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jueves, 22 de octubre de 2015

Llover sobre mojado... (Relato)

Extraído de Google


La señá Laura se sentaba en la misma roca cada tarde desde que se enteró de su primer embarazo: el de su Jacintico. ¿La razón?; el encuadre óptimo para lanzar su rezo diario. El bancal donde se acomodaba aquella piedra desde el comienzo de los tiempos, era el que más hacía rezongar a su viejo borrico: Fogosito. Nombre oportuno para quien parece ser dueño del carácter más irascible y vengativo del reino animal. La lejanía con la Casona y lo escarpado del terreno, añadido a la hora punta de su ingesta diaria, lo sumían en un mal humor constante, al que finalmente su dueña le diera la importancia, poco menos, que como al resto del día.

Lo importante para la señá Laura era estar sentada en la piedra antes de que el Astro Rey dijera adiós a las montañas, barrancos, bosques y floresta desde donde ella dominaba todo plácidamente en su inquebrantable atalaya. Cuarenta y dos años con el mismo ritual, incluso los días que el sol se hubiera despedido ya tras las nubes mucho antes de verla aparecer, ¡no le iban a distraer ahora las quejas de su viejo penco! Le dijeron una vez, un ilustre de paso por la hacienda, que las cosas tienen la importancia que cada uno quiera darles, y ella, después de reflexionar mucho sobre dichas palabras, decidió que si tenía que zanjar cual era su causa primordial, no encontró otra que disfrutar de todos y cada uno de los atardeceres que se produjeran mientras sus ojos tuvieran vista y que además le dirigían a su conversación vespertina con Dios.

Todavía, a sus cincuenta y ocho largos, aguantaba estoica la frialdad invernal de la roca, así como las heladas envestidas del arreciado viento que llegaba desde el lado gabacho: un sueño recurrente era imaginar que al otro lado de aquellas altas montañas, alguien parecida a ella pudiera estar esperando comenzar una liturgia asemejada, allá en la Francia. Lo que no llevaba tan bien, era el hecho de que su pierna izquierda quedara siempre colgando del aire, lo que ya dejaba de ser un problema solo durmiente. Y de ahí, el aguantar los rebuznos de Fogosito, ya que al finalizar su rito era él quien la sacaba del bancal agarrada a la cola. Cuestión ésta muy peliaguda dadas las prisas del borrico por llegar, lo más pronto posible, al saco de comida. En alguna que otra ocasión, solo pelos quedaron en sus manos al perder el contacto con el penco: maltrecheses que ya le agradaban poco. Dígase que tanto esfuerzos y penurias tenían por sublime objetivo, el que ahora les relataré.

Y así comenzaba lo único que la hacía sentirse feliz en su vida.

La duración, apenas diez minutos, pero disfrutados de manera tántrica y, con mucho, privada. Dirigida hacia poniente, con su perfecta vista observando la media falda del Monte Urbignon, en cuestión de minutos la esfera rojiza del, para ella, enviado de Dios, debía pasar justo detrás de un enigmático y longevo árbol de silueta, casi traslúcida ante su circulo dorado, idéntica a la cruz de los sacrificios romanos.

A menudo imperceptible, el discurso, repetitivo como un rosario mañanero, disgregaba su mente pidiendo por todos los suyos. Pero hoy era un día especial. Hoy solo venía a pedir por su primogénito, su Jacintico. Corrían dos años ya de su fallo.

“Sabrá el diablo por viejo que su nuera no hacía tantas reservas sobre éste hecho, ni entendía las esquivas conociendo el sufrimiento vivido en sus propias carnes, es más, Paquita ya no era la niña apocada de tiempos atrás cuando ocurrió lo que ocurrió. La Guardia Civil dio fe. No hizo falta más que sacar una simple foto. La impresión de los cinco dígitos de la mano derecha de Jacintico sobre el rostro de Paquita, con su implícita rojes e hinchazón, fue prueba suficiente para arrestar al maltratador. Aunque la falta estaba clara como el arroyo que surtía a la fuente principal del pueblo, la alevosía añadida es la que trae en desgracia a la señá Laura. Paquita estaba en cinta de seis meses y medio de su amado Requena. ¡Y el niño nació! pero abobado como su abuelo paterno, al que nadie conoció en el pueblo, ni cuando abandonó a su mujer a tres kilómetros de la fuente con cuatro indicaciones y tres chicuelos, para irse, decía él, a hacer “las áfricas”. Y aludiendo al ilustre, tan renombrado por su suegra, decidió la importancia de su futura y nueva vida… muy lejos de su encarcelado marido”

En voz entendible y sincronizada con la imagen evocadora de la unión del sol y la particular silueta del árbol, le nombró. Pero antes de pronunciar su nombre completo quedó impactada con lo mostrado ante ella.

“Nadie recordaba en el pueblo tamaña tormenta, ni que cien años se retrotrajeran los más viejos. Los últimos tres días, que parecían en verdad los últimos de vida de este mundo, el agua caída dejó muchas desgracias y desgraciados en toda la región. Algunos, contados con los dedos de las manos del pobre Nicolás, difunto de la señá Laura, que trajo seis de regreso de la última guerra, se alegraron dada la sequía abrasante de los últimos tiempos.

Lo furtivo de la lluvia es que nunca lo hace a gusto del que mira. Y para ello la muestra que quedó delante de sus asombrados ojos”

Una vez sincronizadas ambas figuras, la imagen había cambiado. Y lo que antes evocaba el enorme sufrimiento del altísimo representado por la propia naturaleza, ahora se había convertido en la antítesis de dicho calvario. Además en su representación más dramática y expedita: la de su Discípulo “el Iscariote””

Una horca se desdibujaba ahora al trasluz del sol aquel atardecer, y ella, descompuesta y en silencio absoluto no podía entender que los rayos de la tormenta pudieran desgajar tan preciado baluarte, y encima dejarlo con monstruosa forma.

Y recordó a Nicolás, y sus furias desmedidas cuando bebía. También recordó todas las palizas y el desinterés de los habitantes del pueblo cuando desapareció un mes de mayo…

Y ahora entendí yo sus acariciadas poses sobre la roca.

Y aquí estoy yo, escribiendo ésta crónica, imposibilitado de hacer la foto para la que me habían contratado: la que ella quería manosear una vez y ya la vejez le acudiera. Recordatorio de cuarenta y dos años del rito, que la mala vida recibida a manos de su difunto Nicolás, habían hecho de ella una ferviente adoradora de La Santa Cruz. Pero no puedo hacerla, no puedo plasmar el impactante temor que la ha asolado y dejarle ese recuerdo. Ya, sabiendo que esta es la última vez regresará a sentarse sobre su butaca preferente.

Hoy no será una vuelta a casa agradable, no sé si quizás habrá retorno. Lo que sé es que el borrico ya marchó, oliéndose la acritud y la pena del regreso… aparte del hambre.

4 comentarios:

  1. Un relato impresionante cargado de buenas Reflexione para hacernos ¿pensar? gracias Carlos Suarez

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    Respuestas
    1. Muchas gracias Isidro. Pensar y reconocer... que tapar es solo esconder.

      Gracias por tu comentario.
      Un enorme abrazo.

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  2. Hace un buen rato que estoy tratando de escribir mi comentario. Algo inspirado, como para que sea digno del relato, pero es inútil. No encuentro otra manera de decirlo... Hermoso!
    -Sergio-

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias Sergio, perdona el retraso en contestar, el trabajo, ya sabes.

      Un enorme halago es ya que pierdas un poco de tu tiempo en leerme. Siento que lo has entendido y disfrutado, gracias.

      Un enorme abrazo.

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