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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Cállame con un beso 19.
















MIGUEL.

Tras subir de nuevo a mi habitación y tardar cinco minutos en cambiarme de ropa y ponerme un traje, salgo al pasillo a esperar a Silvia. Cuando estoy apunto de llamar a la puerta de su habitación, cansado de esperar, la puerta se abre y me quedo con la boca abierta al ver a Silvia con un vestido de noche de color rojo, un escote al que me va a resultar muy difícil dejar de mirar y unos zapatos rojos con tacón de aguja de unos diez centímetros por lo menos. Joder, daría mi vida por verla vestida solo con esos zapatos.
     -  Te sienta muy bien el traje. - Me dice sonriendo, devolviéndome a la realidad.
     -  Tú me has dejado sin palabras. - Le confieso. - ¿Pedimos comida a domicilio y cenamos tú y yo en el jardín?
Silvia se ríe, se lo toma a broma aunque yo estoy hablando muy en serio.
     -  Venga, que si llegamos muy tarde tendremos que esperar para que nos den una mesa. - Me apremia sin dejar de sonreír. - Vamos en taxi, hoy vamos a beber un poco.
Asiento sin rechistar, pero la idea de beber con ella así vestida aparece en mi mente y todas las alarmas de mi cuerpo empiezan a saltar, todas excepto una, que se muestra encantada con la situación.
Cuando salimos al porche, un taxi limusina nos está esperando y, leyéndome el pensamiento, Silvia, con una sonrisa en los labios, me dice:
     -  No podemos llegar en un Toyota a un restaurante de cinco tenedores, ¿no crees?
Nos subimos en la limusina y, a pesar de que hay un enorme sofá con forma de L, me siento pegado a Silvia. Ella, lejos de molestarse, me sonríe y saca una botella de champagne de un compartimento que parece ser una nevera y dos copas de lo que parece un armario camuflado. Cojo la botella de champagne de sus manos y la abro para servir las dos copas. Después, la vuelvo a dejar donde Silvia la ha encontrado y brindo con ella:
     -  Por nosotros.
     -  Por nosotros. - Brinda Silvia chocando su copa con la mía.
Justo cuando acabamos de bebernos nuestras copas de champagne, a limusina se detiene en una de las
calles principales de la ciudad, frente a un local con un rótulo moderno donde pone "The eat's King", la comida del rey.
Entramos en el restaurante y el mitre, al vernos, sonríe y dice:
     -  Buenas noches, señorita Torres. Señor.
     -  Buenas noches. - Dice Silvia con su espléndida sonrisa. - No tenemos reserva, pero esperaba que tuvieran una mesa libre para dos.
     -  Por supuesto, señorita Torres. - Responde el mitre. - Para usted siempre hay mesa.
El mitre nos acompaña hasta la planta superior y nos da la mejor mesa del local, una mesa ligeramente apartada del resto de comensales, lejos de los servicios y junto a una ventana con vistas al mar. Nos sentamos y el mitre nos entrega la carta de vinos y la de comida antes de retirarse.
Silvia insiste en que sea yo quien escoja el vino y yo se lo agradezco. Me siento un poco raro sin tener el control, por lo general, soy yo quien lleva a las chicas a cenar, quien alquila las limusinas para llevarlas y quien controla la situación. Pero con Silvia no se puede controlar la situación y, aunque a veces me desespero, también me gusta. Las chicas con las que estoy acostumbrado a salir no se bañan en ropa interior en un lago de una cueva subterránea por la noche, chicas que no han visto un arma en su vida y si les dispararan se morirían pero del susto, chicas frías y superficiales que nada tienen que ver con Silvia.
     -  ¿Silvia? - Una voz masculina interrumpe mis pensamientos. Giro levemente la cabeza y veo al propietario de esa voz. Un tipo de mi edad, moreno y que sonríe demasiado al ver a Silvia. - Silvia, pensaba que estabas en Isla del Sol. ¿Cuándo has regresado?
     -  Diego. - Responde Silvia sorprendida. Sonríe educadamente y añade: - He regresado esta misma tarde. No teníamos reserva, pero tu mitre ha sido muy amable y nos ha dado una de las mejores mesas.
¿Su mitre? ¿Es el propietario del local?
     -  Para ti, siempre hay mesa. - Le dice el tipo sonriendo. Me echa un vistazo rápido y añade: - ¿Cena de negocios o de placer?
     -  Hasta ahora, de placer. - Le respondo molesto.
¿Quién se cree este tipo? ¿Cree que puede acercarse, interrumpirnos y hablar como si yo no estuviera presente? No lo pienso permitir.
     -  Miguel, te presento a Diego Molina, el propietario del restaurante. - Me dice Silvia incómoda.
El tipo alarga su mano y yo se la estrecho con desgana. Después, se vuelve hacia a Silvia y añade:
     -  ¿El propietario del local?
     -  ¿Tengo que pedir la carta de reclamaciones? - Le replica Silvia.
     -  ¿Tienes que venir a mi restaurante con otro tipo? - Le reprocha el tal Diego.
Así que este tipo es algún ex amante o ex novio de Silvia. Quizás alguno de sus amigos con derecho a roce, quién sabe. Si lo llego a saber, voy al tailandés.
     -  ¿A qué viene este ataque de celos? - Le pregunta Silvia furiosa pero sin alzar la voz. - Miguel es un amigo con el que pienso cenar y después ir a tomar unas copas. Duerme en mi casa, pero quizás esta noche la pase en mi habitación. ¿Tienes algún problema?
     -  No, ninguno. - Contesta Diego antes de largarse.
Silvia resopla y, mirándome a los ojos, me dice:
     -  Siento lo que he dicho, pero tenía que quitármelo de encima antes de que dijera algo de lo que se iba a arrepentir.
     -  A mí me gusta tu plan. - Bromeo.
     -  No me tientes, acabo de quedarme sin uno de los mejores amantes que he tenido. - Se lamenta.
     -  Si puedo hacer algo para compensarte...
     -  ¡Ni se te ocurra pensarlo y mucho menos decirlo! - Me amenaza.
     -  Pensaba invitarte a un helado de chocolate, que dicen que es buen sustituto del sexo, pero si crees que es algo indecente...
     -  Se ha acabado el vino. - Me interrumpe. - ¿Puedes pedir otra botella, por favor?
Después de cenar y bebernos dos botellas de vino, Silvia pide la cuenta y, cuando se dispone a pagar la cuenta, le sujeto la mano y saco mi cartera. De ninguna manera voy a dejar que pague ella. Abro la boca para empezar a discutir pero Silvia tiene otros planes, me besa en los labios al mismo tiempo que le entrega su tarjeta al camarero y éste se marcha sonriendo.
     -  Acabas de jugar sucio, gatita. - Le digo con la voz ronca y la entrepierna hinchada.
     - Tú me besas para callarme, yo hago lo mismo. Si no te gusta, predica con el ejemplo. - Añade sonriendo pícaramente y mirándome con una mirada felina y coqueta con la que no me había mirado antes.
Tal y como está mi entrepierna, no me puedo levantar de la silla. Por suerte, el camarero regresa con dos copas de licor de hierbas, obsequio de la casa.
     -  ¿Te has quedado mudo, cielo? - Me pregunta sonriendo la muy descarada.
     -  Deja de provocarme si no quieres que acabemos detenidos por escándalo público, cielo. - Le respondo devolviéndole la sonrisa.
     -  Siento decirte que el único arrestado serías tú. - Sonríe burlonamente y continua: - Aunque tengo que reconocer que la idea de ser arrestada por algo así me excita.
¿Acaba de decir eso de verdad o lo acabo de imaginar? ¿Qué se supone que tengo que contestar a algo así? Joder, mi miembro está empezando a dar saltos y se supone que tenía que intentar calmarme para evitar que todo el mundo se vuelva a mirarme cuando me levante. Pero es que ese escote...
     -  Me las vas a pagar, gatita.
     -  Estoy deseándolo, cielo. - Me contesta con la voz ronca.
Está tan excitada como yo. Me levanto de un salto, cojo a Silvia del brazo y la coloco delante de mí, pegando su trasero a mi erección y susurro a su oído:
     -  Camina sin alejarte de mí.
Silvia me obedece de inmediato y caminamos hasta salir del restaurante, donde el mitre nos despide dándonos las buenas noches de nuevo. La limusina nos está esperando y, antes de subirnos, le pregunto:
     -  ¿Dónde quieres ir ahora?
     -  Lo decidiremos en la limusina. - Me contesta agarrándome de la mano y arrastrándome al interior del vehículo.
Sin hacerme de rogar, entro en la limusina seguido de Silvia.

2 comentarios:

  1. Hermoso lindura,gracias por compartir,besitos miles mi Rakel..!!!

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  2. muy hermoso un gran relato gracias por compartir saludos cordiales me me a encantado

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