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sábado, 12 de septiembre de 2015

El paladar no sabe de patrias


EL PALADAR NO SABE DE PATRIAS





Me da que vamos, en general, tan escarmentados que a los únicos que les importa si Cataluña SÍ o si Cataluña NO es a políticos, periodistas y fabricantes de cava. Por lo demás, siento al paisanaje muy templado con el tema, quizá porque ya hemos visto caer muchas caretas. El cava viene muy a cuento en unas entradas más bien gastronómicas como son las mías, y en esta de hoy por lo que el espumoso tiene de bandera nacionalista, y más si lo trasiegas a porrón en medio de una calçotada mitinera.

No se queda atrás el pa amb tomaca, más catalán que la barretina. Ese pan de trigo, ese aceite de oliva, esa sal, ¡qué trío tan mediterráneo!... Y ese tomate, ¿qué sería el pa amb tomaca sin el tomate? Pues, hasta el siglo XVI, nada, porque durante milenios no hubo en Cataluña cosa que se le pareciera: lo trajeron los galeones de Indias de los campos de cultivo aztecas. Ni lo hubo en Cataluña ni en Andalucía, polos de la misma pila -ácida más que alcalina- española. Por eso el gazpacho tampoco puede ser izado como bandera. La sal, el pan y el aceite del mar grecorromano fundidos con el tomate mesoamericano lo hermanan con el pa amb tomaca secesionista. Pero -¡ay!- la sopa fría andaluza es aún menos españolaza, pues lleva pimiento, otro descubrimiento del Descubrimiento de América. Y, a mayores, pepino, la cucurbitácea que, como el pueblo calé, vino de la India, pero traída por los árabes y no en carromatos zíngaros.

Y tú no te rías, mesetario, porque el primer garbanzo de un cocido madrileño no lo recibió San Isidro de las manos angelicales de Gabriel, el mensajero divino. Lo trajeron los púnicos de Aníbal, por eso los romanos lo despreciaban, como ya te conté en una entrada anterior sobre Cicerón. ¿Qué dices de la patriótica tortilla de patatas? Pues mira, por listo, acabas de pringar al gallego aquel del fondo, orgulloso de ese tubérculo que debería figurar en el escudo de su tierra en vez de las cruces por las siete provincias del antiguo Reino de Galicia. Al fin y al cabo, as pataquiñas han librado a más gente del hambre que todos los gobiernos que hayan sufrido. Resulta que el primero que vio una patata no fue un paisano de Carballo, sino Francisco Pizarro en el Perú. Y, claro, ya lo he comentado, pero insisto: los pimientos no son de Padrón, sino de la Ribera Maya, uno de los primeros sitios donde se cultivaron los ajís picantes.

También tengo para los manchegos, muy ufanos con su pisto, con su tomate, su pimiento y su berenjena, tan mora como judía. Y el extremeño aquel que disimula al fondo que deje de mirar al techo: ¡qué ricas esas cerezas del Jerte!, ¿eh? Tatatatataranietas de las que trajo de Asia Menor Lúculo, el sibarita general romano, acompañadas de lo que llamaron manzanas pérsicas, los suaves melocotones que tan bien se dan en la huerta murciana...

En fin, lo voy a dejar aquí porque los blogs son para hacer amigos y yo hoy no llevo buen camino. Lo que si te diré es que si me vas a venir enarbolando la comida como bandera nacionalista, mejor le quitas el mástil, no sea que se me atragante.

¡Uf!, voy a relajarme con un café en mi blog personal:

6 comentarios:

  1. Como dijera mi Isidro...Es un escrito ENCANTADOR... :) Con ése estilo tan tuyo,tan delicioso como mi Capuchino de vainilla :))) ¡Eres grande mi José,besitos,muchitos..!!!

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    1. Muchas gracias, María. Hablar de comida lo hace más fácil...

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  2. precioso encantador relato gracias por compartir saludos cordiales gracias

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  3. José Juan, leyendo tu post me he preguntado: ¿que comeríamos en la península (de la nacionalidad que se quiera) si no hubiéramos sido mil veces invadidos?. Siempre he desconfiado de los pueblos que están sin romanizar, judaizar e islamizar.
    Un beso.

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    1. Lo que nos habríamos perdido, Rosa. No quiero ni pensarlo. ¡Gracias por tu comentario!

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