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sábado, 1 de agosto de 2015

Caprichos del destino 13.






















Dos semanas después de mi encuentro con Nelson Figueroa, todo sigue igual. Sigo viviendo en casa de Raúl, el cuál no sé ni cómo me soporta porque mi humor es nefasto, los agentes siguen custodiando mi seguridad y mi móvil sigue desconectado.
Ana llamó a Alicia la misma noche que Jason vino a verme a casa de Raúl y rompimos y Alicia y Aitor, que no tenían ni idea de lo que estaba pasando, vinieron rápidamente a casa de Raúl para aclarar lo que ocurría. Tuve que explicarles todo lo que había pasado y, lo que más me costó, convencer a Alicia para que no le dijera ni una palabra a Ana.

Alicia no le dijo todo lo que estaba ocurriendo a Ana, pero sí le dijo que necesitaba tiempo y que a veces las apariencias engañan. Ana. La echaba de menos. Ya había superado la mitad de su embarazo y la barriga le debía haber crecido mucho desde la última vez que la vi.


Como todos los domingos que había Fórmula 1, veo el gran premio de Singapur con Raúl, Aitor, Víctor, Alicia y Esther en casa de Raúl, aunque esta iba a ser la primera carrera que veía desde que Jason ya no era mi novio. Había apagado mi móvil y había evitado preguntar a Alicia por Ana, Marcos y Jason. Mis amigos también evitaban en tema, era como un tabú entre nosotros y yo se lo agradecía. Había levantado un muro a mi alrededor y no hablaba ni mostraba mis sentimientos, excepto por la noche cuando me quedaba a solas en mi habitación y lloraba hasta que me quedaba dormida.

Llamaba a mi padre cada dos días y le decía que estaba bien. Le di la excusa de que me había tomado unos días de vacaciones porque necesitaba desconectar y que tendría el móvil apagado. Me costó convencerle de que me encontraba bien y no pasaba nada, por suerte Raúl me echó una mano y habló con él, convenciéndole de que todo estaba bien.
Nos acomodamos en el salón para ver la carrera y, durante la hora y media que dura, lo único que soy capaz de hacer es mirar la televisión y abrazarme con fuerza a un cojín. Jason se la juega en cada vuelta, en cada curva. Las palabras del locutor que narra la carrera atraviesan mi mente una y otra vez:

     -  Jason Muller se ha vuelto loco. - Empieza a comentar el locutor. - Hemos escuchado incluso como los técnicos de su equipo le han pedido que baje la agresividad pero la respuesta del piloto ha sido, literalmente, "dejadme que yo sé lo que hago". No sé qué le ha pasado desde Italia, pero está claro que el piloto no es el mismo...

Cierro los ojos cuando veo a Jason salirse en una curva y, tras hacer un trompo, continua en la carrera. Raúl se percata de mi estado y me aprieta la mano dándome a entender que está a mi lado.
Cuando la carrera por fin termina, mi cara es un poema. Se ha vuelto loco, no hay otra opción. Raúl coge el mando con la intención de apagar el televisor pero le sujeto el brazo para impedirlo.

     -  Quiero escuchar la rueda de prensa. - Le digo sin apartar la vista de la televisión.

Raúl tuerce el gesto pero finalmente me complace. Jason ha quedado primero, lo veo subir al podio y en su rostro veo la frialdad de sus ojos y la tensión en sus músculos. Marcos le dice algo al oído y, a juzgar por la cara de ambos, no es nada bueno. Cuando la rueda de prensa empieza, Jason responde a todas las preguntas que le hacen con monosílabos y, si hacen referencia a su conducción agresiva, se limita a responder que está en una competición y no de paseo por un circuito.
Nadie se atreve a decir nada, ni siquiera yo soy capaz de abrir la boca. Finalmente, Raúl decide apagar la televisión y nos sirve unas copas.
A las ocho de la tarde, todos se marchan a sus casas, pues mañana es lunes y trabajan. Raúl y yo, que no trabajamos mañana, pedimos comida china a domicilio y, como necesito cambiar mi estado de ánimo, le pido que abra una botella de vino.
     -  ¿Quieres emborracharte? - Me pregunta bromeando.
     -  Sí, ¿tienes algún problema si me emborracho? - Le respondo con resignación.
     -  Teniendo en cuenta lo que ha pasado hoy, creo que hasta yo me voy a emborrachar. - Me dice dándome una copa de vino. - ¿Quieres un consejo?
     -  No, no quiero ningún consejo. - Protesto. - Solo quiero que esta pesadilla termine y poder volver a mi vida cuanto antes. Es como no estar viviendo la realidad.
     -  Cielo, deberías llamarle y aclarar todo esto. - Me sugiere Raúl. - Tú estás mal, él está mal. ¿Qué se supone que estáis haciendo?

No me da tiempo a replicar, de repente se empiezan a oír disparos y las ventanas empiezan a hacerse añicos. Los cuatro agentes que se encuentran en la casa (dos en el interior y dos en el jardín) nos tiran al suelo detrás del sofá para protegernos y empiezan a responder con sus pistolas mientras yo me abrazo a Raúl y ni siquiera puedo abrir la boca de los nervios. La cabeza me da vueltas, solo veo destellos de luz y oigo disparos y cristales estallando en mil pedazos. De repente, siento un tirón en el brazo y un ardor desgarrador seguido de un profundo dolor que me hace gritar. Raúl mi mira fijamente a los ojos y baja su mirada hasta mi brazo izquierdo donde yo he llevado mi mano derecha y su rostro palidece. Bajo la mirada y veo que tengo el brazo cubierto de sangre. Todo a mi alrededor empieza a dar vueltas con rapidez hasta que todo se vuelve oscuro.

Me despierto al oír a alguien hablar. Abro los ojos y observo la habitación inmaculadamente blanca, una habitación en la que yo no he estado nunca. Intento moverme pero me duele todo el cuerpo y se me escapa un leve gemido de dolor que llama la atención de las dos figuras que hay al fondo de la habitación.

     -  ¡Sara! - Escucho la voz de Raúl y sonrío. Camina hasta a mí y me besa el dorso de la mano. - Por fin te despiertas.
     -  ¿Dónde estoy? - Pregunto.
     -  Estás en el hospital, anoche entraron en casa los hombres de Figueroa, pero ya los han detenido a todos, incluidos el juez y el fiscal, y han pasado a disposición judicial sin fianza. - Me explica Raúl.
     -  Hola Sara, soy el doctor Ruiz. Has pasado la noche en observación, aunque has estado dormida debido a la medicación y los sedantes. Una de las balas te rozó el brazo, por eso lo tienes vendado. Te hemos limpiado y cosido la herida. - Hace una pausa y añade: - También te hemos hecho una ecografía y analíticas y puedes estar tranquila, el bebé está estupendamente.
     -  ¿El bebé? - Pregunto sorprendida.
     -  ¿No sabías que estás embarazada? - Me pregunta el doctor.
     -  Oh, no. - Balbuceo. - Pero... ¿De cuánto estoy embarazada?
     -  De unas doce semanas, tres meses más o menos. - Me dice el doctor. - Voy a hacerte un chequeo, solo voy a mirarte las pupilas y los reflejos para confirmar que todo está bien. Después avisaré al director de ginecología del hospital para que venga a revisarte y pueda informarte con más exactitud sobre tu embarazo.

Mi embarazo. Miro a Raúl horrorizada pero él se limita a cogerme la mano y apretarla, es su señal para hacerme notar que está a mi lado y que me apoya. Tres meses. Tres meses de embarazo.

     -  ¿Recuerdas cuándo tuviste el último periodo? - Me pregunta el doctor mientras me examina las pupilas con su linterna.

Intento recordar cuándo fue la última vez que me vino la regla y me es imposible. No he tenido la regla desde que regresé de vacaciones, tampoco la tuve durante las vacaciones y antes... Creo recordar que la tuve poco antes de viajar a Inglaterra cuando Jason competía en el gran premio de Gran Bretaña y eso fue a finales de junio y estamos a finales de septiembre.

     -  Oh, Dios. Fue antes de ir a Inglaterra, a finales de junio. - Digo a nadie en particular. - Han pasado tres meses, ¿cómo no he podido darme cuenta?
     -  Tranquila, has estado muy estresada con todo lo que ha pasado. - Intenta calmarme Raúl. - Acabo de llamar a tu padre y a mi hermana para explicarles lo que ha pasado, pues la noticia ha salido en todos los canales de televisión, así que he tenido que tranquilizarlos pero aún así no tardarán en llegar.
Sé perfectamente lo que Raúl ha querido decir y, sin perder más tiempo, le pido al doctor:
     -  Doctor, acabo de enterarme de que estoy embarazada y no quiero tener que dar explicaciones a nadie cuando ni siquiera yo he asimilado la noticia. ¿Cree que habrá algún problema si les pido discreción con este asunto?
     -  Por supuesto, cuenta con nuestra confidencialidad. - Me responde. - Le pediré al personal sanitario que se abstenga de hablar de su diagnóstico con nadie que no sea directamente usted.
     -  Se lo agradezco. - Le digo antes de que se marche en busca del director de ginecología. Una vez me quedo a solas con Raúl, le miro a los ojos y le digo: - No sé qué voy a hacer, ni siquiera termino de creerme lo que me ha dicho el doctor, pero si hay algo que sé es que no quiero tener que hablar de esto con nadie, al menos no por ahora.
     -  Tranquila, seré una tumba. - Me dice con una sonrisa. - Pero deberías ir pensando cómo se lo vas a decir a Jason, no es algo que se pueda decir por teléfono.
     -  No se lo voy a decir. - Le respondo con rotundidad.

La última vez que vi y hablé con Jason me dejó muy claro que si hubiese tenido hijos conmigo me los quitaría, no pienso correr ese riesgo. Puede que no haya buscado a este bebé, pero es mi bebé y pienso defenderlo con uñas y dientes.



2 comentarios:

  1. ¡Un bebé..!!! Y seguro será igualito a su padre que se volverá más loquito cuando lo sepa :))) ¡Fabuloso Rakel...Seguimos la trama...Yo quiero boda..!!! :DDDDD

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  2. precioso encantador haber si hay boda saludos cordiales

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