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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los ojos del que mira (cuento)

Extraída de Google


La pequeña Rhania vivía complacida mirándose a diario en las cristalinas aguas de su bello estanque, donde acudía para ver como aumentaba, día tras día, su hermosura en aquel incomparable jardín que su padre había construido solo para ella.

La pequeña Rhania maldecía los días de lluvia en los que no podía admirar su ingente belleza. Donde las gotas de lluvia creaban círculos concéntricos emborronando su hermoso rostro, convirtiendo sus días perfectos en amargura desolada por no poder complacer su obsesiva deleitación de admirarse. Esos días en los que obligaba duramente a sus doncellas a sacar lustre a los azulejos de su imperial cuarto de baño para poder admirar su esbelta figura, saciando así su sed diaria de complacencia.

La pequeña Rhania vivía en un enorme y majestuoso palacio, donde tras sus muros su padre había creado un mundo aparte del real, un mundo donde ella era la princesa. Un especial lugar donde Rhania había manifestado una compulsiva obsesión de si misma, y donde no cabían más problemas que una estúpida lluvia que la impedía regodearse con el hermoso reflejo de su belleza.

La pequeña Rhania comprendió, un día de sol radiante, tras bajar presurosa a encontrase con su idolatrada fuente de ego, que no estaba sola. Los altos muros de su palacio habían sido traspasados por un muchacho de tez morena y largos cabellos, que descansaba ahora sobre la negra piedra que su padre trajera desde muy lejos dominando, majestuosamente, en solitario el centro de su hermoso jardín. Donde, reposadamente, el joven leía un antiguo manuscrito bajo el sol de aquel placido día.

-¿Quién eres y qué haces aquí?-, preguntó, con su imperativo hilo de voz.

- Soy Ratán, ¿y tú? – contestó, sin más distracción que la de pasar la siguiente hoja.

-Yo soy la dueña de este Palacio, y tú no puedes estar aquí. – dijo, verdaderamente enfadada.
-¿Qué tienes en las manos?- preguntó, extrañada y bajando ligeramente el tono.

La curiosidad de conocer el objeto que tan absorto tenía al muchacho, pudo más que su enojoso comportamiento habitual.

-Es un libro – contestó

-¿qué es un libro?- fue la obvia pregunta, siendo total desconocedora de su existencia.

-Un libro es una sucesión de hojas escritas sobre personajes, lugares y situaciones, que alguien escribiera hace mucho tiempo.- clamó el joven, estirándose descaradamente.

¿Tú puedes escribir en él? Preguntó, recuperando su arrogancia inicial.

-En este no, pues ya está completo. Pero en cualquier otro, claro que sí –

¿Podrías escribir mi historia?, soy la más bella del reino y creo que se debería plasmar mi belleza en un libro de esos.- dijo, buscando de reojo, poder admirarse de nuevo en el estanque.

-Podría hacerlo, pero si yo escribiera sobre ti plasmaría lo que ven mis ojos, y no solo lo que tú dices ver- sentenció, a tenor de lo que creía se le avecinaba.

-¿Tú no ves mi belleza?- Preguntó indignada.

-No- respondió simple y claramente.

-Pues debes de ser ciego entonces- admitió, buscando nuevamente su reflejo.

-No soy ciego, lo que intento explicarte sencillamente es que mis ojos no ven las cosas como la ven los tuyos- replicó rápidamente.

Pues ¿puedes decirme que ven tus ojos de mi que yo no haya visto antes?- preguntó enojada por el descaro del joven y la incertidumbre que había creado con su comentario.

-Yo veo a una estúpida y remilgada niña que no hace otra cosa que mirarse en las aguas de ese pequeño estanque, viviendo tras unos tristes muros que acotan el bosque y entorpecen mis paseos matutinos-

El rostro de la pequeña Rhania cambiaba de color espontáneamente antes de gritar. – ¿pequeño estanque? Mi padre me ha asegurado que es el mayor que conoce-

-Ya, pero comparado con el río, ese estanque es ridículo-

-¿Un río?, ¿dónde?- preguntó cavilando la posibilidad de ampliar el espacio donde seguir admirándose.

-Cerca, tras esos muros, no muy lejos- contestó, mirando surgir un brillo inusual en sus ojos de niña.

-¿Tú te miras en él? Consultó presurosamente.

-No, yo me baño en él. No me hace falta mirarme, ya sé como soy-

-¿Y cómo eres, si se puede saber? Preguntó animada queriendo devolverle un poco de su desfachatez anterior.

-Dímelo tú-

-Yo te veo, feo, sucio y desaliñado e impertinente- dijo, esperando que se enfadase mucho.

-Pues ese soy yo visto por tus ojos. Ratán-

Y, hábilmente trepo hasta el árbol más cercano del muro para desparecer tras de él.

La pequeña Rhania corrió hasta Palacio preguntando a todos los que se encontró, ¿qué veían al mirarla?, obteniendo tantas respuestas diferentes como personas consultó. Y tras bajar de nuevo hasta el estanque dijo abatidamente.

-Que pena que tú no puedas hablar, estanque mío-

6 comentarios:

  1. Un hermoso relato lleno de ternura y realidad gracias por compartir saludos cordiales

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  2. Maravilloso....Me quedé con ganas de más,es un cuento que engancha...¡Estupendo Carlos..!!! Yo veo en ti un gran escritor y sobre todo de una notable versatilidad ¡Gracias por compartirnos los ojos con que ves el mundo..!!! ¡Abrazos,besitos,todo en infinito...!!

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    Respuestas
    1. Muchas gracias María. Así es, nada es tan cierto como lo que ven de ti los otros, por mucho que te moleste, jejeje.

      Un enorme abrazo. Feliz día

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  3. A nice story of reality and alternate reality, written in a very pleasant way. Good entry, Carlos. Kisses!

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    Respuestas
    1. Paula thank you very much , yes , even though we try hard others will never see us as we really are. Only time will tell , and unfortunately we change with it too.

      A huge hug. Happy day

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