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martes, 15 de septiembre de 2015

Cállame con un beso 24.
















SILVIA.

Cuando me despierto, estoy tumbada sobre Miguel mientras él me sonríe con dulzura.
     -  Buenos días, gatita. - Me saluda con un beso en la frente.
Le devuelvo la sonrisa y ruedo hacia un lado para tumbarme sobre la cama y dejar a Miguel libre de mi peso. Miguel se vuelve hacia a mí y vuelve a colocarme sobre él al mismo tiempo que me dice:
     -  Señora Holffman, ¿no está a gusto con su esposo?
     -  En absoluto, simplemente pensaba que quizás le apeteciera respirar con normalidad sin la necesidad de cargar con mi peso. - Le contesto sonriendo.
     -  No pienses por mí, gatita. - Me responde abrazándome con fuerza. - En lo referente a ti, te quiero lo más cerca posible. ¿Nos damos una ducha antes de bajar a desayunar?
Asiento con la cabeza y Miguel me lleva en brazos a la ducha. Después de volver a hacer el amor y ducharnos, bajamos a la cocina a desayunar.
Frida nos prepara de todo, excusándose por no saber qué me gustaría para desayunar. Tras agradecerle el esfuerzo por todo lo cocinado, le digo que cualquier cosa que prepare me parecerá bien y Frida me sonríe complacida.


Después de desayunar, Miguel me lleva al establo y decide enseñarme la finca y los alrededores montando a caballo. Yo me muestro encantada pero, cuando estoy a punto de subirme al caballo que me ha signado Miguel, veo un caballo neo precioso que relincha nervioso y agitado. Estoy a punto de pedirle a Miguel que me deje montarlo cuando me dice:
     -  Hace un par de años murió su criador  desde entonces no se deja montar, así que olvídate de él. Si sigo teniéndolo en el establo es porque me da pena sacrificarlo.
Estoy a punto de decirle que quiero intentar montarlo cuando pienso que eso nos llevará a una discusión y no quiero arruinar el día después de lo bien que nos estamos llevando desde que hemos llegado, así que le obedezco y subo al caballo que me ha asignado.
Miguel me enseña la finca y después paseamos por la orilla del mar a lomos de nuestros caballos. No discutimos en ningún momento, solo nos sonreímos y hablamos como si fuésemos amigos de toda la vida.
Los días pasan y Erik dedica todas las mañanas a sus negocios, dejándome sola en casa, bueno con Frida y algunos de sus hombres los cuales no me quitan los ojos de encima pero ni siquiera se atreven a hablar conmigo. Aburrida y consiente de que Erik tardará en volver un par de horas, me dirijo hacia el establo decidida a montar al caballo negro salvaje. En el establo, me encuentro con un chico joven, quizás un par de años mayor que yo, que se dedica a cuidar de los caballos.
     -  Buenos días. - Le saludo.
El chico alza la vista y cuando me ve me sonríe ampliamente antes de decir:
     -  Buenos días, señora Holffman. ¿Va a salir a dar un paseo a caballo?
     -  No exactamente. - Le contesto encogiéndome de hombres. - Lo cierto es que he venido a ver al caballo negro, Erik me dijo que desde que su cuidador murió hace un año nadie ha podido montar ese caballo porque se ha vuelto salvaje.
     -  Soy Dave, mi padre era el cuidador de Rayo, el caballo negro. - Me dice el chico con una sonrisa de nostalgia. - Mi padre decía que era el mejor caballo y lo cuidaba como si fuera una persona. Es un caballo inteligente, pero cuando murió mi padre se volvió loco.
     -  Lo siento, no pretendía entristecerte...
     -  No te preocupes, no pasa nada. - Me dice sonriendo. - Pero el señor Holffman me matará si se entera que la he dejado acercarse a Rayo.
     -  Yo no pienso decírselo pero si crees que sería una deslealtad verme y no decírselo, te aconsejo que te vayas a dar una vuelta durante la próxima hora. - Le sugiero divertida.
     -  Creo que me voy a quedar aquí. - Me dice sentándose en una montaña de paja. - Si lo vas a hacer de todas formas, prefiero estar aquí por si me necesitas.
Cada vez que me acercaba a Rayo, éste relinchaba, se ponía nervioso e intentaba morderme. Nunca me había intentado morder un caballo antes, pero aún así, no me doy por vencida. Una hora más tarde, por fin consigo subirme a los lomos de Rayo sin que acto seguido me tire sobre el montón de paja, evitando así que Dave vuelva a reírse de mí.
Durante un par de semanas, dedico las mañanas que Miguel no se queda en casa para seguir mi entrenamiento con Rayo. Cada día que pasa Rayo confía más en mí y hoy decido sacarlo del vallado para galopar con él fuera del recinto. A Dave la idea no le gusta en absoluto, pero tampoco puede evitar que lo haga sin salir perjudicado. Monto sobre Rayo a pelo, no le gusta la silla de montar y quiero que se sienta cómodo en nuestra primera salida. Dave está nervioso, no se fía de Rayo y teme que me ocurra algo, pero se calla y no dice nada. Tras trotar con Rayo durante un rato, empezamos a galopar a toda velocidad por el camino que lleva a la playa. Rayo es como una flecha, nunca había montado un caballo con tanta fuerza y a tanta velocidad. Estoy tan contenta por mi paseo con Rayo que cuando me dirijo al establo no me doy cuenta que Miguel está de pie junto a Dave y una pareja, con los brazos cruzados sobre el pecho y cara de pocos amigos.
     -  Oh, oh, Rayo. - Susurro para que solo me escuche el caballo. - Creo que nos acabamos de meter en un buen lío, amigo.
Me paro frente a Miguel y forzando una sonrisa le digo:
     -  Hola, cielo. Hoy has venido temprano.
     -  Baja ahora mismo de ese caballo, Irina. - Me dice enfurecido. Hago lo que me pide sin rechistar y le entrego las riendas de Rayo a Dave, que me mira preocupado. - Te dije que no te acercaras a Rayo, que se había vuelto loco y tú, ¿qué haces? Vas y decides galopar con él como si nada. ¿Es que quieres matarte?
Miguel está furioso. De hecho, creo que nunca le había visto tan enfadado. La pareja me observa desde atrás de Miguel y el hombre, de unos treinta y pocos años, me pregunta:
     -  ¿Cómo has conseguido montar a Rayo?
     -  No ha sido fácil, Rayo es un caballo muy testarudo. - Le contesto sonriendo.
     -  Káiser, Eva, ésta es mi mujer Irina. - Nos presenta Miguel implacable.
     -  Encantada. - Les digo estrechándoles la mano a ambos.
     -  Me encantaría saber cómo te las has apañado para conseguir que Rayo te tolere, yo mismo lo intenté, salí volando y me abrí la cabeza. - Me confiesa el Káiser divertido.
     -  Hace dos semanas traté de montarlo por primera vez, pero cada vez que lograba subirme a su lomo, él me lanzaba por los aires y aterrizada en una montaña de paja. - Respondo mirando a Miguel de soslayo, que cada vez está más furioso. - Empecé montándolo en el establo, lo saqué por el vallado y hoy le he notado tranquilo y confiado, así que lo saqué de la finca. Rayo es increíblemente rápido y fuerte, pero necesita ponerse en forma. - Me vuelvo hacia a Miguel y le digo con voz dulce: - Es un buen caballo, no puedes dejar que se muera de tristeza encerrado en el establo.
     -  Llevas dos semanas montando a Rayo a mis espaldas, a pesar de que te dije expresamente que no te acercaras a él. - Me acusa impasible. - No siendo suficiente solo eso, lo sacas de la finca y galopas con él sin estar ensillado, ¿quieres matarte, joder? Estás loca y...
Le callo con un beso. No quiero discutir con él y mucho menos delante de estos extraños. Cuando despego mis labios de los suyos, le sonrío dulcemente y le susurro al oído:
     -  Te he echado de menos, gruñón.
Miguel se ablanda y me sonríe y el Káiser estalla en carcajadas para después decir divertido:
     -  Erik, sin duda Irina es tu punto débil. En solo dos minutos ha hecho que pasaras de estar enfurecido a estar con cara de idiota enamorado.
     -  Por eso me he casado con ella, por amor. - Le responde Miguel sonriendo para después volverme a besar y decirme con voz más suave: - La próxima vez que quieras montar a Rayo, quiero que me avises para ir contigo. - Hace una pausa y me pregunta: - Solo por curiosidad, ¿cómo has conseguido que Dave se prestara a esto?
     -  No lo conseguí. - Le confieso encogiéndome de hombros. - Le di a elegir entre largarse y no tener nada que ver con el tema si me descubrías o quedarse y estar callado. El pobre los primeros días se ponía pálido cada vez que Rayo me lanzaba por los aires. No le regañes, creo que ya se lo he hecho pasar bastante mal.
Todos estallan en carcajadas, incluido Miguel, y yo me relajo un poco. Regresamos a la casa y por el camino Miguel me explica que el Káiser es un amigo y que ha venido con su mujer Eva para visitarnos y quedarse un par de días con nosotros. Mientras Miguel le encarga a Frida que acompañe a los invitados a su habitación, yo aprovecho para escaparme a la habitación y darme una ducha, tengo una pinta horrible.

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