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lunes, 15 de febrero de 2016

Tú, yo y las estrellas 16.




A la mañana siguiente, Santi me despierta a las seis en punto. Me da los buenos días, abre un poco la persiana para que entre por la ventana los primeros rayos de sol y me apremia para que me duche y me vista y vaya a la cocina a desayunar. Le obedezco de mala gana, pero ni siquiera le devuelvo el saludo. Tengo un humor pésimo cuando me despierto. Media hora más tarde, entro en la cocina y me encuentro a Santi leyendo un periódico pero al verme lo aparta y mira su reloj antes de decirme:
     -  Media hora, no está mal. - Me sirve un vaso de café y unas tostadas.
     -  No te quejes, podría haber tardado mucho más. - Le contesto malhumorada. - ¿Dónde vamos a estas horas? ¡No estarán puestas ni las calles!
     -  Ya veo que tu hermana no bromeaba sobre tu humor por las mañanas. - Musita Santi.



Tras desayunar, cogemos el coche y nos ponemos en marcha hacia a los Pirineos. Durante la primera hora de camino, Santi conduce en silencio, prestando toda su atención en la carretera. Cuando mi mal humor empieza a desaparecer, me dedico a observarle en silencio.
     -  Me estás poniendo nervioso. - Me dice sin apartar los ojos de la carretera.
     -  ¿Te molesta que te mire?
     -  No me molesta, solo me pone nervioso porque no sé por qué me miras así. - Me responde. - ¿Es bueno o malo que me mires así?
     -  Haces demasiadas preguntas. - Le contesto riendo. - Se supone que hemos venido a relajarnos y yo me relajo viendo cómo conduces, cómo dedicas toda tu atención a la carretera.
     -  Si continuas mirándome así, no recordaré ni que voy conduciendo. - Me advierte con picardía.
     -  De acuerdo, miraré a la carretera cómo tú. - Le digo encogiéndome de hombros. - Pero solo porque no quiero que nos matemos.


Después de tres largas horas en el coche, por fin llegamos a lo que Santi llama su cabaña, que es una enorme casa de piedra y madera frente a un lago con un pequeño muelle para barcos pequeños situado en la mitad de la llanura de un valle rodeado de montañas. Salgo del coche y observo a mi alrededor, no hay nadie ni se escucha nada, salvo el cantar de los pájaros y el soplar del viento.
     -  ¿Te gusta el paisaje? - Me pregunta Santi cuando llega a mi lado.
     -  Me encanta. - Le respondo sonriendo.
     -  Pues espera a ver la casa. - Me dice divertido. - Tenemos hasta piscina interior y exterior climatizadas y ambas están conectadas. Podemos salir al jardín o entrar en la casa sin salir de la piscina.
Santi me enseña la casa y todas sus habitaciones. Me asigna la habitación de al lado de la suya, pero a mí me es indiferente porque no tengo pensado pasar la noche ahí. Tras deshacer las maletas, hacemos la comida  y después de comer y recoger nos quedamos dormidos en el sofá hasta que Santi se despierta y me propone dar un paseo por el bosque y yo acepto encantada.


Una hora más tarde, mientras caminamos entre el frondoso bosque, el cielo se nubla y los escasos rayos de sol que nos alumbraban el camino desaparecen detrás de las nubes.
     -  ¿Por qué se ha hecho de noche a las siete de la tarde? - Le pregunto preocupada.
     -  Se avecina una tormenta, debemos regresar a casa. - Me dice Santi mirando hacia el cielo. - Venga, corre o acabaremos empapados.
Corrimos de regreso a casa pero aun así la tormenta nos pilló y llegamos a casa empapados, pero a salvo de los rayos que la tormenta había traído. Cojo a Santi de la mano y lo arrastro hasta la piscina cubierta, donde me quito la ropa y, quedándome en ropa interior, le animo diciendo:
     -  Venga, vamos a meternos en la piscina ahora que ya estamos mojados.
Le tiro del brazo de nuevo para llevarlo hacia a las escaleras de la piscina pero él me sujeta con firmeza y me pregunta con la voz ronca de excitación:
     -  ¿Es que pretendes torturarme?
     -  ¡Pero si esto me tapa más que cualquiera de mis bikinis! - Le digo divertida. - ¿O acaso prefieres que me lo quite todo?
     -  Para o no respondo de mis actos.
     -  No quiero que respondas de tus actos. - Le susurro. Coloco mis brazos alrededor de su cuello y le digo con picardía: - Solo será un baño, prometo no tratar de ahogarte.


Santi me sonríe al mismo tiempo que se quita las zapatillas deportivas, la camiseta y por último el pantalón, quedándose vestido tan solo con unos boxes muy ceñidos que marcan su abultada erección.
Santi me coge en brazos y se adentra en la piscina conmigo. El agua está templada, ni fría ni muy caliente, pero yo me abrazo a él igualmente al notar el contacto del agua. Santi me estrecha con fuerza contra su cuerpo y, tras mirarme fijamente a los ojos, me besa en los labios. Lo que ha empezado como un romántico beso está terminando con un beso de pasión y necesidad, un beso hambriento. Santi me desabrocha el sujetador y me lo quita lentamente, dejándolo sobre uno de los peldaños de la escalera de la piscina. Me mira con admiración y me acaricia los pechos y los pezones con la yema de los dedos. Arqueo mi espalda facilitándole el acceso y Santi me lo agradece con una sonrisa para después lamer y mordisquear mis duros y excitados pezones. Mis manos se mueven y acarician el torso, el abdomen y el trasero de Santi, excitándolo y excitándome.
     -  Esto no es ir despacio, pequeña. - Me susurra al oído con la voz ronca.
     -  No, no lo es. - Afirmo. - Pero es lo que ambos deseamos en este momento.


Esta vez soy yo quién lo besa y él me abraza con fuerza, como si temiera que en cualquier momento fuera a salir huyendo.
     -  Eres preciosa, pequeña. - Me susurra al oído mientras desliza por mis piernas el culote que aún llevo puesto. Lo deja junto a mi sujetador y añade: - Realmente preciosa, pequeña.
     -  Quiero ver lo precioso que eres tú, pequeño. - Le digo divertida, sin sentirme incómoda por estar totalmente desnuda en la piscina con él.
Santi me obedece de inmediato y se quita los boxes, quedando totalmente desnudo ante mí. Su inmensa erección por fin está libre y mis entrañas arden de deseo por la expectativa que me da su ardiente cuerpo.
     -  Ven aquí, pequeña. - Me dice estrechándome contra su cuerpo. - Quiero verte, tocarte y lamer cada centímetro de tu piel.
Y cumple con su palabra. Hacemos el amor en la piscina, subimos a la habitación y volvemos a hacer el amor en la ducha. Cenamos en el salón, viendo una película, y volvemos a hacer el amor, está vez en el sofá, para después seguir en la cama de Santi hasta caer dormidos por el cansancio.
A la mañana siguiente, me despierto abrazada a Santi, le miro y veo que me está mirando y me sonríe.
     -  Buenos días, pequeña amazona. - Me dice besándome en la frente. - ¿Has dormido bien?
     -  Buenos días. - Le respondo devolviéndole la sonrisa. - He dormido mejor que nunca.
Santi me da otro beso, esta vez en los labios, y me pregunta sin dejar de sonreír:
     -  ¿Qué te apetece hacer hoy? Podemos ir de pesca al lago, a caminar por el bosque o también podemos quedarnos en casa y relajarnos en el jacuzzi.
     -  ¿Tenemos jacuzzi? - Pregunto sorprendida. - Creo que hoy me gustaría quedarme en casa contigo, mañana ya iremos a dónde tú quieras.
Santi y yo pasamos el puente como si estuviéramos en una luna de miel. No podemos dejar de acariciarnos ni de besarnos, nuestro apetito sexual es insaciable y me siento segura y en calma estando con él.


El martes, cuando Santi me deja en casa después de recoger a Thor de casa de mi hermana, le digo mientras sirvo un par de copas de vino:
     -  Gracias por este maravilloso y placentero puente.
     -  Eli, tengo que decirte algo. - Me dice Santi mirándome a los ojos. - Le prometí a mi abuela que si todo salía bien, iríamos a comer mañana a su casa. Sé que debería habértelo dicho con tiempo y entiendo que no quieras venir, pero me encantaría que vinieras.
     -  Y a mí me encantaría ir.
     -  ¡Esa es mi chica! - Me dice sonriendo al mismo tiempo que se sienta en el sofá y me coloca sobre su regazo. - A mi abuela le va a encantar vernos juntos.
     -  ¿Qué le vas a decir?
     -  Lo sabe todo, Eli. - Me responde sonriendo. - Le hablé a mi abuela de ti antes de saber que eras amiga de mi hermana y de saber que trabajas en Enjoy. No te preocupes, no dirá nada que te haga sentir incómoda, le has gustado mucho a mi abuela.
     -  Tienes suerte, yo no puedo decir lo mismo de mi familia. - Bromeo. - Si la cena en casa de mi hermana te pareció incómoda, espera a ir al cumpleaños de mi sobrina y encontrarte con mi madre y mi tía Lola, vas a querer salir corriendo.
     -  No creo que pueda ser tan malo. - Me dice con su habitual calma. - Tendría que haberte llevado a mi casa, así ahora podría meterte en mi cama y pasar la noche contigo.
     -  ¿Qué tiene de malo mi casa? - Le pregunto coquetamente. - Puedes secuestrarme y llevarme a mi habitación, estoy dispuesta a colaborar.
     -  ¿Me estás invitando a pasar la noche contigo en tu casa?
     -  Sí. - Contesto ruborizándome.
     -  Nada me apetece más que pasar la noche contigo. - Murmura mientras me acaricia la espalda con sus manos. - Me encanta tenerte entre mis brazos, pequeña amazona.


Esa noche, fue la primera de las muchas noches que Santi se quedó a dormir en casa. En la oficina ambos actuamos como los profesionales que somos, pero fuera de la oficina actuamos como una pareja estable. Hablamos de los planes para el fin de semana, preparamos juntos la cena, vemos películas abrazados en el sofá y salimos a pasear con Thor. Los lunes los reservamos para ir a comer a casa de Charo, la abuela de Santi, que está encantada de vernos juntos y felices.


Si quieres leer más historias como ésta, no te pierdas LOS RELATOS DE RAKEL.




2 comentarios:

  1. ¡Padrísimo Rakel...!!! Gracias por compartir tan bella historia ¡Besitos miles hermosaaaaa...!!!

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  2. Maravillosa entrada Rakel me a gustado mucho gracias por compartir saludos cordiales

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