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domingo, 15 de noviembre de 2015

Arlequín Badajó

Hoy traigo un texto que no es de mi autoría, es un relato que leí siendo un niño de apenas cinco años y que me ha encantado desde entonces. Un cuento de un autor de mi tierra que narra la historia de un titiritero enano y su muñeco favorito, enmarcado en la cálida ciudad de Palmira, en el Valle del río Cauca Colombiano, tierra de caña dulce y mujeres lindas. Espero que les guste.

Imagen tomada de: http://correvedile.com/haroldalvarado/manzana-envenenada

Arlequín Badajó

Arlequín Badajo era un muñeco de 30 centímetros de estatura. Representaba a un payaso negro y era manejado con maestría por J. B. de Lacua. El titiritero tenía 60 años y una estatura de 98 centímetros. Aquella noche de junio de 1893, la Compañía de Fantoches de don J. B. de Lacua, oriunda de la dulce Italia, llenó de asombro a los habitantes de la ciudad de Palmira con la representación de La guerra de los franceses en la ciudad de Argel. Un destacamento de muñequitos montados en caballos relucientes atacó una fortaleza árabe. Sus defensores la quemaron para evitar que cayera en las manos de un rey cristiano. De sus cenizas surgió un camello fénix que puso a salvo un poema de amor, una media luna de esmalte, a la sultana Fátima y al tesoro de Alí Babá.

-Parecen de verdad - dijo una señora de antiparras - 
-Son de verdad - exclamó un niño -

Al término de la función, Arlequín Badajo despidió al público con las siguientes palabras:

-Agradecemos la asistencia de tan distinguidísimo auditorio. Por primera vez llegan a esta culta localidad de Palmira, la magia y la alegría de nuestra universalmente apreciada compañía de fantoches. Ustedes han tenido la fortuna de gozar con nuestras obras La guerra de los franceses en la ciudad de Argel, El hijo del desterrado en la Siberia, La princesa sin corazón, El velero de los amotinados, Las penas y las alegrías de una madre y José interpretando los sueños del faraón de Egipto. Para el día de mañana anunciamos la obra cumbre de la compañía , aplaudida por públicos de todo el mundo, por presidentes, ministros, alcaldes municipales, reyes y reinas. Esa maravilla de las maravillas, esa pieza genial de las artes escénicas es nada más y nada menos que ¡El Diluvio Universal!

Al día siguiente , el público reunido en el espacio construido al occidente del patio de la antigua casa municipal, esperaba con ansia que se descorriera el teloncillo de terciopelo para ver los asombrosos movimientos de los muñecos manejados por los titiriteros italianos. De pronto cayeron unas gotas de lluvia.

- Va a llover - dijo un hombre -
- No. es una nube que pasa - contestó una niña -
- Sería terrible que lloviera - dijo una mujer - Estoy muy ilusionada con esta función.
-Es una nube que pasa - repitió la niña -

En ese momento la banda de músicos tocó el pasacalle Rosaperla. Cuando Paco Zuluaga se empeñaba en hacer gemir su clarinete se desgajó un aguacero de grandes proporciones. La gente corrió a guarecerse en los corredores de la casona.

Arlequín Badajó, apoyado en el borde del teatrino y gritando a más no poder, con el propósito de ser escuchado a través de los ruidos de la lluvia , exclamó:

-Respetable público. Tan pronto cese este aguacero, y esperamos que sea pronto pronto porque lluvia fuerte es breve, presentaremos la obra maestra de la compañía, aplaudida por públicos de todo el mundo. La maravilla de las maravillas, la pieza genial de las artes escénicas, la sin par ¡El Diluvio Universal!.

El agua caía cada vez con mayor fuerza.

- San Pedro abrió todos los grifos - dijo un hombre -
- Santa Bárbara  bendita, esto es una tempestad - chilló la dama de las antiparras -
- Es una nube que pasa - insistió la niña -

Y el cielo de Palmira se puso negro y en cataratas cayó el agua durante toda la noche. Al amanecer las calles semejaban ríos desbordados y alguien esparció la noticia de que doña Encarnación Mutis, que ocupaba un sitio de primera fila para ver la función de fantoches, en su afán por regresar a su casa, se había ahogado. J. B. de Lacua, de manera frenética, dirigía los trabajos para proteger de las aguas a sus muñecos y a sus extraordinarios decorados. De golpe , exclamó:

- ¿Dónde está Arlequín Badajó?
- Tal vez se ha refundido entre tanto trebejo - dijo una mujer -
- Se habrá precipitado en el torrente? - se quejó el pequeño J. B de Lacua -
- El patio está completamente inundado. En algunos lugares del pueblo el agua nos cubre completamente - dijo el hombre de la cabellera roja - Si se cayó al agua no podrá escapar a su destino.

Cuentan las crónicas que en el año 1893, llovió en Palmira durante cuarenta días y cuarenta noches y que un hombre viejo, de 98 centímetros de estatura, buscó desesperadamente a un payaso negro de 30 centímetros de estatura y que en su búsqueda inútil llegó a las playas del océano Pacífico. Algunas personas dicen que años más tarde lo halló flotando en el mar de la China, otros afirman que J. B. de Lacua se ahogó en la bahía de Buenaventura y otros aseguran que un titiritero enano y viejo jamás abandonó su oficio de alegrar a las gentes con sus obras llenas de gracia y de encanto, pero que a veces, en sus ojos azules brillaba la imagen de un muñequito negro, ahogado en el diluvio de sus lágrimas.


Jairo Anibal Niño

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