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martes, 27 de octubre de 2015

No tientes al diablo 10.
















El jueves mi padre regresa de Madrid y le pongo al día sobre el acuerdo al que han llegado John y Ángel. Cuando le llamé por teléfono para explicarle la curiosa situación en la que me había visto, mi padre no pudo más que reír. Le expliqué que conocí a Ángel la misma noche en que llegué a Barcelona y que me encontré con John en el Burger King. Obviamente, omití que me había acostado con Ángel. A mi padre le ha hecho mucha gracia que los tres nos encontráramos en la reunión, pero eso es solo porque no ha visto la tensión que se creó en el despacho de Ángel o más tarde en el restaurante cuando nos encontramos con John.
Trato de convencerlo para que sea él personalmente quien gestione todo lo relacionado con la agencia de Ángel y Álvaro, pero mi padre no está por la labor:
     -  Meg, he intentado hacer entrar en razón al testarudo de Ángel y a ti te ha escuchado y, lo más importante, ha seguido tu consejo. Creo que deberías encargarte tú, a menos que él desee lo contrario.
     -  De acuerdo, entonces. - Le contesto segura de que Ángel querrá que sea mi padre quien continue ocupándose de sus asuntos.

Esa noche, mientras estoy con Judith acomodada en el sofá y viendo una de esas comedias románticas que tanto nos gustan, mi móvil empieza a sonar. No reconozco el número, pero aún así decido contestar.
     -  ¿Sí?
     -  ¿Por qué no quieres trabajar conmigo? - Oigo la voz de Ángel al otro lado del teléfono. - Tu padre me ha dicho que preferías que fuese él quien se encargara del asunto.
     -  Ángel, creo que...
     -  Lo sé, me estoy saltando todas tus malditas normas. - Me interrumpe furioso. - Me pediste que me comportara de manera profesional y espero que tú hagas lo mismo. Quiero que seas tú la que se encargue de los asuntos legales de la agencia. Establece un periodo de prueba y, si pasado un tiempo coherente crees que no me comporto contigo como debo, siempre puedes traspasar la gestión a cualquier otro abogado del bufete. ¿Qué me dices?
     -  Con esas condiciones, supongo que no puedo negarme. - Cedo finalmente.
     -  ¿Nos vemos mañana para comer y lo hablamos con más calma?
     -  Mañana no puedo y, además, no empiezo a trabajar oficialmente hasta el lunes.
     -  Entonces, nos vemos el sábado en el concierto. Buenas noches. - Me dice antes de colgar.
Judith, que ha pegado su oreja al teléfono para enterarse de la convesación, se echa a reír a carcajadas y yo me uno a ella.

El viernes a mediodía, Judith y yo quedamos en casa para comer con Paula y hablar de cómo vamos a quedar para el concierto de mañana. Nos bebemos entre las tres una botella y media de vino comiendo y otra de Baileys después de comer, por lo que estamos bastante achispadas siendo tan solo las cinco y media de la tarde.
Paula me estudia con la mirada del mismo modo que lo hace Ángel, aunque su mirada es dulce y no incómoda como la de su hermano.
     -  Pregunta lo que sea, pero deja de mirarme así. - La animo.
     -  ¿Te has tirado a Ángel? - Me pregunta con naturalidad, como quién pregunta si he comprado pan.
Me atraganto con el Baileys al escucharla y Judith se echa a reír a carcajadas.
     -  ¡Qué fuerte! - Exclama Paula entre risas. - Sabía que había habido algo entre vosotros y, cuando anoche se lo pregunté, me lo negó en rotundo. Me dijo que tú eras solo la abogada de su empresa y que dejara de decir estupideces. ¡No me lo puedo creer! - Ríe con más fueza. - No sé a qué estáis jugando, pero mi hermano nunca mezcla el placer con los negocios y contigo...
     -  No estamos jugando a nada. - La corto. - Nos acostamos la primera noche y ninguno de los dos sabía exactamente quién era el otro y mucho menos que tendríamos que trabajar juntos.
     -  ¡No sabes lo mejor! - Le dice Judith a Paula. - ¡Se la llevó a su casa! ¡La primera noche!
     -  ¿Qué? - Pregunta Paula sorprendida. Se vuelve hacia a mí y añade dejando de reír: - Esto es más serio de lo que pensaba, Meg. Mi hermano considera su casa como un templo, allí no entran mujeres, salvo mi madre y yo. Si te ha llevado a su casa...
     -  Si me llevó a su casa fue porque necesitábamos un poco de intimidad y el coche no era una opción aceptable. - Vuelvo a cortarla. - ¿Podemos dejar de hablar del tema? Solo fue una noche de sexo, nada más. - Les aclaro. - Y no volverá a ocurrir, ¿de acuerdo?
No sé si es por el alcohol o simplemente porque no me toman en serio, el caso es que ambas se miran divertidas y comienzan a reír de nuevo.
Estoy a punto de mandarlas a la mierda cuando mi móvil empieza a sonar y contesto sin mirar siquiera quién llama mientras ellas continúan riendo:
     -  ¿Sí?
     -  Meg, tengo una sorpresa que te va a encantar. - Me dice John. - Un amigo me ha invitado a pasar la tarde en Montmeló y nos va a dejar conducir su Ferrari en el circuito. ¿Quieres venir?
     -  ¡Sí, sí y sí! - Contesto saltando como una niña pequeña. - ¡Sí quiero!
     -  Cariño, te estoy ofreciendo pasar la tarde conmigo, no el resto de nuestras vidas. - Bromea John divirtiéndose con mi respuesta. - Ha sonado como si hubieras aceptado casarte conmigo.
     -  En este momento, me casaría contigo sin dudarlo. - Le contesto divertida, consiguiendo la atención total de Judith y Paula que me miran enarcando las cejas. Apiadándome de ellas, le digo a John: - John, estoy con Judith y Paula, ¿hay algún problema si vamos las tres?
     -  Ninguno, me encanta estar rodeado de bellezas y vosotras sois tres diosas. - Me dice John, tan halagador como siempre. - Paso a buscaron en media hora, ¿estás en casa?
     -  Así es, estamos las tres en casa. - Le contesto.
     -  Genial, en media hora os espero en la puerta del edifcio. - Me dice John antes de colgar.
Cuando les cuento a las chicas el plan de esta tarde, todas nos emocionamos. Las tres nos cambiamos de ropa, nos ponemosunos shorts tejanos y unas camisetas de tirantes con unas zapatillas deportivas. Como Paula y yo tenemos la misma talla y somos de la misma altura, le dejo la ropa necesaria para que vaya cómoda y ella se muestra encantada. A penas la conozco, pero me cae muy bien y Judith me ha dicho que es siempre así de encantadora. A penas la conozco desde hace unos días pero me inspira la misma confianza que tengo con Judith.

Media hora más tarde, las tres estamos subiendo al coche alquilado de John, un BMW X6 de color negro, con asientos tapizados en cuero de color crema. John nos saluda alegremente y me percato de cómo se miran él y Paula, entre ellos saltan chispas. Le doy un codaz a Judith para que se dé cuenta ella también y ambas nos reímos mientras John y Paula nos mira sin entender qué nos pasa.
     -  ¿Habéis estado bebiendo? - Nos pregunta John cuando nos subimos al coche y las tres empezamos a hablar y a reír como locas.
     -  Solo un poquito. - Le contesto poniendo cara de no haber roto un plato en la vida. - Y hemos dejado de beber inmediatamente después de hablar contigo por teléfono.
     -  A ver si lo entiendo, te llevo a Montmeló a conducir un Ferrari en el circuito y tú ¿estás borracha?
     -  ¡No estamos borrachas! - Protesta Paula ofendida. - Bueno, puede que un poquito. ¡Pero si estamos así es por tu culpa!
     -  ¿Por mi culpa? - Le pregunta John divertido mientras Judith y yo disfrutamos de la función. - ¿Tengo yo la culpa de que estéis "un poquito" borrachas?
     -  ¡Sí! - Le contesta Paula dignamente. - Si nos hubieras avisado con tiempo, esto no habría pasado.
     -  Tienes razón. - Le dice John sonriendo. - Y, para compensarte, quiero invitarte a cenar esta noche, ¿qué te parece?
     -  Me parece bien, pero no puedo asegurarte que, para entonces, deje de estar borracha. - Le contesta Paula divertida. - Puede que lo aparente, pero en cuanto me beba una copa volveré a estar igual.
     -  Quién avisa, no es traidor. - Sentencia John. - Me gustas, muñeca.
Paula se pone roja como un tomate mientras Judith y yo no podemos dejar de reír.
Cuando llegamos al circuito, todas ya estamos más calmadas, aunque el brillo de nuestros ojos nos delatan y John no acaba de convencerse de que habernos traído aquí en nuestro estado es una buena idea.
     -  Vosotras dos no corréis. - Les dice John a Judith y Paula. - En vuestro estado y sin estar seguro de cómo reaccionáis al volante, no pienso arriesgarme y llevarme un disgusto.
     -  ¿Por qué Meg si puede? - Le pregunta Judith enfurriñada.
     -  Porque Meg está acostumbrada a conducir extremadamente bajo los efectos del alcohol y la he visto más borracha condicir por las calles de Londres poniendo en jaque a la policía. - Les informa. - Confío plenamente en su capacidad para conducir.
     -  Pues creo que eres el único. - Susurra Judith mofándose.
     -  Te he oído. - Le advierto.
De nuevo nos echamos a reír mientras John nos mira ladeando la cabeza, lamentando habernos traído, pero también encantado de divertirse en nuestra compañía.

Ryan, el amigo de John llega a la hora indicada y, tras saludarnos y ordenarnos que nos pusiéramos un mono al más estilo Fórmula 1, nos explica cómo va el volante, las marchas y el resto de botones del Ferrari. John y yo prestamos atención mientras asentimos con la cabeza a todo lo Ryan dice, a pesar de que ambos ya sabemos todo lo que nos está diciendo.
John es el primero en conducir el Ferrari y lo hace bajo nuestra atenta mirada. Desde los controles monitorizdos, Ryan y yo vemos todas sus vueltas y comentamos los pequeños errores de conducción que comete y que le hacen perder estabilidad y, en consecuencia, le hacen frenar e ir más lento. Ryan se muestra encantado con poder hablar de alguien sobre la carrera de John, ya que Judith y Paula se han puesto a hablar de hombres y sexo y han decidido desentenderse de la carrera.
Cuando llega mi turno, me subo al coche y me concentro en la carretera, dejando atrás cualquier otro pensamiento que no había dejado de acompañarme desde que llegué. Conducir siempre me ha transmitido libertad, incluso lo utilizo como terapia para relajarme. Pero desde que llegué no he conducido y lo estaba echando mucho de menos.
No sé cuánto rato me he pasado conduciendo el Ferrari cuando aparco frente a John y Ryan. Ambos sonríen y alaban mi manera de conducir mientras Judith y Paula están pálidas de la impresión. Ellas no están acostumbradas a que la gente conduzca así y se han preocupado más de lo que han disfrutado.

3 comentarios:

  1. precioso capitulo lleno de sentimiento maravilloso unos personajes que les pasa de todo gracias Rakel

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  2. ¡Ay,me ha encantado Rakel...!!! Me comen las ansias por el siguiente capítulo ¡Buenisimo relato amiga ..!!! ¡Gracias por compartir..!!! ¡Besitos linduraaaa...!!!

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  3. Muchas gracias a vosotros! Un abrazo enorme! ;-)

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