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domingo, 4 de octubre de 2015

El pueblo es soberano


Durante la caótica edad media, existió un poderoso señor feudal que nunca exploto a su gente y los defendía con valentía. Su feudo era el más próspero de todos.

            Sus enemigos, movidos por la envidia y las ansias de tomar sus riquezas, lo atacaban cada rato sin éxito alguno. Finalmente, decidieron unirse todos para sitiarlo y derrotarlo, pero como era un gran guerrero y estratega, volvió a salir victorioso.

            Cuando todas sus tentativas fracasaron, ellos se pusieron de acuerdo en firmar la paz y hacerle una visita de cortesía, para poder aprender de este buen soberano. Poco después, éste les organizo el paseo y los hizo entrar a su feudo, siempre escoltados por soldados bien armados; incluso el propio señor feudal tenía su armadura puesta, ya que era una locura confiar en sus belicosos vecinos.

            A su alrededor, los monarcas no vieron menesterosos, ni infantes trabajando como adultos ni nadie pasando hambre. Todas las personas, tanto hombres y mujeres, lucían bien alimentados y vestidos, sin tener ropas de nobleza; eran campesinos que disfrutaban su arduo trabajo de sol a sol.

            Al entrar a su imponente castillo, repleto en sus atalayas y murallas por guardias tan bien armados como los que los escoltaban, quedaron más impresionados por su abundante riqueza de lo que anteriormente estaban. Sin embargo, luego de pasar el pesado puente levadizo, salvo soldados con armadura o alguno que otro/a sirviente, apenas notaban lujo alguno; si es que no se consideraba lujo que el castillo seguía siendo un lugar bastante aseado para la época.

            Pasaron por el salón del trono, en donde divisaron dos asientos rústicos de comedor sobre una plataforma de piedra escalonada; sólo el estandarte de tela con el escudo de armas cosido en su centro, colgado al fondo y detrás de las sillas, permitía identificarlos como los tronos reales.

            Al sentarse en la sala de banquetes, notaron que los asientos eran cómodos pese a no tener diseños bien elaborados y la mesa de fina madera apenas delataba la riqueza de su dueño. Una señora bien conservada para su edad, una linda joven y un mozalbete les servían los exquisitos platos. Entre la señora y la joven apenas se notaba la diferencia de años, mientras el chico también tenía aspecto agradable; sólo esos detalles los delataban como la familia del noble, porque no vestían mejor que sus sirvientes.

            Al ser interrogado sobre sus sobriedad espartana pese a todo su poder, el noble les contestó.

- Mi pueblo es rico porque yo distribuyo bien las riquezas del reino y no me aprovecho de mi rango para abusar de mi poder y lograr su respeto. El respeto y la lealtad se logran en la medida que reconozcamos que fuimos puestos por Dios aquí para servir al pueblo, no servirnos de él.  Yo seguiré educando a mis hijos para que sigan mis pasos y gobiernen este feudo como yo lo he hecho hasta ahora, porque yo algún día moriré, pero el pueblo seguirá existiendo; por eso, el pueblo es soberano.


4 comentarios:

  1. Me encanta este tipo de lectura, me estoy enganchando a tus historias, gracias por compartir!!

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  2. una historia muy interesante me a gustado mucho gracias por compartir saludos cordiales

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  3. Hola Alberix,
    Siempre es un gustazo leerte, por la originalidad de tus historias como por la calidad de lo que escribes. Me gusta mucho este relato de un rey que era justo y otorgó soberanía a su pueblo.
    Un abrazo

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  4. Una historia fantástica y muy bien narrada. Qué penita que sólo sea ficción, ¿verdad? Me ha encantado, enhorabuena

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