te dé bien? - Preguntó Pedro. - Lo digo por no apostar en tu contra.
-  Los dardos. - Reconoció Elisabeth. - Aún no he conocido rival que me gane a los dardos.
-  En eso te aseguro que no me ganas, mi lady. - Le dijo Alan divertido.
-  ¿Quieres apostarte algo, mi lord? - Le desafió Elisabeth con una espléndida sonrisa en los labios que no pasó desapercibida para Alan.
-  Cuando quieras y donde quieras. - Le contestó Alan divertido. Le gustaba cómo aquella chica misteriosa le desafiaba con la mirada al mismo tiempo que le sonreía con dulzura. - El premio de la apuesta aún tengo que pensarlo.
-  Tienes tiempo de pensarlo hasta que juguemos la partida. - Le dijo Elisabeth mientras regresaban a la toalla y se tumbaban bajo el sol.
-  El próximo viernes por la tarde, trabajo en la ciudad y no estoy aquí entre semana. - Le dijo Alan sin querer dejar aquel encuentro pendiente. - Estaré por aquí antes de las siete, a menos que tengas planes para ese día...
-  El viernes a las siete de la tarde en el bar de Fernando. - Confirmó Elisabeth alargando su mano para sellar el trato con Alan.
Alan estrechó su mano y, tras dedicarle una amplia sonrisa, le confirmó:
-  El próximo viernes, entonces.


A Elisabeth le gustó ver sonreír a Alan, era la primera vez que le sonreía a ella directamente y sintió una especie de cosquilleo que la turbó, pero decidió no pensar en ello y continuó tomando el sol. Estar en esa playa la relajaba y le gustaba la compañía, mientras estuviera acompañada no tendría tanto tiempo para pensar.
Sobre las siete de la tarde regresaron a casa y, con excepción de Olivia, Marta y Fernando, todos regresaron a la ciudad porque al día siguiente trabajaban, pues la casa de la playa era una segunda residencia y solo iban allí los fines de semana y durante las vacaciones.
A Elisabeth le disgustó despedirse de aquellos nuevos amigos a los que tan solo hacía dos días que los conocía pero a los que tanto empezaba a apreciar. Por suerte, Olivia, Marta y Fernando seguirían allí y podría disfrutar de su compañía.

3 comentarios:

  1. Maravillosa entrada encantadora llena de mucho sentimiento gracias por compartir estos maravillosos relatos gracias saludos cordiales

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  2. ME ENCANTA Rakel... ¡Casi pude sentir el sol sobre mi rostro mientras presumía mi biquini azul turquesa...!!! ;) Gracias por compartir ¡Besitos miles hermosa...!!!

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  3. Mil gracias a vosotros! Un abrazo enorme y feliz fin de semana! ;-)

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