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jueves, 10 de septiembre de 2015

Cállame con un beso 20.
















SILVIA.

No me lo puedo creer. Miguel y yo nos hemos pasado la última parte de la cena excitándonos y jugando a un juego muy peligroso. Si tuviera dos dedos de frente acabaría con todo esto, pero habiendo bebido una botella de champagne, dos botellas de vino y una copa de orujo de hierbas, no tengo al fuerza de voluntad necesaria para negarme ese placer.
Arrastro a Miguel a la limusina y él accede sin rechistar, está demasiado excitado como para pensar con la cabeza de arriba.
     -  ¿A dónde les llevo, señorita Torres? - Me pregunta el chófer después de bajar la ventanilla.
Miro a Miguel esperando una respuesta y, tras suspirar, me dice:
     -  ¿Nos tomamos una copa en algún lugar donde nos dé el aire?
     -  Al Infinity, por favor. - Respondo al chófer.
El chófer asiente con la cabeza y sube la ventanilla tintada e insonorizada que nos separa, dejándonos a Miguel y a mí en la más absoluta intimidad. Me tenso al pensar dónde vamos, hubiera preferido decirle al chófer que diera vueltas por la ciudad hasta que le diera otra orden, pero Miguel había preferido ir a tomar una copa. Como si me leyera el pensamiento, me susurra al oído con la voz ronca:
     -  Lo bueno se hace esperar, gatita. Me las tienes que pagar, no creas que se me ha olvidado.
Ahora estoy todavía más excitada e impaciente que antes. Lanzo un ligero gemido de frustración y Miguel se ríe burlonamente. Y, para torturarme todavía más, me coloca sobre su regazo para besarme lascivamente el cuello al mismo tiempo que va susurrando:



     -  Quiero excitarte toda la noche para que cuando llegue el momento estés tan mojada que mi polla resbale al entrar en ti.
Oh, Dios. Me quemo. Creo que estoy a punto de correrme y ni siquiera me ha tocado.
     -  Lo mejor del buen sexo, son las expectativas. - Continua hablando. - Cuanto más tiempo lo deseas, mayor es el placer.
Ardo. Estoy a punto de rogarle a Miguel que ha me haga todo lo que me está diciendo cuando la limusina se detiene. Miro por la ventanilla y veo que estamos frente al Infinity. Intentando serenarme, me recoloco el vestido y le digo a Miguel:
     -  Ya hemos llegado.
Miguel me sonríe antes de salir de la limusina y después me tiende su mano para ayudarme a salir a mí. Entramos en la antesala del local y Miguel no me suelta la mano, me la agarra con firmeza. Parados frente a los dos puertas, me pregunta:
     -  ¿A qué sala vamos?
     -  La sala de arriba en una terraza con unos reservados en plan chill-out y la sala de la planta baja es un poco más especial. - Empiezo a decirle. - Digamos que esa sala es para los que disfrutan del sexo abiertamente.
     -  ¿A qué te refieres? - Me pregunta con curiosidad.
     -  Es una sala dividida en tres partes: la primera es el pub, donde puedes analizar las distintas posibilidades y se permite besar, tocar y algunos preliminares suaves mientras puedes observar y ser observado por otros. La segunda estancia de la sala es para disfrutar del sexo, ya sea en pareja, haciendo tríos u orgías, aunque la luz es muy tenue y a penas se distingue algo vagamente. Y, la tercera estancia está compuesta por unas pequeñas habitaciones para quienes prefieren tener un poco de intimidad.
     -  ¿Vienes aquí muy a menudo? - Me pregunta molesto.
     -  Ni siquiera vengo a menudo a la ciudad. - Me río con dulzura. - Pero sí, he estado aquí antes, si es eso lo que quieres saber. Alan es el propietario del local.
     -  No me digas nada más, prefiero no saberlo. - Me interrumpe. - Vamos a la planta de arriba, no pienso compartirte con nadie, gatita.
Subimos las escaleras y llegamos a la terraza, donde Miguel busca uno de los reservados del chill-out con mayor intimidad y cuando lo encuentra, me arrastra hasta allí. El reservado está compuesto por una cama con dosel y una mesa auxiliar, todo ello oculto por unos biombos que otorgan la intimidad y privacidad deseada. Sobre la mesa auxiliar, hay una botella de champagne en una cubitera y un par de copas de cristal. Miguel coge la botella y llena las dos copas. Se sienta a los pies de la cama y tira de mí hasta colocarme sobre su regazo.
     -  Gatita, estamos jugando con fuego, lo sabes, ¿verdad?
     -  Ya pensaremos en eso mañana. - Le respondo antes de besarle. - Estoy demasiado excitada como para pensar con claridad, cielo. - Ronroneo en su cuello.
Miguel no se hace de rogar, está igual o más excitado que yo. Nos besamos apasionadamente y nuestras manos recorren el cuerpo del otro. Las manos de Miguel ascienden desde mis muslos hasta llegar a mi trasero y apretarlo mientas se le escapa un gruñido. Me tumba sobre la cama y se me queda observando con deleite antes de decirme:
     -  Me encanta el vestido que llevas, pero me gustarías más sin él.
Consciente de lo que me acaba de pedir, le sonrío pícaramente y empiezo a desabrochar el cierre de los tirantes que se unen en mi cuello. Sin enseñarle un centímetro de piel que oculta mi vestido, le digo con la voz ronca por la excitación:
     -  Si quieres quitarme el vestido, solo tienes que tirar de él.
Miguel me sonríe y, cuando creo que me va a arrancar el vestido, empieza a tirar de él lentamente al mismo tiempo que va besando cada centímetro de mi piel que va quedando al descubierto. No llevo sujetador, así que me quedo tumbada en la cama solo vestida con un diminuto tanga de color rojo y mis zapatos de tacón de aguja. Miguel se ha quedado embobado mirándome y, al ver que no reacciona, decido empezar a desnudarle. Le quito la chaqueta del traje y empiezo a desabrochar los botones de su camisa sin prisa pero sin pausa. Colocando mis manos sobre sus hombros, las deslizo llevándome conmigo la camisa y dejándola caer sobre la cama a la espalda de Miguel. Continuo con el cinturón y el botón de sus pantalones pero a estas alturas Miguel ya no puede más y se quita los pantalones de un tirón, llevándose con ellos los calzoncillos. De repente, le tengo completamente desnudo frente a mí y me sonríe lascivamente.
     -  Eres todavía más preciosa de lo que me imaginaba, gatita. - Me susurra al oído.
Entonces, se desata la pasión. Me arranca el tanga de un tirón, sus manos acarician todo mi cuerpo sin descanso, sus labios recorren mi piel y su lengua se detiene entre mis piernas. Estoy a punto de correrme cuando le cojo la cabeza con ambas manos y lo arrastro hasta que queda frente a mí para decirle mirándole a los ojos:
     -  Te quiero dentro, cielo.
Me penetra de un solo empujón. Estoy tan mojada que, como me había dicho Miguel, su polla se desliza dentro de mí sin resistencia, pese a que el tamaño de su miembro es más que considerable. Me penetra una y otra vez, primero con suavidad, después cada vez más fuerte hasta que, acalorados y excitados, llegamos juntos al clímax. Miguel se derrumba sobre mí hasta que nuestras respiraciones se empiezan a normalizar, momento en el que él rueda hacia a un lado, llevándome con él y colocándome a mí encima de él. Me besa en la coronilla y me dice abrazándome con fuerza:
     -  Aunque esto nos va a traer problemas, si volviera a nacer volvería a repetirlo.
Le beso en los labios con ternura y le sonrío. Nos quedamos un rato así tumbados hasta que se escucha un ligero murmullo y Miguel se incorpora conmigo en brazos, decide que es mejor que nos vistamos. Una vez vestidos, Miguel vuelve a colocarme en su regazo y mi pone en mi mano una de las copas de champagne.
Cuando regresamos a casa, son las seis y media de la mañana y estamos más borrachos que una cuba y tropezamos al subir las escaleras que nos llevan a la planta superior y ambos caemos al suelo entre risas.
     -  Borrachos pero vivos, no esta mal. - Nos dice mi padre mirándonos impasible. - Tengo que irme a la oficina, pero esta noche os espero a las nueve para cenar en casa.
Dicho esto, mi padre desaparece escaleras abajo y Miguel me mira pálido y yo estallo en carcajadas. En ese momento, Alan llega a casa y nos encuentra tirados en las escaleras y yo sin parar reír.
     -  Ahora entiendo el cabreo que se trae tu padre, ¿os ha visto así? - Pregunta Alan. - Por cierto, ¿habéis estado en mi club?
Asiento con la cabeza y Alan me lanza una mirada de reproche. Alan es de los que opina que no se debe mezclar el trabajo con el placer y, por muy divertida que le parezca la situación, en estos momentos está con el chip de hermano mayor puesto. Miguel se levanta y me ayuda a levantarme, pero ya no sonríe, ni me coge de la mano o coloca su brazo alrededor de mi cintura. Ha vuelto a ser el Miguel de siempre.
Fulmino con la mirada a Alan y termino de subir las escaleras para encerrarme en mi habitación, sé que ahora ninguno de los dos estamos capacitados para mantener una conversación normal. Antes de cerrar la puerta de mi habitación, le digo a Miguel:
     -  Hablaremos cuando hayamos dormido y descansado un poco, será lo mejor.
Entro en mi habitación, me desnudo y me meto en la cama sin desmaquillarme. Me cuesta dormir y tengo que hacer un esfuerzo por calar mis ganas de levantarme y meterme en la cama de Miguel.
Dios, ¿pero qué he hecho? Alan tiene razón, no debería haber mezclado el trabajo y el placer. Joder, ¡se supone que nos tenemos que infiltrar juntos en Moscú y hacernos pasar por pareja! Si ya era bastante difícil con las discusiones no me quiero ni imaginar lo que será con esta tensión sexual.

2 comentarios:

  1. Aajajajajajajajajaa....¡Ay,que calor..!!! ¡Una refrescante Coca Cola para María por favor....!!! ME HA ENCANTADO,muy sensual y muy ardiente...Ajajajajaa...Gracias por compartir mi Rakel,besitos linduraaaaa...!!!

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  2. precioso encatador relato me a gustado mucho gracias por compartir saludos cordiales

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