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martes, 1 de marzo de 2016

La niña del brazo roto (corto)


Extraida de Google


La popular casa roja está a las afueras de Payton Place, al final de Cecil Street. La mayoría de sus visitantes la localizan por el hedor que emana de su sótano, aunque, también, la inmensa mayoría de ellos ya trae el mal olor consigo.

Letrina y dormidero de Yonkis y Crackeros, todavía aguanta en su fachada la pintura que la hizo famosa cuando aún la habitaba la familia más rica de la comarca. Ahora, el rojo de sus ladrillos solo significa eso, peligro.


“no quedan espejos para las malas acciones” dijo el comisario Lernertt al dirigirse a sus agentes en la charla a los dispositivos que hoy asaltarían la casa roja a las 08:00h. “hoy quiero que en ese agujero ni las ratas estén a gusto”

Sobre la misma hora, a la peregrinación diaria de drogadictos no les hacía falta reunirse para concretar sus quehaceres matinales. Desde todos los rincones posibles, su patético ejército, pero más motivado que las mismísimas fuerzas del orden, comenzaba a dejar su reguero de mal olor, soez y perturbación habitual.


Como en un sigiloso juego del gato y el ratón, las piezas del puzle se iban acomodando por las calles aledañas. Policías y drogatas (consumidores de órdenes y usuarios de la felicidad embotellada), dirigían sus pasos al enésimo enfrentamiento.

Baluarte reconocido en otros tiempos, hoy solo era una inmensa equis en los planes aniquiladores del Jefe Lernertt. La casa le molestaba a la vista casi tanto como los desperdicios humanos que se drogaban entre sus paredes

-patrulla veintitrés… siete zombis y una niña pequeña con un brazo en cabestrillo en la esquina de Burban-

 -copiado veintitrés… estén atentos-

John Godilesky, era siempre de los más madrugadores, por decir algo. Su aceitunado rostro advertía inequívocamente de su peligrosa falta de sueño. Su ruta común para llegar a la casa roja pasaba por las hierbas altas del arroyo paralelo a la manzana de casas donde hoy se apostaban doce coches de policías. 

John Godilesky, llegó a la esquina de Burban con el frío calando todos y cada uno de sus doloridos huesos para toparse con la reunión más extraña que había visto nunca. Una cría de apenas once años, vestida con una gabardina rosa y con un brazo escayolado hasta el hombro, mantenía una inusual conversación con quienes bailaban su mismo ritmo.

-patrulla veintitrés… los zombis se vuelven tras hablar con la cría… ¿qué hacemos?

La radio de la comisaria calló por unos interminables segundos, hasta que la voz de Lernertt sonó temblorosamente extraña al comunicarles. -Cancelen el dispositivo… regresen a la base.

 Los ayudantes de Lernertt no podían más que observar como su Jefe se había quedado petrificado delante la emisora, y por supuesto, no podían escuchar, dentro de su cabeza, a la pequeña Lily gritar implorando que parase….

3 comentarios:

  1. ME ENCANTA Carlos..Lo que me sucede con tus cortos es que siempre me quedo con ganas de más :DDD Gracias por compartir ¡Te mando abracitos con cariño...!!!

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  2. Pues muy bien, me encanta dejar con las ganas de seguir pensando en cómo podría continuar la historia.
    Gracias por tu amable comentario. Feliz día.

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  3. Una entrada Maravillosa y muy interesante gracias por compartir saludos cordiales

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