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domingo, 27 de septiembre de 2015

Porque chocan a veces las copas

"¿POR QUÉ SE CHOCAN LAS COPAS?"




A veces las musas se encarnan en un lector sagaz y, en esa forma, te regalan una nueva entrada. En mi penúltimo post te hablaba del origen legendario de la palabra brindis. Dicen que los mercenarios alemanes que participaron en el saqueo de Roma de 1527 saludaron a su emperador, Carlos V, con un grito de victoria:  Ich bring dir's! "¡Yo te la ofrezco!" Y de ahí, bring dir's, o sea, "brindis".

Pues bien, en los comentarios a ese artículo mío, Rodrigo Cruz, desde México, me advertía de una laguna documental: "Ahora sería bueno conocer por qué se chocan las copas"... "Pues tiene toda la razón", pensé. ¡Ves para qué sirven los comentarios en un blog! No hay que restar importancia a esas opiniones de quien te obsequia con su atención. Para el autor, los comentarios son como el hilo de Ariadna: sirven para no perderse en el laberinto de la Red. Así que, Rodrigo, esta entrada de hoy va por ti.

Mira, las copas se chocan por la misma razón por la que nos saludamos con un apretón de manos o los militares se las llevan a la visera o a la ceja: porque no hay ser humano que se fíe de otro de buenas a primeras.

Cuando los antiguos guerreros se daban las manos, era eso, literalmente, lo que hacían: ofrecerse una muestra de confianza, intercambiar algo que los podía matar. Entregaban sus diestras como si fueran rehenes; si tengo tu mano derecha, tu mano hábil, aferrada, tú no puedes aferrar tu espada. En consecuencia, dándose las manos, salvaban sus vidas al conjurar el peligro de una agresión. Quizá por eso, los zurdos tenían mala fama: porque su mano buena, la de matar en aquellos tiempos crudos, era la otra. No darle hoy la mano a otra persona tiene ecos primitivos y terribles; más allá de una descortesía, en ese desprecio hay una amenaza primitiva: "¡Voy a por ti!".

Con el saludo militar pasa más de lo mismo. Los antiguos caballeros medievales se calaban yelmos con celada -la visera abatible- para no recibir heridas en la cara. Aún así, había desgracias y nadie se libraba de ellas: Enrique II, un rey francés, murió en una justa en 1559 al clavársele en el ojo una astilla de la lanza rota de su enemigo. El soberano estaba celebrando, a lo bestia (como puedes ver), la boda de su hija Isabel con Felipe II.

Cuando aquellos caballeros levantaban la celada, mostraban que no estaban listos para combatir; si no era un gesto de paz, al menos lo era de tregua. Al dejar al descubierto sus rostros, reconocían y eran reconocidos. Quizá de aquello, de saber quién era el otro, dependía el no combatir inútilmente o el no herir o matar a un aliado. Era un gesto informativo, o sea, un gesto para eliminar incertidumbre y poder confiar, o no, en las circunstancias.

Quizá sigas sin entender qué tiene que ver un inocente ¡chin-chín! con todo esto. Podrías pensar que es como darse la mano: la tienes ocupada con la copa y no puedes empuñar una espada. Como también dicen que hay que mirarse a los ojos al brindar, por ahí podrías adivinar las intenciones de tu antagonista... Pues no, es bastante más sutil. Hay quien hace retroceder la costumbre de golpear una copa con otra a los tiempos renacentistas, época dorada de los venenos.

Si aceptamos que las copas de los taimados nobles italianos del Renacimiento solían ser de metales preciosos, concluiremos que se podían entrechocar con cierta fuerza. De ahí que salpicaran líquido fuera de ellas, directamente al vaso del otro comensal. Al compartir el contenido de sus recipientes, ambos tenían la confianza de que no iban a ser envenenados. Aprovecho para contarte que algunos de los patricios de aquellas belicosas repúblicas italianas tomaban lo que se conocía como triaca. Te hablo de una especie de homeopatía: ingerían a diario pequeñas dosis de veneno como si fueran un antídoto, administradas, claro está, por sus médicos; así habituaban su cuerpo a la ponzoña de sus enemigos. Y a las suyas propias, por lo que brindar con ellos no era garantía de nada.

Y hasta aquí llego, Rodrigo. Espero haber resuelto tus dudas y agradezco de nuevo tu comentario. Si quieres un café -sin veneno, eso sí-, te invito a tomarlo en mi blog personal: http://vientodemisvelas.blogspot.com.es/. Y a los demás también, claro. ¡Chin, chín!

12 comentarios:

  1. Anonadada me has dejado. Lo de estrecharse las manos, curioso; lo de tocarse la visera con aire marcial, interesante; lo de chocar la copa para salpicar la del vecino me parece el colmo de la sutileza como bien dices. Realmente instructiva esta entrada.
    Un abrazo.

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  2. Thank you for the fascinating bits of information from the Renaissance, Jose Juan. I knew that the right-handed handshake was from antiquity, but I had no idea of its later use and interpretation.

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    1. Thank you, Paula! It's like a legend, but mostly true, indeed.

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    2. Thank you, Paula! It's like a legend, but mostly true, indeed.

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  3. Nunca hubiera imaginado que fuera por la confianza de no caer envenenados, de todas formas hoy nadie envenena con un brindis, gracias a dios! y se hace por oferecer buenos deseos a aquellos con los que se brinda. Chin Chin amigo José Juan y feliz eclipse de Luna!

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    1. ¡Chin, chin!, Juan Carlos. Gracias por tu comentario.

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    2. ¡Chin, chin!, Juan Carlos. Gracias por tu comentario.

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  4. Fascinada estoy mi José Juan como siempre disfrutando y aprendiendo de tu inigualable pluma ¡Brindemos pues con toda confianza ..!! ;) ... Un orgullo recibirte y mayor aún compartirte,besitos....Infinitos.!!!

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  5. Una gran entrada fascinante gracias por compartir saludos cordiales me a gustado gracias

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    1. Gracias a este espacio de Blogger House. Y a ti por tu comentario. Un saludo.

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