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sábado, 5 de septiembre de 2015

Cállame con un beso 15.
















MIGUEL.

No me puedo creer que esté con Silvia en una cueva subterránea, sentados sobre unas toallas a la orilla de un lago natural y a punto de beberme una cerveza. Creo que me he muerto y estoy en el paraíso. Después de dejar la botella de champagne y dos botellines de cerveza en el agua entre algunas rocas, Silvia se sienta a mi lado y, mientras me ofrece una de las dos cervezas que no ha dejado en el agua, me pregunta:
     -  Cuando Lorenzo te ha dado las cervezas, ¿te ha dicho algo sobre ellas?
     -  Solo me las ha enseñado sonriendo y las ha metido en la bolsa diciendo que nos sentaría bien algo fresquito para beber. - Le respondo encogiéndome de hombros.
Silvia lanza un suspiro y finalmente me dice:
     -  Es una cerveza casera hecha por Lorenzo, no es una cerveza normal. Tiene el triple de alcohol de cualquier cerveza y algunas hierbas especiales que producen efectos variados.
     -  Desembucha, gatita. - Le digo sabiendo que hay algo más que debo saber. - Hasta que no me lo cuentes todo, no pienso beber.
Ella se ríe y añade:
     -  Te lo voy a contar, pero solo porque no quiero que bebas esa cerveza sin saber lo que lleva. La cerveza de Lorenzo está elaborada con algunas hierbas autóctonas de la isla y que, en su gran mayoría, esas hierbas son afrodisíacas. - Un ligero rubor sube a sus mejillas y, acercándome las copas, me pregunta sin dejar de sonreír: - ¿Te apetece champagne?
     -  El champagne lo beberemos luego, ahora quiero probar esa cerveza casera de Lorenzo. - Le digo con picardía. - ¿Te parece bien?
     -  Me parece perfecto. - Me dice riendo. - Creo que, por primera vez, estamos de acuerdo en algo.
Cojo los dos botellines de cerveza y los abro con un mechero. Le doy una cerveza a Silvia y, alzando la mía, brindo:
     -  Por nosotros.
Silvia choca su cerveza contra la mía y ambos bebemos un largo trago de la cerveza de Lorenzo, que sabe a gloria. Sin dejar de mirar el agua cristalina, le pregunto:
     -  ¿Te has bañado alguna vez aquí?
     -  Cada vez que vengo, por eso Lorenzo se empeña en que me lleve siempre el walkie por si me pasa algo. - Me explica.
     -  ¿Vienes aquí sola?
     -  La mayoría de las veces sí, pero también he venido con Lety y con Alan, ellos son los único que han estado aquí, a Lorenzo no le gustan los forasteros, pero tú le has caído muy bien.
     -  Lo primero que ha hecho cuando has entrado en la cabaña ha sido amenazarme. - Le confieso entre risas. - Me ha advertido que si te pasaba algo él mismo se encargaría de matarme con sus propias manos, no creo que le haya caído tan bien.
     -  Le has caído bien, pero yo soy su princesa y le caigo mejor. - Se mofa. Después, mira hacia el lago y me propone: - ¿Nos damos un baño?
     -  ¿Con ropa o desnudos? - Le pregunto bromeando.
     -  Desnudos, a menos que quieras pasarte todo el camino de vuelta mojado. - Me contesta riendo alegremente. - Solo quítate la camisa y los pantalones, báñate en ropa interior. No me voy a ver nada que me escandalice, créeme.
     -  Eso no lo sabes, gatita. - Le respondo sonriendo. - ¿Cómo te vas a bañar tú?
     -  Con sujetador y tanga para que no te sientas tan ridículo, pero yo tengo una muda en la bolsa. - Me dice sonriendo. - Al fin y al cabo, este conjunto de ropa interior que llevo me tapa más que mis bikinis.
Silvia, sin pudor ni vergüenza, desliza los tirantes de su vestido por los hombros y, acto seguido, el vestido cae a sus pies. Sin mirarme siquiera, se quita las sandalias de tacón mientras yo la devoro con la mirada y, cuando termina, me pregunta poniendo sus brazos en jarras:
     -  ¿Aún estás así?
     -  Con el espectáculo que estabas ofreciendo, ¿qué pensabas que iba a hacer? - Bromeo.
     -  Deja de mirarme así o no te voy a dejar beber más de esa cerveza. - Me amenaza bromeando.
Sin hacerme de rogar, me quito rápidamente la camisa, los zapatos y los pantalones.
     -  Ya estoy listo, ¿nos vamos al agua, gatita?
Silvia asiente con la cabeza y, buscando un hueco llano por el cual entrar al lago, se zambulle en el agua sin probarla antes. Espero a que su cabeza asome de nuevo a la superficie y, cuando lo hace, la imito.
     -  ¡Está helada! - Exclamo poniéndome a su lado. - Ahora entiendo porque te gusta tanto venir aquí, aunque no entiendo porque vienes sola.
     -  Es un lugar tranquilo, perfecto para relajarse y disfrutar de la soledad. - Me responde sin dejar de sonreír en ningún momento. - ¿Sabes lo que es relajarse y disfrutar?
     -  Oh, gatita, será mejor que no me tientes. - Le susurro con la voz ronca. - Entre la cerveza y tú, no soy capaz de controlarme.
     -  ¿La cerveza te está poniendo agresivo? - Me pregunta riendo.
     -  Sabes perfectamente de lo que estoy hablando, gatita. - Le respondo al mismo tiempo que rodeo su cintura con mis brazos y la estrecho contra mi cuerpo, dejando su boca a escasos centímetros de la mía mientras le susurro con voz ronca: - Gatita, será mejor que mantengamos las distancias.
Tras decir eso, Silvia se sumerge en el agua y su cabeza emerge segundos después a unos tres metros de mí. Me mira con picardía y me pregunta:
     -  ¿Esta distancia le parece bien, señor de la Vega?
Escuchar mi nombre de su voz me excita más de lo que yo puedo soportar. Sin control alguna de mis actos, nado hasta a ella y, volviendo a rodearla por la cintura con mis brazos, la estrecho contra mi cuerpo y le devoro la boca como el primer día que llegamos a la isla en la playa pero esta vez Silvia me corresponde y me devuelve el beso con pasión. Tras un rato besándonos y acariciándonos por casi todo el cuerpo, nos separamos un poco para poder respirar.
Hace dos minutos estábamos con el hacha de guerra en la mano y ahora acabamos de besarnos. Ni siquiera soy capaz de pensar, ¿qué coño me está pasando?
     -  ¡Maldita cerveza! - Maldigo en voz alta. Silvia me mira con las cejas alzadas y le aclaro. - Joder, no soy capaz de pensar con claridad.
     -  Y, ¿la culpa la tiene la cerveza? - Me pregunta con sorna.
     -  La culpa la tienes tú. - Le contesto enfurecido. - ¿Qué cojones pretendes? ¿Volverme loco?
     -  Defenitivamente, la cerveza no te ha sentado bien. - Me dice burlonamente mientras continua nadando como si no hubiera pasado nada.
     -  ¿Quieres dejar de comportarte como una loca?
     -  ¿Yo me comporto como una loca? Chico, está claro que no te estás viendo. - Me espeta. - Eres bipolar, lo mismo me sonríes y te me tiras encima o me gritas y me insultas. Estás enfermo y, en mi opinión, necesitas medicación. Si soy amable y simpática contigo tú eres borde y gilipollas conmigo. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Ser una imbécil como tú lo eres conmigo? Porque ya me tienes hasta...
No dejo que termine de hablar, vuelvo a lanzarme sobre ella y la beso de nuevo, pero esta vez ella no me devuelve el beso, ni siquiera se queda paralizada. Esta vez, Silvia me aparta con todas sus fuerzas y nada hasta a la orilla para salir del lago. Se bebe lo que queda de su cerveza de un trago y, tras mirarme con gesto duro, me dice furiosa:
     -  Estoy harta de tu juego. Si vuelves a intentar besarme, tendrás que asumir las consecuencias y te prometo que no te va a gustar.
En ese momento, me doy cuenta de hasta a donde he llegado a meter la pata. Joder, me tiro encima suyo y luego le hecho la culpa de que nos hayamos besado. Aunque como para no tirarme encima suyo con ese cuerpo casi desnudo y mojado. Joder, ¡¿pero qué estoy pensando?!
Miro a Silvia y veo que tiene los labios morados por el frío. Salgo del agua con calma para no asustarla, no quiero que piense que voy a volver a atacarla, cojo una de las toallas y envuelvo a Silvia con ella. Después cojo la otra toalla y me envuelvo yo.
     -  Lo siento, me he  comportado como un mono gruñón. - Le digo cogiendo la botella de champagne y sirviendo dos copas. - ¿Una copa de champagne?
Silvia coge una de las copas pero no sonríe ni bromea, se ha quedado callada y seria. Ni siquiera parece enfadada, cosa que me preocupa. ¿Qué está pensando?
Entonces recuerdo que llevo algo de marihuana en el bolsillo de mi pantalón y lo cojo para hacerme un cigarrillo de hierba, sabiendo que si fumamos ambos nos relajaremos un poco, que falta nos hace.
     -  Ven y siéntate conmigo para que nos fumemos esto, prometo no tirarme sobre ti. - Le digo haciéndole un gesto con la mano para que se siente a mi lado.
Silvia cede y se sienta a mi lado. Ambos bebemos y fumamos en silencio, pero al menos logramos que parte de la tensión desaparezca y volvemos a comportarnos con un poco de normalidad. Tras acabar con la botella de champagne y con el cigarrillo de hierba, recogemos todas nuestras cosas y regresamos a la cabaña de Lorenzo para devolverle el walkie y la linterna y despedirnos de él antes de regresar a la villa.


3 comentarios:

  1. precioso relato me encanta gracias por compartir saludos cordiales

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  2. Va preciosa la historia mi Rakel,gracias por traerla,besitos miles linduraaaaaa...!!!

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  3. Fascinating interaction. It had my attention to the end! Thank you, Maria.

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