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miércoles, 14 de octubre de 2015

Recuerdos desde mi celda

Acabó de rezar su oración y se persignó. En ese crítico momento, sentirse unida espiritualmente a Diós, lo consideraba un deber de primera magnitud y a pesar de su agnosticismo, no le resultaba extraño, acostumbrada como estaba a tener ciertos ramalazos de fe, sobre todo, cuando se ponían las cosas feas. Lo único que tenía sentido en estos instantes era mantener vivo el recuerdo, no podía ser de otro modo. Aferrada a sus viejas historias y a ese cuerpo marchito y moribundo, que permanecía inconscientemente conectado al respirador, no quería perder el tiempo en cosas nimias. Tiempo era precísamente lo que no tenía. Al abuelo pronto le llegaría la hora. Debía aprovechar los últimos momentos junto a él. Tumbada en la cama, a su lado, le abrazaba. La estampa era conmovedora y al mismo tiempo intensa. Visto de conjunto, ambos cuerpos no distaban mucho en equidistancia. El de él encorvado y rugoso. El de ella enjuto y pálido. Podía parecer solamente que un anciano y su nieta se decían adiós, pero era mucho más, finalizaba un ciclo de vida conjunta, un vínculo especial que enlazaba la experiencia y la juventud, la guerra y la paz, la pobreza y el progreso, la tragedia y la esperanza. Con contradicciones internas y profundamente personales.

Agustín fue un niño de la guerra, republicano de fe y de obra. Crecer en el fragor de la lucha, en plena Guerra Civil le había curtido en mil batallas. A pesar de la valentía demostrada en todo momento y lugar, libertad y sometimiento, eran dos palabras atravesadas en su conciencia que no había conseguido digerir plenamente. Ahora batallaba en un campo desconocido y ésta iba a ser, sin duda, la última contienda. A pesar de todo, siempre se enfrentó con contundencia a la vida y a una problemática realista, primero como niño huérfano de padre, asesinado éste por los del bando nacional. Fue un frente de batalla en el que los hermanos se enfrentaban entre ellos, los alimentos eran requisados para alimentar a los soldados y se pasaba mucha hambre aunque hubiera cartilla de racionamiento. El día a día se vivía entre asaltos a los mercados, pillaje, ese profundo silencio que envolvía el aire, el aislamiento del exterior, el miedo, la frustración, la represión, el fanatismo religioso en la escuela y en la comunidad, todo ello rodeado de historias malditas, fusilamientos, exilio, dramas familiares…las dos Españas marcadas con fuego y acero.

La curiosidad se transformaba en pena cuando Laura escuchaba estas anécdotas de labios de su protector. De niña le hubiera gustado ser miliciana. Lo tenía muy claro. Sin embargo, por destino le había tocado vivir el accidente de sus padres, la ausencia de su abuela que murió joven, una educación espartana y militarizada, la falta de cariño. Demasiada presión, sin duda. También durante el inicio de su juventud, la presencia del viejo, sin llegar a ser el consuelo de su tristeza, lo envolvió todo. Las ocasiones en que esperanzada contemplaba el Cielo en busca de algo divino con que alimentar su espíritu, no veía más que al abuelo Agustín. –Abuelo, ¿tú crees que Dios existe?-.-¿Le has visto alguna vez, niña?- .-No, pero existe la fe-.- La fe es para los tontos- solía responder sécamente. Pronto la duda empezaría a corroerla, en éste y en otros temas, tan trascendentales como anodinos.

“Si yo pudiera volver a ser tan inocente como de pequeña”- se decía, atormentándose, ya que la imposibilidad caía sobre su propio peso. ¿No podía ser posible un regreso a la inocencia, a la candidez, a la pureza? Pero por mucho que intentara alcanzar la esencia verdadera de las cosas, solo encontraba realidad y materia. Las leyes físicas universales no le bastaban. Debía haber una explicación razonable mucho más allá de la conciencia que explicara por qué estaba aquí.

No estaba segura de si su abuelo aun conservaba ciertos principios, miniaturas representativas de aquellos rasgos nobles que, en algún momento, habían caracterizado a los hombres buenos y valientes defensores de causas justas. A pesar de todos los pesares, a pesar de todo lo vivido, la duda razonable persistía en quedarse. Mucho se temía que había envolturas de recuerdos que no se atrevían a salir a la superficie. Recuerdos dolorosos que desgarraban el alma, que avergonzaban, que dejaban huellas profundas en el corazón. Por indecentes y pecaminosos. Repentinamente, el abuelo lanzó un suspiro desgarrado que parecía proceder del Purgatorio de la conciencia, así se lo imaginó. Quizá estarían llamándole desde arriba para empezar a expiar la culpa y él respondía como un arrepentido en el Juicio Final, resistiéndose. Su sufrimiento le hacía empatizar con él, menos cuando aparecía algún recuerdo lascivo. De cuando Agustín la acostaba en la camita, siendo niña, y la miraba con deseo carnal. En esa época, no podía entender qué tipo de mirada, qué tipo de deseo. Pero estaba allí, acechando entre la semioscuridad de la noche, agazapado como los buitres, esperando que la presa cayera para abalanzarse sobre ella. Y así cada noche. Cada noche suponía la muerte del espíritu, la profanación de su cuerpo infantil. De su inocencia, de su candidez, de su pureza. Del verbo de Dios.

Quizá si el abuelo no se hubiese dado a la bebida y a las mujeres de mala reputación a la muerte de su esposa, no estaría en esta situación. Era extraño. Los recuerdos de juventud del viejo, narrados, parecía mentira, hasta con elaborada poesía costumbrista, no coincidían por lo honestos, con los que ella guardaba en su imaginación, de la vida en familia, de la relación afectiva. El incesto era tabú en la sociedad. Lo aprendió enseguida sin que nadie se lo dijera. Pero de todos modos, le debía tanto al abuelo. Sentía tanto cariño por su figura patriarcal, que no había conseguido sustituir el objeto proceloso fruto de tantos años de cautiverio, por otro de más sensato proceder. No era cariñoso ni cuidadoso en el trato, pero jamás utilizó el más mínimo atisbo de violencia. Parece ser que la voluntad no se sometía a la razón, en este caso, porque no habían vivido una vida como la del resto de los mortales. Eran dos espíritus libres y esclavizados el uno al otro que se necesitaban, dependiendo enteramente. Lo cual no evitaba que los recuerdos fuesen autorretransmitidos con cierto asco, entre la culpa y la impotencia de no haber conocido la oposición y el rechazo por parte de nada ni de nadie.

Pero de todo eso hacía ya mucho tiempo. Más tarde aprendió a negarse, a rechazar el ansia y la prepotencia que da la autoridad. Había aprendido a juzgar las malas obras. Sufrió los abusos hasta la edad de 16 años. El desconocimiento dio lugar al juicio y a la razón. Y los tocamientos físicos se transformaron en otra cosa mucho más terrible para Laura. Que desde los doce había dejado de comer con normalidad, convirtiéndose en una joven anoréxica. El rostro de Laura, avejentado y agrietado, era la muestra del sufrimiento silencioso, de la culpa, del autocastigo infringido. El resto del cuerpo, delgadísimo, todo un conjunto de carne flácida y colgante, que apenas se dejaba ver de entre los huesos. Éstos se marcaban agresivamente a través de la piel, que tampoco era piel, sino pellejo. Se incorporó. Sus ojos, decorados con profundas ojeras, miraban al anciano moribundo y lo hacían sin rencor aparente. Quedaban tan resaltados que casi se salían del contorno de la cara. Después, se quedó contemplando el respirador artificial.

Agustín, el ahora anciano Agustín, respiraba con enorme dificultad. Lejos de desearle cualquier mal, esperaba que el fatal desenlace ocurriera lo antes posible. No podía seguir observando su agonía por más tiempo. “Estamos casi en igualdad de condiciones, abuelo. Yo también moriré después que tú, no tardando mucho”- reflexión que hizo ante sí misma mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas. “Te he devuelto el favor, tú me cuidaste en todos mis ingresos hospitalarios y ahora yo velo por ti en tu final. Estamos los dos esperando el mismo destino. Siento que tu vida y la mía no hayan sido bonitas. Adiós”. Acercó entonces sus labios a los suyos rozándolos levemente, para no molestarle en su camino hacia el mas allá. Se movía lentamente, se encontraba muy débil pero pudo hacer un esfuerzo para cogerse de un extremo de la cama, apoyándose en un brazo y con el otro desconectar el cable del aparato.



Enigma - Return to innocence

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias a tí, Carmen, por leerme y por tus palabras. Me alegra que te haya conmovido y llegado a lo hondo.
      Cuando alguien se encuentra en una contradicción de ese tipo y se siente tan indefenso, imagino cuánto pesar debe sentir interiormente. Atrapado entre dos estados del alma, el futuro es un tunel oscuro. Lo peor que le puede pasar a una persona es rendirse, abandonarlo todo y permitir que ocurra lo peor.
      He querido reflejar una experiencia triste, porque en la vida también pasan estas cosas, desgraciadamente.
      Un beso

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  2. Muy profundo...Muy bello...Muy triste,pero tu pluma,tu pluma suaviza esa tristeza y nos muestra esa parte humana que flaquea,que cae,pero saca sus fuerzas en las condiciones más extremas....Me has envuelto en emociones...Gracias AMANTISIMA MARISA ¡Siempre un orgullo compartir de la buena letra...!! ¡Besitos linduraaaaaa...!!!!

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    Respuestas
    1. Muchas gracias por tus piropos y tus amables palabras, me siento halagada y feliz por tu apoyo.
      El relato es muy triste y doliente, pero aunque parezca lo contrario, señala que hay que seguir el camino contrario al de los protagonistas, cada uno con su problemática particular. Si así consiguiéramos concienciar...El final quizas demasiado trágico. Ya os traeré cosas mas alegres ;-)
      Un besito, preciosa

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  3. Muchos temas muy bien engarzados. Me ha gustado mucho el relato. Muchas heridas sin cerrar que se acumulan a lo largo de las vidas. Las víctimas de unas se convierten en victimarios a su vez y van sembrando el camino de nuevos heridos.
    Muy interesante,

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  4. Muy hermoso con una clase magistral de contar historias que salen del alma gracias Marisa por traer esta historia tan humana

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