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miércoles, 4 de noviembre de 2015

EL UNICORNIO

Christopher Lovell


Realmente era una criatura deliciosa, altiva  y tierna a la vez, definitivamente el regalo más original, y es que, ¿a quién se le iba a ocurrir?

Siempre pensé que aquella idea de convocar a un concurso era infantil, sin embargo mi consejero insistió tanto que me dejé llevar. Pensábamos que ya no quedaba ninguno pero el día de mi cumpleaños llegó aquel hechicero trayéndolo. De inmediato quedé prendado de su belleza, no hubo más que decir; teníamos al ganador  del regalo que más  honraba mi realeza. Luciendo al cuello un delicado lazo de oro, llegó por su propio pie hasta el trono y relinchó frente a mí, con esa actitud indomable me conquistó. Desde aquel día me quedé cautivado, se echaba  a mis pies y me dejaba juguetear con su crin.

El establo nunca fue un lugar digno para él, por las noches me despertaba inquieto por algún mal sueño y sudoroso y dolorido por las fantasías de la mente, abría los ojos para encontrarme con los ojos negros y profundo de mi unicornio,  que sin  yo saberlo, estaba allí para velar mi sueño. Solo yo podía montarlo, sólo yo podía acariciarlo libremente, le susurraba cosas al oído y él me miraba comprendiendo. Nunca supimos cómo hacía para salir de las caballerizas, pero terminó por andar por todo el palacio a su gana; siempre detrás de mí, celoso de los administradores y siervos del palacio que siempre me rodeaban, se metía entre ellos, me empujaba con su hocico, relinchaba y se encabritaba para apartarlos... yo me divertía como niño al ver sus rostros trasformados de miedo, y terminaba por dejar las responsabilidades para pasear con él o para retozar en la sala de música mientras escuchábamos exquisitas melodías que lo tranquilizaban y me arrullaban… Definitivamente el mejor regalo, una caprichosa y exótica mascota.

Una tarde, Abadí mi consejero,  y yo, trabajamos en el despacho alumbramos por hermosos candelabros, también regalos de mis súbditos, la noche empezaba a cobijarnos   con sus manto y un relincho desesperado se escuchó en el corredor, era mi unicornio que galopó enloquecido hasta mí lanzando a Abadí por los aires al mismo tiempo que los candelabros cayeron sobre el papeleo incendiándose. En pocos segundos aquello se tornó un caos, no atiné a sofocar el pequeño incendio cuando las ligeras cortinas del  salón ya estaban extinguiéndose bajo el fuego, el unicornio relinchaba y brincaba por todos lados asustado por las llamas, intenté calmarlo pero no me dejaba acercarme, el fuego iba en aumento llevándose consigo también los sillones y la tapicería; a los pocos segundos el salón se había vuelto una enorme hoguera, sentí un jalón por la espalda, era Abadí: 

- ¡Mi señor, salgamos, pronto!

El unicornio se abalanzó sobre nosotros, y aunque le grité intentando detenerlo sentí el golpe de sus fuertes patas chocar contra mi hombro, Abadí me miró con el terror dibujado en su rostro mientras me empujaba, caí al piso apenas unos centímetros lejos de encabritado corcel desde donde pude ver  a mi fiel servidor, a mi amigo, perecer bajo el peso de sus patas.

Toda el ala norte del palacio sucumbió al accidente. Declaré una semana de luto y festejos por la muerte de Abadí, y aunque encerré al unicornio seguía caminando por los grandes corredores del palacio detrás de mí, siempre buscando mis caricias que escasearon después de aquello. Sin embargo, en aquel momento no pude culparlo, el animal se había asustado por algo y sólo reaccionaba a lo que sentía, eso era, solo un indefenso corcel atemorizado...

Fue difícil encontrar un nuevo consejero, pues Abadí era más que eso, era un amigo, mi confidente y mi mano derecha en todo. Poco a poco  volví a confiar en el unicornio, me cautivó como el primer día con sus caricias y su dulzura a pesar de poseer un alma salvaje, y más que nunca se volvió mi sombra. Siempre estaba a mi lado alejándome  del contacto de la gente, mirándome con sus enormes ojos de muñeca, relinchando para hacerme reír o para exigir la atención que las responsabilidades propias de mi cargo exigían y me hacían  desviar de él. Y qué decir de las mujeres que les asustaba hacerme el amor mientras el animal nos miraba, pero es que no había manera de alejarlo de mí, y yo estaba tan solo que disfrutaba tanto su presencia… siempre, el unicornio detrás de mí, siempre mirando...

En negras noches sin luna mi unicornio y yo retostábamos en mis aposentos, abrumado por mi soledad me bajaba del colchón y me recostaba sobre su tibio cuerpo que yacía sobre exquisitos tapetes,  escuchaba su respiración y de alguna inexplicable  manera me sentía tranquilo, cómodo, feliz. Poco a poco, no me di cuenta cómo, aquello paso de excentricidad a locura, nadie en el palacio veía con buenos ojos al animal, pero una sola insinuación, un solo gesto negativo hacia él me enfurecía.

Como un reloj de arena que mide el tiempo grano a grano, así él me poseyó por completo... Eran sus ojos profundos de muñeca que me seguían; los veía todo el tiempo, estaban en todas partes, en las noches, en las tardes, en la comida, en los instantes de recreo, lejos  y cerca del palacio, cuando me vestían por las mañanas, cuando me presentaba ante embajadores, cuando tomaba decisiones... En las madrugadas, tras sueños excitantes en los que abría los ojos entre  sábanas mojadas,  lo que me despertaba era el  rocé  de su cuerno en mi espalda. No podía  pensar en alejar al animal de mi lado pues esos ojos me perseguían en mis pesadillas, dormido, despierto, él me leía y también me escribía. Cuando miraba a mi alrededor lo que podía ver era soledad, el temor y extrañamiento de todo aquel que me rodeaba, no encontraba el descanso, no encontraba por ningún lado la luz, solo podía ver al unicornio seguirme, y yo accionar a su gusto con su sola presencia,  envolviéndome con no sé qué extraño poder, me tenía... por completo.

Apenas tengo el temple y los recuerdos para escribir esta carta, apenas me quedan fuerzas pues el poder del unicornio me ha consumido casi por completo… Apenas recuerdo quién soy, quienes los antepasados que me pusieron en el trono, apenas me quedan unos segundos de esta  miseria que por fin terminará, a la razón y el poder de ese animal que en este instante golpea frenéticamente con sus patas el casi demolido portal me resguarda. Viene por mí, sé que sabe lo que hago, sabe que escribo, sabe que sé quién es y lo que me ha hecho, pero nada me importa ya, lo he desobedecido y no hallo la fuerza aquella que me hizo hacerlo pues ahora sucumbo ante su poder.


El lazo que nos ha tenido atados se ha roto y soy un insurrecto... estas últimas palabras marcan apenas el papel inciertas, indefinidas, borrosas... mi palacio arde, se desmorona bajo el fuego que él ha iniciado, han derrocado mi imperio y no hizo falta ningún ejército, el calor es insoportable y las paredes en las que me he refugiado ya son presa del fuego... Abadí, amigo nos veremos pronto... ese ruido que golpea ensordecedor mi cabeza es su relincho... mi imperio sucumbe bajo los cascos del unicornio...

DIANA PINEDO


MÁS TEXTOS DE LA AUTORA: GRAFEMA11






6 comentarios:

  1. Un relato impresionante maravilloso sobre el unicornio gracias por compartir Diana Pinedo Ortega

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    Respuestas
    1. Gracias a ti Isidro por la lectura, la difusión y el comentario.
      Un fuerte abrazo!!

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  2. ¡Precioso relato Diana...!!! Cómo algo tan bello se volvió tan villano.Verdad? ...Pero así mismo sucede en la vida misma ME HA ENCANTADO ¡Gracias por compartir..!!! ¡Besitos linduraaaaa...!!!

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  3. Respuestas
    1. Gracias por la lectura y por dejar tu comentario Linda! Encantada de tenerte por estas letras :)
      Abrazos!!

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