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lunes, 14 de septiembre de 2015

Cállame con un beso 23.
















MIGUEL.

Al día siguiente, llegamos a Kiel, Alemania, donde poseo una casa de dos plantas y un pequeño terreno. Desde que hemos llegado, Silvia no ha dejado de mirar el paisaje y sonreír y yo me muestro feliz y encantado de que se tome esto tan bien. A partir de ahora, dejaremos de ser Silvia y Miguel para convertirnos en Irina Koviakov y Erik Holffman. A pesar de estar en una misión, estoy feliz por poder tratar a Silvia como a mi esposa. A partir de ahora, seré su sombra y no me apartaré de ella ni un segundo.
Jeffrey, mi chófer y seguridad personal (mejor dicho el de Erik Holffman) nos viene a buscar al aeropuerto y allí empieza nuestra función. Oficialmente, ya somos un matrimonio.
     -  Tienes una casa preciosa, cielo. - Me dice cuando llegamos a la pequeña casa que poseo en la ciudad de Kiel. - Aunque se nos quedará un poco pequeña si queremos tener niños, ¿no crees?
     -  Cielo, si quieres compraremos otra cosa más grande y a tu gusto. - Le respondo sonriendo como si de verdad fuera un recién casado. - Pero de momento, nos apañaremos aquí.
Silvia me sonríe con ternura y yo me derrito. Por ella sería capaz de irme a vivir a mitad del océano si me lo pidiera. Entramos en casa y le presento a Frida, el ama de llaves, y parecen caerse bastante bien nada más conocerla. Tengo que reconocer que oír como llaman a Silvia señora Holffman me excita, aunque ella insiste en que la llamen Irina.


Jeffrey lleva nuestras maletas a la habitación mientras yo le enseño la casa a Silvia. Por último, le enseño nuestra habitación y, con una sonrisa pícara, le digo:
     -  Señora Holffman, esta será nuestra habitación.
     -  Definitivamente, la casa entera necesita un toque femenino. - Bromea. - Pero tengo que reconocer que la casa me encanta, señor Holffman.
     -  Te dejaré para que te refresques y descanses antes de la gran cena de esta noche. - Le digo sin dejar de sonreír. - Aquí es tradición celebrar una fiesta de bienvenida cuando llega el patrón, sobretodo si llega con una hermosa y sexy esposa.
     -  Dame una hora y estaré lista para lo que quieras. - Me responde pícaramente.


Dejo que Silvia se asee y se acomode en la habitación mientras yo me encargo de saludar a mis hombres y darles la buena nueva. Todos se muestran encantados y deseosos de conocer a mi mujer, así que no rechistan cuando les pido que organicen una buena fiesta de bienvenida.
Cuando regreso a la habitación, Silvia está envuelta en una toalla, recién salida de la ducha, decidiendo qué ponerse. Veo el vestido blanco ibicenco que llevaba la primera noche que quedamos en la cita doble con mi hermano y con Lety y, como si me leyera el pensamiento, decide ponérselo.
Cuando estamos listos, bajamos al jardín donde han organizado una barbacoa y un montón de mesas y sillas para unos veinte comensales. Silvia sonríe al ver todo lo que mis hombres han organizado en tan poco tiempo y me susurra al oído:
     -  Creo que me va a encantar ser la señora Holffman.
Yo me río encantado y le susurro:
     -  A mí también me encanta que seas la señora Holffman. - Y, dicho esto, la beso. Al fin y al cabo, es mi recién estrenada mujer.
Uno a uno, le presento a Silvia a todos mis hombres y ella les saluda amablemente, ganándose el cariño de todos ellos al instante. Muchos de ellos ya habían oído hablar de Irina Koviakov y me sorprendo cuando alaban algunos de sus logros, que no son pocos. Silvia se muestra modesta, pero responde a todas y cada una de las preguntas que mis hombres le hacen hasta que, cansado de sentirme al margen, exclamo:
     -  Os recuerdo que es la señora Holffman y yo a penas he disfrutado de su compañía desde que hemos llegado.
Todos se quedan en silencio, un poco incómodos por mi comentario, pero Silvia, con su carisma y su sonrisa enigmática, se encarga de todo diciendo:
     -  ¿Celoso, señor Holffman?
Todos se echan a reír, incluso yo también me río.
     -  ¿Debería estarlo, gatita? - Le pregunto.
Silvia me sonríe, se sienta en mi regazo y después me besa apasionadamente, dejándome sorprendido pero feliz. Cuando nuestros labios se despegan, mis hombres estallan en aplausos y gritos de "viva los novios" que nos hacen sonreír.
Después de cenar, bebemos y bailamos en el jardín junto a todos mis hombres, sus mujeres y las empleadas del hogar. Silvia baila con uno de mis hombres cuando veo que ella sonríe coquetamente y la sangre me empieza a hervir. Decidido a dejar claro que es mi mujer, me acerco a ellos y, con un gesto de mano, se la arrebato de los brazos a mi hombre para ser yo quien baile con ella. Silvia, sin percatarse del objetivo de mi actuación, me sonríe alegremente y me dice:
     -  Nunca hubiera creído que diría esto, pero me alegro de ser tu esposa y estar aquí. - Me mira con picardía y añade: - Y eso que aún no hemos tenido una noche de bodas en condiciones.
     -  ¿Acabas de proponerme algo, cielo? - Le pregunto sorprendido.
     -  Se supone que estamos casados y es normal que practiquemos sexo, ¿no crees?
     -  Estoy totalmente de acuerdo. - Le contesto antes de devorarle la boca.


El beso nos excita y nuestras manos se empiezan a mover con voluntad propia, así que decido coger a Silvia en brazos y llevarla a la habitación ante la atenta mirada de todos los presentes. Silvia, lejos de amilanarse, me sonríe con complicidad.
Cuando llegamos a nuestra habitación, cierro la puerta y echo el pestillo. Silvia se dirige hacia el baño y abre el grifo para llenar el jacuzzi. Regresa del baño y, con una sonrisa perversa, desliza los tirantes de su vestido por sus brazos y lo deja caer hasta a sus pies, quedándose en ropa interior frente a mí.
     -  Esto no está bien, señor Holffman, pero aún así no puedo evitarlo. - Me dice con la voz ronca por la excitación. Empieza a desabrocharme los botones de la camisa mientras añade: - Quiero una noche de bodas en condiciones, señor Holffman.
     -  Sus deseos son órdenes para mí, señora Holffman. - Le contesto excitado mientras le acaricio su duro y firme trasero. - Estoy dispuesto a darte todo lo que me pidas.
Me termino de desnudar por completo y después hago lo mismo con Silvia. Frente a mí, totalmente desnuda, la coloco frente al espejo y yo me pongo tras ella. Silvia me mira a través del espejo y me sonríe, sabe a qué quiero jugar y lo acepta sin complejos. Coloco mis manos en su cintura y asciendo hasta llegar a sus pechos, los cuales masajeo al mismo tiempo que la beso en el cuello y le susurro:
     -  Quiero que nos veas en el espejo. Quiero que veas lo que te hago y cómo reacciona tu cuerpo a mis caricias. Quiero que te excites mirándonos.
Juego con sus pezones estirándolos y apretándolos mientras Silvia empieza a respirar agitadamente. Cuando los pezones están duros, empiezo a descender por su abdomen hasta llegar a su monte de Venus, completamente depilado. Me detengo antes de adentrarme entra sus labios vaginales y Silvia me mira impaciente a través del espejo. Le sonrío lascivamente, consciente de la excitación que le estoy haciendo sentir, y me adentro en su entrepierna en busca de su clítoris. Su humedad me confirma su grado de excitación y, para excitarla aún más, le ordeno:
     -  Date placer, quiero verte.
Silvia lleva recuesta su cabeza sobre mi hombro y lleva su mano hasta su entrepierna. Tras apartar los labios vaginales, empieza a acariciarse sobre el clítoris al mismo tiempo que va gimiendo suavemente. Su imagen en el espejo me excita demasiado como para seguir siendo un personaje pasivo y decido entrar en acción. Mientras ella se acaricia el clítoris, yo le acaricio los pezones y dibujo un camino de besos desde su cuello hasta su hombre recorriendo su clavícula.
     -  Quiero darte placer, cielo. - Me dice con una sonrisa lasciva.
Silvia se arrodilla ante mí y se mete mi pene en la boca. Lo acaricia con las manos al mismo tiempo que lo lame y lo devora con su lengua y su boca. Me siento en el paraíso, nada de esto me parece real, es como estar viviendo un sueño. Estoy demasiado al límite como para permitir que Silvia prosiga con su acción, por muy placentera que sea, así que la cojo de los hombros y la levanto del suelo cogiéndola en brazos y colocando sus piernas alrededor de mi cintura. La apoyo contra la pared y, de un suave pero firme empeñón, la penetro. La penetro una, dos, tres, diez veces mientras ella gime pidiendo más profundidad, abriéndose más para que mi miembro entre por completo en su interior. Le doy lo que me pide y, tras un par de estocadas más, ambos llegamos al clímax. Caemos al suelo y, para evitar que Silvia se haga daño o coja frío en el suelo, la coloco sobre mí.
Cuando nuestras respiraciones se normalizan, le susurro al oído:
     -  No sé qué me estás haciendo pero me estás volviendo loco, gatita.
     -  Yo no hago nada, cielo. - Me responde divertida.
La abrazo con fuerza deseando que este momento no acabe nunca, pero pasados unos minutos Silvia me dice con voz de cansada:
     -  Deberíamos meternos en la cama o os quedaremos aquí dormidos.
Sin dejar que se mueva, me levanto con ella en brazos y me meto en la cama, colocándola sobre mí, tal y como estábamos en el suelo. Silvia se ríe pero no se queja, así que yo la abrazo y así nos quedamos dormidos toda la noche.


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