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domingo, 15 de noviembre de 2015

No tientes al diablo 19.
















Judith y yo llegamos al aeropuerto de Londres y mi madre y Harry, su marido, vienen a buscarnos. Tan amable como siempre, Harry nos saluda y se encarga de llevar las maletas, aunque creo que se arrepiente de su caballerosidad en cuanto las coge y comprueba el peso de las mismas. Una vez en casa de mi madre y Harry, nos acompañan a las habitaciones de invitados y nos dejan a solas para que nos acomodemos y nos refresquemos un poco.

Lo primero que hace Judith es llamar a Álvaro para decirle que hemos llegado sanas y salvas. A mí también me gustaría llamar a Ángel, pero obviamente ni se me pasa por la cabeza hacerlo.
Pasamos diez días en Londres, visitando museos, palacios, parques, tiendas de moda y disfrutando de la brisa de septiembre de Londres que nada tiene que ver con el pegajoso calor de Barcelona. Salmos un par de veces de copas, más por Judith que trata de animarme que por mí. Ni siquiera tengo ganas de quedar con mis amigos, pero Judith se puso tan pesada que terminé cediendo y llegamos a casa a las siete de la mañana completamente borrachas. El pobre Harry flipó al vernos, pero mi madre, que ha sido más hija que madre en nuestra relación, se lo tomo de buen humor e incluso bromeó y nos contó algunas de sus anécdotas de cuando era joven. Lo cierto es que mi madre nunca deja de sorprenderme, a veces es como si siguiera siendo una adolescente.

El décimo día, quedamos con John para viajar con él en el yet privado de su empresa para regresar a Barcelona. Por lo que me ha contado, John está loco por Paula. Le ha prometido que si siguen adelante con su relación vendrá a Barcelona todos los fines de semana y las vacaciones, además de cada vez que tenga que supervisar las oficinas que poseen en Barcelona. Paula también parece estar completamente enamorada de John y yo me alegro por ellos, pero no puedo evitar pensar en Ángel y eso me pone de mal humor.

Cuando llegamos a Barcelona, Paula viene a buscarnos y nos convence para salir a cenar.
     -  ¡Genial! - Exclama Paula cuando logra convencernos. - Voy a llamar a mi hermano y a Álvaro. - Se vuelve hacia a Judith y le dice: - Pobre, no sabes lo triste que ha estado sin ti. - Entonces, se dirige a mí y me advierte: - Tú y yo tenemos algo de qué hablar.
Me lo temía, tarde o temprano todo el mundo empezará a preguntarse por qué, si me llevaba tan bien con Ángel, no ha aparecido ni me ha llamado en casi dos semanas que han pasado del "incidente", por llamarlo de alguna manera.
     -  ¿No me vas a dar ni una tregua de veinticuatro horas? - Bromeo.
     -  No, como mucho esperaré a que te hayas bebido un par de copas. - Me contesta divertida. - Creo que deberíamos ir al Edén, allí podremos cenar, tomar una copa, charlar y bailar.

Dos horas más tarde, Judith y yo salimos de casa y nos dirigimos al Edén, donde Álvaro, John y Paula nos esperan. Sé que Paula ha llamado a Ángel para que venga a cenar, pero dudo mucho de que se presente. De todas formas, Judith me ha hecho poner el vestido blanco al estilo Marilyn Monroe que me compré en Londres dándome esperanzas diciendo que quizás Ángel sí que aparecía.

Cuando llegamos al Edén, me quedo alucinada al ver que Ángel está allí, aunque tiene cara de muy pocos amigos. Todos me saludan con gran afecto y, cuando llega el turno de Ángel, me saluda con una frialdad y una indiferencia que me dejan hecha polvo, pero logro mantener el tipo y yo también le trato con la misma  indiferencia.
El aire es tan denso a nuestro alrededor que se puede palpar en el ambiente. Por si fuera poco, nos han sentado uno al lado del otro en la mesa y todo resulta todavía más incómodo, si es que puede ser más incómodo aún.

Durante la cena, me limito a contestar con monosílabos a todo lo que me preguntan y a beber una copa de vino detrás de otra.
     -  ¿Qué tal ha ido por Londres? - Pregunta Álvaro. - ¿Habéis salido mucho por ahí?
Judith capta la indirecta de Álvaro y, para divertirse un poco a su costa, le dice sonriendo:
     -  Meg me ha presentado a sus amigos, salimos de copas con ellos e incluso bailé con uno de ellos que era bastante guapo, la verdad. - Le sonríe maliciosamente y añade con sorna: - ¿Quieres seguir preguntando qué más he estado haciendo en Londres?
     -  No, ya hablaremos de eso esta noche en mi casa. - Le contesta Álvaro con la voz ronca.
     -  Meg, ¿tú te has divertido? - Me pregunta John, sabiendo lo que siento por Ángel e intentando provocar a Ángel, que continua impasible. - He oído por ahí que te han salido muchos pretendientes.
     -  No creas nada de lo que oyes por oí, la gente tiende a exagerar. - Bromeo.
     -  Si exageran, es porque algo de cierto hay, ¿no es así? - Insiste John.
No contesto a John, pero le fulmino con la mirada a modo de respuesta y él me devuelve una maliciosa sonrisa.

Salimos al jardín y nos sentamos en los sofás de la zona chill-out. Tras bebernos la primera copa, Álvaro, Judith, John y Paula se levantan y se dirigen a la pista de baile, dejándonos a solas a Ángel y a mí. Ángel continua sin hablar, se mantiene serio y callado constantemente. Cuando ya no puedo soportarlo más, me armo de valor y furiosa le espeto:
     -  ¿Se puede saber qué demonios te pasa?
     -  No me pasa nada. - Me responde frío como el hielo.
     -  Ángel, basta ya. - Le suplico. Me escruta con la mirada y añado: - Si no me dices por qué estás enfurruñado no puedo saberlo. La última vez que te vi estábamos en tu casa y nos llevábamos bien, no he vuelto a verte desde entonces, ¿qué se supone que he hecho?
     -  No has hecho nada. - Me responde frío como el hielo. - Ambos estuvimos de acuerdo en que solo habría sexo entre nosotros, nada más.
     -  Creo recordar que ambos estuvimos de acuerdo en comportarnos como adultos. - Le replico empezando a molestarme. - Si lo que quieres es que a partir de ahora no nos dirijamos la palabra, estaré encantada.

Como si lo hubiera planeado, un tipo muy atractivo se acerca y me invita a bailar y, contra todo pronóstico, acepto con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué le den! Mi madre siempre me ha dicho que si la vida te da limones hagas limonada y eso es lo que pienso hacer. Si Ángel en vez de hacer limonada quiere comerse los ácidos limones, que se los coma.
     -  Soy Néstor, ¿cómo te llamas, preciosa? - Me dice el tipo con el que estoy bailando salsa en medio de la pista.
     -  Me llamo Megan. - Le respondo con una dulce sonrisa. Y, al escuchar "soñé" de Gente de Zona, me animo más y le digo: - ¡Me encanta esta canción!
     -  Disculpa, pero ya has bailado con ella y no puedo dejar que la acapares el resto de la noche. - Oigo la voz de Ángel dirigiéndose a Néstor.
Néstor le mira de arriba a abajo y le contesta:
     -  Eso tendrá que decidirlo ella, ¿no crees?
Ambos me miran esperando una respuesta. Néstor me sonríe alegremente y Ángel me fulmina con la mirada pero, aún así, me disculpo con Néstor y me vuelvo hacia a Ángel sorprendida por su reacción.
     -  Eres la persona más bipolar que conozco, pasas de un extremo al otro. - Le reprocho al mismo tiempo que sigo sus pasos al ritmo de la música.
     -  Tenías razón, no podemos evitarnos eternamente. - Me responde.
     -  ¿Por eso no viniste a verme y te largaste a Noruega? - Le reprocho dolida. - Estaba preocupada, nadie me decía nada y tú no aparecías.
     -  Lo siento, no estoy acostumbrado y no he sabido reaccionar.
     -  ¿A caso crees que yo sí estoy acostumbrada a que intenten matarme? - Le espeto furiosa. ¿Qué clase de excusa es esa?
     -  No me refería a eso. - Me contesta sonriendo. ¿Dónde está la gracia? - Me refería a ti.
     -  Será mejor que lo dejes, en vez de arreglarlo lo estás empeorando. - Le advierto.
     -  Sigues sin entenderme. - Me dice sin dejar de sonreír. - Creo que lo mejor será que vayamos a hablar a otro sitio más tranquilo.

Ni siquiera me deja darle mi opinión, me agarra de la mano con firmeza y, tras despedirnos de nuestros amigos rápidamente, los cuales se quedan con la boca abierta cuando Ángel les dice que nos vamos juntos, me saca del local y me arrastra hasta su coche. Me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto y me abrocha el cinturón de seguridad para después repetir la misma acción consigo mismo en el asiento del conductor. Arranca el coche y, en silencio, conduce en absoluto silencio por la Barcelona nocturna que tanto me gusta.

2 comentarios:

  1. ¡Buenísimo Rakel....!!! Como decimos por acá ESTE ARROZ YA SE COCIÓ :)))) ¡Me encanta la historia,gracias por compartir...!!! ¡Feliz domingo preciosa..!!!

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  2. Una Maravillosa entrada llena de emociones encantadoras me a encantado gracias Rakel saludos cordiales

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