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domingo, 14 de febrero de 2016

El sobre cerrado

Estaba harta de él, de sus continuos viajes de negocios, de las horas perdidas intentando siempre rellenarlas de visitas a sus amigas, de tertulias en aquel salón de invierno de Madame de Couvertine, de los paseos interminables por los parques y las avenidas al anochecer cuando no sabía qué camino tomar en su vida. No había tenido hijos en su matrimonio con Maurice y llevaban juntos más de doce años, un tiempo suficiente como para darse cuenta de su fracaso, de la profunda oquedad tan angustiosa que retorcía sus vísceras, estrángulándole las ganas de vivir.


La familia política era otro obstáculo más, que durante su noviazgo nunca la había aceptado como miembro, no la admitieron en su opulento reducto atrincherado, no era de su clase, tan solo era una vulgar mujerzuela de la calle de la que su único vástago tuvo el error de enamorarse, hecho que no le perdonaron y menos aún cuando ella perdió el bebé que ambos esperaban con ilusión, quedándose estéril después de una grave intervención quirúrgica, en aquel parto prematuro.
Tampoco contaba con el soporte de sus padres, que la había desterrado, como consecuencia de aquel aciago día en que descubrieron sus amoríos con Antoine, un joven jornalero que vivía en un humilde barracón con su madre viuda y el ganado. 

El rumbo que había tomado su vida anterior, la llevó por numerosos antros de prostitución y trata de blancas. Siempre ostentó una belleza natural, que la hacía irresistible a la mirada lasciva de los hombres, a quienes sabía complacer y nunca tuvo escrúpulos para perderse en sus extravíos amorosos. Era astuta como una zorra y ágil como una gacela, de manera que había sabido salir adelante entre tanta clientela, que solo la buscaba para disfrutar de su cuerpo, aunque en algunas ocasiones había estado a punto de morir degollada a manos de ciertos individuos sexualmente perturbados.

Hasta que un buen día, aquel joven desgarbado con elegante smoking, se quedó hechizado nada más cruzar su mirada con la de ella, anhelándola más que a nadie en el mundo y ella sin pestañear, le clavó sus profundos ojos negros, haciéndole sentir una fuerte descarga eléctrica por todo su cuerpo.
Cafetería Du Tertre, cuadro pintado por Ernest Descals
Tardaron muy poco en irse a vivir juntos tras su matrimonio y de esta manera es como llegó aquel día, cuando Antoine la acompañó hasta una cafetería próxima a la estación central de trenes de Lausanne:

-Es lo más duro y difícil que me ha tocado vivir, pero estoy decidido a hacerlo- le espetó a la cara su marido sin andarse con rodeos.

-¿Qué quieres decir con esto, Antoine?...¡No me digas que me has traído hasta aquí para armar una nueva escena de celos!

-No, en absoluto. Géraldine, te dejo libre, me largo, he decidido romper nuestra relación y esto es solo una despedida. Cuando me vaya abres el sobre que ahora deposito en esta mesa y no intentes saber más de mi.

Ella lo miró atónita incapaz de levantarse o de gesticular palabra, viéndolo desaparecer entre la gente, colocándose su sombrero y sin girarse, atravesar la puerta del local.

Permaneció meditativa unos momentos, tras aquel rápido adiós de su interlocutor, observando aquel sobre cerrado encima de la mesa de aquella cafetería, en una zona céntrica de la ciudad.

Consultó su reloj, aún era temprano. Sorbió un poco de aquel amargo café expreso que estaba demasiado caliente aún, deleitándose en esa sensación le gustaba e intentó calmar sus nervios con un cigarrillo, luego, decidida abrió aquel sobre, que decía así:

"No perdiste el bebé, aquello fue una sucia estrategia que me busqué para ser el centro de tu atención, para que nada ni nadie te apartara de mi. Logré convenir con tu ginecólogo y el personal que te atendió en el parto, una suma importante de dinero para que ellos se encargasen de todo y nunca lo supieras. Ya sé que no esperabas esto de mi, pero jamás supiste el amor que llegué a sentir por ti, capaz de hacer lo imposible para que me amases, capaz de convertirme en un ser perverso."

Angustia, manos, cuadro pintado por Marila Tarabay
Un llanto imparable turbó su mirada,  la gente que había allí la observaba descaradamente, entonces ella se levantó y gritó despavorida mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas:

-¡LADRÓN, ME HAS ROBADO MI VIDAAAA, MI AMORRRR, MI HIJOOOOOO!- con los brazos en alto en actitud impotente y moralmente destrozada.

4 comentarios:

  1. Una maravillosa entrada llena de mucho sentimiento gracias por traer estas maravillas feliz semana saludos cordiales

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    1. Muchas gracias, amigo Isidro Cristobal, me encantan siempre tus comentarios tan cordiales y llenos de buen compañerismo.
      Cordiales saludos y ¡buen inicio de semana!

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  2. Magistral amiga....Bello,triste y desgarrador relato,pero tan real como la vida misma....Por desgracia aún hay muchos Antoine en este mundo y muchas Géraldines confundidas,perdidas.. ME HA ENCANTADO Consciencia y Vida/Magazine Gracias por compartirnos de tu especial tinta ¡Besitos miles hermosaaaaaa...!!!

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  3. ¡Qué alegría e ilusión me hace saber que te ha parecido magistral! ja,ja,ja Lo cierto es que como tú dices, existen demasiados ejemplos como estos dos protagonistas, deseo que al menos este mensaje les pueda llegar al alma a quienes me leen y les ayude también a no caer en este tipo de errores con trágicas consecuencias.
    A mi también ME ENCANTANNN!! tus comentarios, que los saboreo con mucho gusto, querida amiga, María del Socorro.
    Las gracias a ti también por dejarme estos estupendos comentarios.
    Besitossssss milesssss preciosidaaaaad...!!!!

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