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jueves, 17 de septiembre de 2015

Cállame con un beso 25.
















MIGUEL.

En cuanto me aseguro que el Káiser y su mujer están instalándose en su habitación, me dirijo hacia a mi habitación en busca de Silvia. Aún no me puedo creer lo que ha hecho, me han entrado ganas de matarla cuando la he visto subida a Rayo y galopando como una flecha. ¿Es que se había vuelto loca?
Pero la admiraba. Es increíble que en tan solo dos semanas haya podido ganarse la confianza de Rayo, que parecía haberse convertido en un caballo salvaje y malhumorado. Yo mismo había querido montarlo y desistí cuando me cansé de que me mordiera y me lanzara por los aires. Dave, el Káiser y algunos de mis hombres también quisieron probar, pero ninguno tuvo mejor suerte que yo.
Entro en la habitación en el preciso momento que Silvia sale del baño envuelta en una toalla diminuta que a penas le tapa los pechos y la parte superior de sus muslos. Trato de mirarla a los ojos para centrarme en lo que le quiero decir:

     -  ¿Quieres matarme de un infarto? ¿O pretendes que mate a mi mujer delante de los invitados?
     -  Empiezas a parecerte a mi padre, señor Holffman. - Me dice divertida. - Relájate un poco, me gustabas más en nuestra luna de miel.


     -  Estoy hablando en serio, joder.
     -  ¡Y yo también! - Me espeta. - Me aburro aquí metida día y noche. Tú te vas todas las mañanas a ocuparte de tus negocios pero yo me quedo sola y aburrida. Si no llega a ser por Dave y Rayo probablemente a estas alturas ya me habría vuelto loca y tendría cincuenta amigos imaginarios.
     -  ¿Tanto has disfrutado de la compañía de Dave? - Le pregunto molesto.
     -  No me lo puedo creer, ¿estás celoso, cielo? - Me pregunta divertida.
     -  ¿Tengo motivos para estarlo?
     -  En absoluto, cielo. - Me contesta acercándose a mí peligrosamente y, antes de besarme apasionadamente, me susurra: - La señora Holffman solo tiene ojos para ti.

Así no hay quién se controle, joder. Si ya es bastante difícil de por sí, si me besa estando vestida tan solo con una diminuta toalla ya no hay nada que hacer. Me dejo llevar por ese beso y, una hora después, ambos estamos desnudos y agotados el la cama.
     -  Será mejor que salgamos de aquí si no queremos que nuestros invitados piensen que somos unos mal educados. - Le digo besándole en la frente. - Venga gatita, ya dormirás luego.
Cuando bajamos al salón, el Káiser y Eva nos sonríen, ambos intuyen lo que hemos estado haciendo todo este tiempo en nuestra habitación. Silvia se ruboriza ligeramente y ese rubor la hace parecer inocente y entrañable y, lo que es peor, me excita demasiado.
     -  Erik me ha dicho que quieres pasar una temporada en Moscú, ¿echas de menos tu país? - Le pregunta el Káiser a Silvia.
     -  Sí que lo echo un poco de menos, pero no quiero regresar por eso. - Le contesta ella. - Quiero enseñarle a mi marido mis propiedades y mis negocios, quiero que conozca a mis amigos y aprovechar para ver cómo van mis asuntos por allí, no me gusta tenerlos tan descuidados.
     -  He oído hablar mucho y muy bien de ti, Irina. Cuando Erik me dijo que se había casado contigo no me lo podía creer. - Dice el Káiser. - En Rusia eres toda una leyenda y, ahora que te conozco en persona, tengo que decir que no solo eres una mujer preciosa y sencilla, sino que también eres humilde, fogosa a juzgar por la cara de idiota que pone Erik cada vez que te mira y muy valiente. La única capaz de dominar la voluntad de Rayo desde que su cuidador falleció.
     -  Káiser, te recuerdo que es mi mujer y que la tuya está sentado a tu lado. - Bromeo.
     -  Estoy felizmente casado, amigo. - Me responde el Káiser sonriendo. - Pero eso no quita que admire la belleza, la inteligencia y la valentía de tu mujer.

Durante todo el fin de semana, el Káiser y Eva nos acompañan y salimos a cenar y a tomar unas copas con ellos. Silvia se muestra encantada de poder salir de la finca y anoto mentalmente que tengo que sacarla por ahí más a menudo si no quiero que se busque otra distracción descabellada como la de montar a Rayo.
Cuando el Káiser y su esposa regresan a Berlín, decido llevar a Silvia a cenar a la ciudad. Jeffrey nos lleva hasta el centro y entramos en un restaurante cuya especialidad es la carne asada. Silvia me sonríe con dulzura y yo me derrito. Como diría el Káiser, ahora mismo tengo que tener cara de idiota.
Nos sentamos en una de las mesas más apartadas del local y, en vez de sentarme frente a ella, me siento a su lado para poder besarla, abrazarla y tocarla cada vez que quiera sin que la mesa me moleste.

     -  ¿Qué te pasa? Estás muy... - Me dice sin acabar la frase.
     -  Estoy muy... ¿qué? - La animo a que continúe.
     -  No sé, estás cariñoso, sonriente y pegado a mí como un pulpo. - Me contesta divertida. - Creo que me estás malacostumbrando tratándome así.
     -  ¿No te gusta?
     -  Yo no he dicho eso, pero me sorprende. - Me confiesa. - Si el primer día que te conocí me hubieran dicho que acabaríamos así, no me lo hubiera creído.
     -  Y ahora, ¿qué piensas?
     -  Ahora intento no pensar en lo que estamos haciendo. - Me dice con tristeza. - Soy consciente de que no es buena idea llevar esto como lo estamos llevando, pero lo cierto es que así me resulta más cómodo sobrellevar todo esto.
     -  ¿Más cómodo? ¿Te acuestas conmigo porque te resulta más cómodo? - Le pregunto molesto.
     -  No he querido decir eso, al menos no del modo que tú lo has interpretado. - Me dice sonriendo con ternura y, después de besarme, me aclara: - Me siento a gusto y cómoda contigo. Me gusta no tener que contener mi apetito sexual cada vez que te veo, de lo contrario, nos volveríamos locos. ¿Podrias vivir conmigo en la misma casa y dormir en mi misma cama conteniendo tus ganas de besarme, acariciarme, tocarme y follarme?
     -  No, no podría. - Le confieso excitado. - Creo que me volvería loco.
     -  Pues a eso me refería.
     -  Y, ¿cuando todo esto acabe? - Le pregunto.
     -  No lo sé, Miguel. - Me responde. - Ni siquiera quiero pensar en ello ahora. Ya veremos lo que ocurre de aquí a allí.

Sé muy bien lo que va a ocurrir porque ya está ocurriendo. Por primera vez en mi vida me he enamorado y ella ni siquiera quiere pensar en un futuro. Soy su aventura en esta misión, la clave para satisfacer su necesidad sexual sin levantar sospechas.
Después de cenar, Silvia quiere ir a tomar una copa y a bailar y, como no podía ser de otra manera, me convence de inmediato. La llevo a un pub tranquilo que hay a dos calles y nos sentamos junto a la barra mientras nos sirven las copas.
     -  Te has quedado muy callado, ¿te pasa algo? - Me pregunta preocupada.
     -  Solo estaba distraído. - Le contesto forzando una sonrisa. Como ella no deja de escudriñarme con la mirada, la beso en los labios y añado: - ¿Quieres bailar?
Silvia acepta encantada y bailamos hasta bien entrada la noche. Entre las copas de la cena y las de después, ambos estamos bastante achispados y nos dejamos llevar por la necesidad y el deseo, cayendo de nuevo en la tentación. Cuando llegamos a casa, ardiendo en deseos, la cojo en brazos y la llevo hasta a la habitación donde, tras colocarla sobre la cama, hacemos el amor hasta caer dormidos por el agotamiento.




4 comentarios:

  1. PRE-CIO-SO Mi Rakel,una delicia leerte...¡Besitos linduraaaaa.....!!

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  2. Confesiones íntimas que dan derecho a todo, se calienta el ambiente!! Gracias por compartir Rakel!!

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