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martes, 29 de septiembre de 2015

Cállame con un beso 31.
















MIGUEL.

Después de llamar a Silvia y que Marisa me dijera que no estaba en la villa, a pesar de que sabía de sobra que estaría allí, le dejé un mensaje esperando que entendiera mis disculpas. Tras darme una ducha y bajar a la cocina, me encuentro allí a mi padre y a Alejandro.
     -  Buenos días. - Les saludo.
Alejandro se vuelve hacia a mí y, con gesto inescrutable, me dice:
     -  Buenos días, Miguel.

Me siento con ellos a la mesa y desayunamos en silencio. Pocos minutos después, Lety y Daniel entran en la cocina y se unen a nosotros. Pero el silencio continua reinando en la cocina hasta que Alejandro me dice:

     -  Miguel, ¿podemos hablar en privado?
Asiento con la cabeza y ambos salimos de la cocina para dirigirnos al despacho y poder hablar con mayor intimidad. Una vez tomamos asiento, Alejandro empieza a hablar con voz calmada, aunque puedo ver la preocupación en su rostro:
     -  No sé qué está pasando, pero es obvio que algo ha pasado entre tú y mi hija y que ninguno de los dos está bien. Tu padre me ha contado que tú no estás pasando por un buen momento desde que regresaste y ayer me llamó Lorenzo porque algo le pasó a Silvia y...
     -  ¿Qué le ha pasado? - Le interrumpo preocupado.
     -  No lo sé, Miguel. Lorenzo solo me ha dicho que necesita descansar y que me llamará para darme los resultados de los análisis de sangre. - Me dice. - Tanto Lorenzo como yo hemos intentado hablar con ella y saber qué le pasa, pero ella insiste en que la dejemos sola y se niega a hablar del tema, aunque es evidente que ese tema está relacionado contigo. No he venido a pedirte explicaciones, siempre he respetado la vida privada de Silvia y pienso seguir haciéndolo, pero sí quiero pedirte que hagas lo que tengas que hacer para arreglar lo que sea que esté pasando. - Justo en ese momento, el teléfono de Alejandro empieza a sonar y contesta la llamada: - Lorenzo, ¿cómo está Silvia? - Tras una larga pausa, le pregunta: - ¿Estás seguro de que es una buena idea? - Otra pausa más corta. - Ahora mismo está frente a mí, estoy en Ciudad del Cielo, en casa de Fernando. - Una pausa más larga y, finalmente se despide: - Gracias Lorenzo, estaremos allí en unas cuatro o cinco horas. - Se vuelve hacia a mí y me informa: - Era Lorenzo, el médico ha dicho que Silvia está bien pero que necesita estar unos días en reposo porque tiene un poco de anemia. Quiere que ambos vayamos a Isla del Sol y que arregles lo que tengas que arreglar con Silvia.
     -  Es imposible, Silvia ha bloqueado todos los accesos a la isla y, puede que a ti te deje entrar, pero creo que como me vea a mí intentará matarme.
     -  Lorenzo tiene a mi hija bajo arresto domiciliario y la ha amenazado con esposarla a la cama si no permanece en absoluto reposo. - Me explica sonriendo aliviado. - Lorenzo tiene el control de la villa en este momento, nos dará permiso para aterrizar y Silvia no lo podrá impedir, ni siquiera se enterará.
     -  No estoy seguro de que sea una buena idea, Alejandro. - Confieso. - Me he portado como un verdadero idiota con ella, le he dejado un mensaje a Marisa para Silvia pidiéndole disculpas y, cuando he vuelto a llamar, Marisa me ha dicho que Silvia no quería saber nada más de mí.
     -  Dudo que Marisa haya dicho eso.
     -  Hemos utilizado al señor y a la señora Holffman para tratar el asunto con discreción, Marisa no sabía ni de lo que hablábamos. - Le contesto abatido.
     -  Entonces, ¿significa eso que vas a venir conmigo a Isla del Sol?
     -  No tengo nada qué perder, ya lo he perdido todo.
     -  Miguel, es la primera vez que veo a mi hija así por un hombre, eso significa que le importas. - Me dice con una tierna sonrisa. - He visto cómo os miráis, cómo os entendéis y cómo os sonreís. No sé qué os habrá pasado en Moscú, pero espero que lo podáis solucionar.
     -  Yo también lo espero, Alejandro. - Le respondo con una esperanzada sonrisa.

Tras contarle nuestros planes a mi padre, él lo acepta pero advirtiéndome con la mirada que me las va a hacer pagar como haya metido la pata y lo que no sabe es que la he metido hasta el fondo.
     -  No le mires así, mi hija se ha enterado que estaba aquí y ha insistido en que Miguel fuera conmigo a verla. - Miente Alejandro salvándome el trasero. - Espero que no te importe que te lo robemos unos días, ¿verdad, Fernando?
     -  Está claro que todos sabéis algo que no me queréis contar y, pensándolo mejor, prefiero no saberlo y seguir viviendo feliz. - Dice mi padre. - No quiero tener nada que ver cuando Silvia se entere de lo que estáis haciendo, porque estoy seguro de que ella no sabe nada. La conozco desde que nació y cuando se fue de aquí no tenía cara de querer volver a ver a Miguel.
     -  Fernando, así no ayudas. - Le reprende Lety.

Mi padre le dedica una sonrisa a Lety y dice en voz alta sonriendo:
     -  Como mis nietos saquen el carácter de éstos cuatro, no sé qué será de mí.
Una hora más tarde, estoy con Alejandro en su jet volando hacia a Isla del Sol. Tal y cómo Lorenzo había prometido, se encarga de que nos den permiso para aterrizar y llegamos a la villa a las cuatro y media de la tarde. Lorenzo nos recibe nada más bajarnos del jet y nos lleva en su camioneta hasta la casa.

Nada más entrar en la casa, busco a Silvia por todas partes y, cuando no la encuentro, le pregunto a Lorenzo con impaciencia:
     -  ¿Dónde está Silvia?
     -  Está descansando, pero no creo que tarde mucho en despertarse. - Me responde Lorenzo. Me mira con dureza y añade: - Debido a su estado, el médico ha creído conveniente que guarde reposo absoluto durante al menos una semana. Está débil y no le conviene alterarse así que más te vale no cabrearla más de la cuenta, sobretodo teniendo en cuenta que se pondrá furiosa en cuanto te vea y yo no te voy a poder ayudar porque seré su blanco por la traición que acabo de cometer.
     -  Haré lo que pueda. - Le respondo preocupado.

Su estado. ¿Sabía Lorenzo que estaba embarazada? Quizás se lo había dicho el médico y por eso Lorenzo ha organizado todo esto para que yo viniera y pudiera hablar con Silvia.
La puerta del salón se abre y aparece Silvia, que se queda paralizada en cuanto nos ve sentados en el sofá. Está pálida y tiene las ojeras marcadas. Lo está pasando mal, puede que las náuseas y los mareos del embarazo sumado a todo lo que yo le he dicho...

     -  Lorenzo, ¿qué has hecho? - Le pregunta Silvia con un hilo de voz. No está furiosa, parece decepcionada y muy triste.
     -  Princesa, tienes visita. - Le dice Lorenzo. - Tu padre y yo tenemos que hablar de un par de asuntos, pero Miguel te hará compañía mientras tanto.
Alejandro le da un beso en la mejilla a Silvia y le dice algo al oído para después salir con Lorenzo del salón para dejarnos a solas.
     -  ¿Qué haces aquí, Miguel? - Me pregunta agotada dejándose caer en el sofá con desgana.
     -  Te echo de menos, gatita. - Le confieso.
     -  Miguel, no tengo ganas de discutir ni de jugar a tus jueguecitos. ¿Qué quieres? ¿Ha pasado algo?
     -  Dímelo tú.
     -  ¿Que te diga qué? - Me espeta furiosa.
     -  Que lo sé todo, ¿cuándo pensabas decírmelo?
     -  ¿Puedes hablar claro? ¿Qué sabes? ¿Qué se supone que tenía que decirte?
     -  ¡Que estás embarazada, joder! - Grito enfurecido.
     -  ¿Qué? - Me pregunta confusa. - Miguel yo...
     -  Joder Silvia, ¿por qué no me lo has dicho?
     -  ¿Por qué se supone que debería decirte que estoy embarazada, Miguel?
     -  No sé, ¿quizás porque soy el padre de ese hijo? - Le contesto con sarcasmo.
     -  Miguel, dime que todo lo que ha pesado no ha tenido nada que ver con que creyeras que estaba embarazada.
     -  Encontré los test de embarazo positivos, los dos. - Le confieso. - Esperé a que me lo dijeras pero no me pude controlar y estallé.
     -  Miguel, no estoy embarazada, tomo la píldora. - Me contesta sonriendo. - Los test de embarazo no eran míos, eran de Natasha. Salí con ella de compras para poder hacerse la prueba.
     -  Soy imbécil. - Reconozco.
     -  No te voy a quitar la razón. - Me contesta. - Miguel, vete a casa.
     -  Gatita, te echo de menos.
     -  No hagas esto, Miguel. - Me suplica. - No lo compliques más.
     -  Te quiero, Silvia. Estos cuatro días sin ti han sido los peores de mi vida. - Le confieso acercándome a ella lentamente. - ¿Tú no me has echado de menos?

No le doy tiempo a contestar, poso mis labios sobre los de ella y la beso con suavidad, con ternura y con mucho amor. Es un beso de paz, un beso de amor. Un beso que nunca antes había sentido como lo siento con Silvia.


2 comentarios:

  1. Precioso relato me a encantado una maravilla gracias por compartir saludos cordiales

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    Respuestas
    1. Mil gracias a ti, Isidro! Es un placer para mí poder compartir mis relatos con todos vosotros. Un abrazo enorme!

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