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domingo, 13 de diciembre de 2015

En todas las salsas

EN TODAS LAS SALSAS

 
Así nos gustaría estar a muchos que escribimos por amor al arte: en todas las salsas, como el jueves, siempre en medio. Ir de boca en boca y vivir de escribir porque allá donde firmamos, triunfamos, San Pancracio mediante, claro. Y lo digo sin miedo a que me pongas verde por presuntuoso.
¿Y a qué viene todo esto? Pues al perejil, al modesto, pero inevitable y antiquísimo, perejil. Depende del traductor, pero cuentan que cuando el náufrago Ulises arribó a Ogigia, la isla de Calipso, esta lo embrujó con perejil de su jardín. Por eso pudo retenerlo en su tálamo siete largos años. Y digo lo del traductor porque otros entienden que lo que había frente a la cueva de la ninfa era apio.
Un helenista francés, Victor Bérard, afirmó a principios del siglo XX que la morada de Calipso se encontraba en un islote a medio camino entre Marruecos y España. En 2002, esa roca fue la convidada de piedra de una astracanada bélica entre ambos países: la toma y "reconquista" del islote de Perejil, presuntamente, la isla Ogigia.
Siglos más tarde de la peripecia de Ulises y mucho antes de la charlotada militar hispanomora, un mártir cristiano, Pancracio, se convirtió en abogado de los pobres y de los ludópatas. A él se le ofrece una ramita de perejil para obtener trabajo y dinero y salud con la que disfrutarlos: "San Pancracio bendito, acepta este perejil que te pongo para reconocerte y alabarte".
No le podían falta refranes y dichos a la aromática plantita, claro, como ese que lo acusa a uno de querer ser el perejil de todas las salsas, o de todos los guisos, un entrometido, un metomentodo, un vanidoso invasivo sin respeto por el espacio de los demás, más pesao que una vaca en brazos. Es una expresión melliza de esta otra: Perejil en la salsa, novia en la boda y muerto en el funeral. O niño en el bautizo, que también vale.
Si no das un respiro, si andas de entrometido, es fácil que te pongan como hoja de perejil, es decir, verde. No he encontrado el origen etimológico de esta segunda expresión, pero podría aludir al color del moho que corrompe los alimentos o a las contusiones verdosas que salen tras un golpe. No pondré la mano en el fuego, porque no quiero que me digan que, huyendo del perejil, me nació en la nariz; o sea, que salté de la sartén y me caí en las brasas. También se dice A quien no quiere perejil, le nace en el fogaril.
El perejil se debe plantar cuando acaba el invierno, de ahí que, si quieres perejil, siémbralo en abril, pero si lo siembras en mayo, lo tendrás todo el año. Hay un apéndice: siémbralo en septiembre y lo tendrás siempre, así te saldrá en primavera. El perejil cultivado es una planta bienal: nace, crece y muere cada dos años; el silvestre es perenne. Y también del campo es la siguiente coplilla pícara:
El cuerpo de una mujer
es lo mismo que una huerta
tiene la noria en el medio
y el perejil a la puerta
Lo que te decía, campestre. Griegos y romanos ya usaban el perejil en abundancia. A comienzos de la Edad Media, Carlomagno ordenó a sus súbditos que lo plantaran con alegría, pues lo consideraba bueno para muchas dolencias. Los italianos volvieron a usarlo como condimento y, cómo no, los franceses lo elevaron al Elíseo gastronómico, aunque no por propia mano. Lo que usaban los chefs del Barroco era, en realidad, perifollo, un primo anisado del perejil. Lo esparcían por fuentes y platos de alta cocina con tal profusión y generosidad que de ahí viene el verbo emperifollarse, es decir, echarse encima todos los abalorios y trapitos que, sin duda, nos harán destacar (para bien o para mal). Por imitar a los grandes maestros de los fogones, el vulgo empezó a colmar los guisos y las salsas con matas de perejil, que era más barato. La versión popular de emperifollarse era llegar con todos los perejiles encima. En fin, que de ahí, de su uso indiscriminado, vino lo de ser el perejil de todas las salsas, sentencia que tiene su trabalenguas:
Perejil comí,
perejil cené,
y de tanto comer perejil,
me emperejilé.
Esta hierbecilla siempre ha tenido fama de barata, es más, hace años te la regalaban los fruteros con la compra que hacías, pero la verdad es que hoy hay que pagar por él en todos lados. Su fama de hierba gratuita alcanza, en castellano, las dos bandas del océano. Mientras que en España decimos de algo inútil que es como ahorrar en el perejil, en Uruguay le restan valor a algo afirmando que es más regalado que perejil de feria.
Quizá estos refranes, que denotan falta de valor, sean más ajustados a los tiempos que corren que este otro, que hasta puede resultar exótico: La bondad es como el perejil, que no cansa nunca. Como diría Karlos Arguiñano, el cocinero mediático que convirtió al perejil en una estrella televisiva, "una refrán con fundamento".

6 comentarios:

  1. Gracias por tu maravillosa entrada. Me ha encantado la acepción de "emperifollarse" en relación a la abundancia de perifollo, por cierto, difícil de distinguir de perejil si no se huele. De todas formas, lo más sorprendente del perejil es su valor en hierro. Es el alimento que mayor cantidad de hierro tiene por gramo, claro es que difícilmente te comerás 100 gramos de perejil!!!
    Un abrazo y sigue así, que seguro que alguna vez estarás en todas las salsas, como el perejil, y nosotros estaremos ahí para disfrutarlo.

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    1. Yo tampoco sabía lo del perifollo. Y nada, comeremos perejil en vez de lentejas. Gracias por los ánimos, me vienen bien, y por tu comentario. ¡Feliz semana!

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  2. Una entrada muy interesante gracias por traer esta maravilla feliz navidad saludos cordiales José Juan Picos

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    1. Gracias, Isidro. Un saludo para ti también. Feliz semana.

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  3. Una exquisita entrada,como es tu estilo,eres maravilloso y con un encanto divino para engancharnos en tus letras...ME HA ENCANTADO mi José Juan ¡Un orgullo contar con escritores de tu nivel en BLOGGER HOUSE...!!! ¡Que gocéis de una gran semana...!!! Casi lo olvido,besitos infinitos ;)

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    1. Muchas gracias, María, a ti y a Blogger House. Igualmente, un beso.

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