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viernes, 23 de octubre de 2015

EL BAILE DE LOS LOCOS

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-¿Qué pasó mi amor, porque nos detenemos?- preguntó Renata.
-No lo sé, el motor dejó de funcionar de repente.- respondió Luis sumamente contrariado mientras se apartaba de la ruta y se detenía en la banquina.
-¡La puta madre!- Gritó mientras golpeaba el volante.
-Y encima de noche. Voy a llamar al Seguro para pedir un remolque.- continuó diciendo.
Ella lo miraba sin decir palabra.
-¡NO HAY SEÑAL, CARAJO , NO LO PUEDO CREER!- vociferó.
-Fijate si tenés señal vos.-
Presta, la joven sacó el celular de la cartera y...se encogió de hombros hacia él en señal inequívoca.
Desesperado el muchacho  comenzó a maldecir a los cuatro vientos.
Renata intentó calmarlo.
-Estamos en medio del parque Pereyra Iraola, de noche, solos, a merced de cualquiera, sin celular y sin un puto auto que pase por aquí. Y si pasa no se detendrá ni de casualidad. – dijo él.
-Mi amor, ¿podés calmarte un minuto?- dijo ella tomándole las manos. 
-Bien, pensemos…tenemos que conseguir ayuda.-
-Ya sé, recuerdo que había un antiguo palacete por aquí, solo tenemos que encontrarlo pues alguien debe vivir allí.- dijo eufórica.
-¡Sí, tenés razón, ahora que lo decís lo recordé y creo saber dónde está! - respondió entusiasmado.
Fue entonces que se bajaron del auto, lo cerraron y se internaron en el campo, a paso lento y alumbrando el  camino con la luz de los celulares.
El silencio comenzó a inquietarlos, la soledad y la negrura encendían en ellos las más escalofriantes fantasías. Y el sonido constante de ramas quebrándose los hacía saltar a cada momento.
De pronto divisaron una mortecina luz saliendo por una ventana.
-Allí está.- dijeron al unísono y felices redoblaron el paso.
Ya en la entrada al palacete subieron las escaleras con ligereza y se detuvieron frente a las monumentales puertas.
Aguardaron unos minutos.
Del lugar solo salían sombras y silencios.
-No hay nadie.- dijo Renata.
-No sabemos, toquemos a la puerta.- dijo el muchacho.
Fue ella la que manipuló el llamador.
Pero no tuvieron respuesta.
Volvió a llamar y unos segundos después, escucharon pasos.
-Ahí viene alguien.- dijo ella susurrando. El la miró.
Se abrió pesadamente y una anciana con un farol en la mano izquierda les dijo:
-¡Buenas noches, llegan a tiempo. Adelante por favor!-
Los jóvenes se miraron incrédulos más aceptaron la invitación.
-Buenas noches señora, nosotros…- dijo ella antes de ser interrumpida.
-Si ya sé querida, no te preocupes. ¡Vengan, entren! -
Lo hicieron. A sus espaldas, lo que parecía un colosal portón se cerró con un furioso estrépito.
-Mi nombre es Ana. Síganme que la mayoría de los invitados ya está aquí. – dijo la anciana con voz ronca.
Los jóvenes se miraron y la siguieron entre risas cómplices.
Los pasillos lúgubres que atravesaron los inquietó un poco; algún velón y un par de antorchas encendidas era toda la iluminación.
Pero al llegar al Salón y ver lo que estaba sucediendo allí, los jóvenes quisieron correr pues jamás habían visto semejante espectáculo.
-No niños, no teman, solo es el baile de los locos.- dijo la extraña Ana mientras cuatro sirvientes, a juzgar por sus ropas, los rodearon impidiéndoles el paso.
Parecía un aquelarre: alrededor de treinta personas danzaban sin música con pasos lentos algunos, frenéticos otros, grotescos todos,  alrededor de un caballo muerto y aún sangrando.
Estaban ataviados con excéntricas ropas; antiguas y harapos, había hombres vestidos con ropa de mujer y mujeres vestidas con ropas de hombre, también gente desnuda o disfrazada de payaso, arlequín, de época, médicos, zombies, vampiros. Todo en medio de una bruma violácea y humos pesados y con un gran ausente, la conciencia.  
Aterrorizados y asqueados por la visión, intentaron escapar de las garras de aquellos sirvientes pero entre gritos y forcejeos sintieron un pinchazo.
Se despertaron desnudos, maniatados y sentados encima del hediondo equino. Sus cabezas no dejaban de  vueltas y vueltas y más vueltas hasta que en un determinado momento las carcajadas, los llantos, los gritos histéricos comenzaron a alejarse mientras los locos seguían bailando, ahora con la música de Emerson Lake and Palmer…


-¿Encontraron alguna identificación en el auto?-
-Nada Comisario.-
-¿Quién lo halló sumergido en el estanque?-
-Los cuidadores del parque, Señor.-
-Tráiganlos.- ordenó.
Mientras aguardaba,  dos jóvenes desnudos aparecieron de la nada y se pararon frente al Comisario. 
-¿Y ustedes, quienes son?- preguntó el policía.
-Mi nombre es Ren…ata.- dijo riendo.
-El mío es Luis o...no sé.- dijo llorando.
-U…U…us…ted quiere sab…er de quien es el au…to, es nu...estro suuu señoría.- dijo ella lanzando una carcajada.
El comisario la miró y algo confundido procedió a llamar por Handy a sus colaboradores.
Mientras lo hacía, una dama muy elegante y de una altura inusual acudía a su encuentro.
 -Buen día, soy la doctora Ana Aguilar Rosas y vengo a decirle que estas dos personas son pacientes del  Instituto de Salud Mental.- .
-Era evidente Doctora. Soy el Comisario Alvarez.
Permítame preguntarle qué hace usted aquí y si sabe algo de ese auto que está en el fondo del estanque.-   
 -Soy la Jefa de Médicos de la Institución y puedo decirle que ese vehículo apareció allí de la noche a la mañana  y nadie de aquí ha visto o escuchado algo. He averiguado cómo se imaginará.-  respondió.
-Muy bien, muchas gracias Doctora. Le dejo mi tarjeta por si se entera de algo.- le dijo.
-Así será señor, buenos días.- Respondió ella con una rústica y forzada  sonrisa.
 Entró a la casona y una vez que se cerró la puerta, la dama comenzó  a gritar colérica y ofuscada. Su voz era por demás gruesa.
-Ya, encierren a estos dos idiotas, hoy se quedan sin baile.-
-De acuerdo Pedro, perdón… A…na, Ana.- dijo el más joven  sonriendo.
Los sirvientes los llevaron a empellones hasta el calabozo.
La pareja se quedó quieta en un rincón de la celda.
Una vez solos, ella preguntó:
 -¿Escuchaste Luis, porque le dijo Pedro?-
El muchacho se encogió de hombros y fijó la vista en una rata que caminaba por los barrotes.
Ella se levantó y caminó hasta el otro extremo de la pequeña prisión donde un bulto por demás extraño le llamó la atención.
Retiró las bolsas de arpillera que lo tapaban y se encontró con una calavera que tenía un camafeo rodeando su cuello.
Lo tomó y lo abrió.
Halló una foto colores sepia de una bella mujer con una inscripción: “Te amo Ana Aguilar Rosas, Pedro.”
¿Entonces?...
La risa enajenada sonó terrorífica en la soledad de aquellos calabozos subterráneos.

                                                        F      I       N 
     

6 comentarios:

  1. Una entrada muy emotiva llena de sentimientos, hoy en día estamos un poco locos ,soñamos despiertos por cambiar el mundo, gracias por compartir ,Ricardo Mazzccone

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  2. EX-TRA-OR-DI-NA-RIO relato Mi Richard moviendo las emociones como sólo tus letras saben hacer ¡Todo un gusto recibirte y mayor aún compartirte...!!! ¡Besitos...por miles..!!!

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  3. Muchas gracias María, siempre es un placer para mi recibir tanta calidez de tu parte.
    Un beso.

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  4. It is definitely a journey into that which is not quite real. Thank you for sharing it, Ricardo.

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  5. Thank you very much for reading and your kind comments, good afternoon Paula.

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