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jueves, 27 de agosto de 2015

Cállame con un beso 9.





SILVIA.

Miguel y Daniel suben con nosotras a la suite del hotel mientras recogemos todas nuestras cosas. Nos hemos pasado todo el camino en silencio, ni siquiera Lety ha abierto la boca. Concentrada en sacar la ropa del armario, doblarla y meterla en la maleta, no me doy cuenta de la presencia de Miguel hasta que escucho su voz a escasos centímetros detrás de mí:
     -  ¿Su amante o su hija secreta?
 Me giro para quedar frente a él y, sin apartar mi mirada de sus ojos, le digo:
     -  En mi defensa tengo que decir que de haber sabido que eras su hijo jamás te hubiera dicho algo así.
     -  Eres una Barbie gruñona y malvada. - Me dice sonriendo. - Pero me alegro de que no seas ni su amante ni su hija secreta.
Supongo que eso es el equivalente educado a decirme que se alegra de que cuando termine todo esto se va a librar de mí. Sin contestar a su provocación, le doy la espalda y sigo con mi tarea de sacar la ropa del armario, doblarla y meterla en la maleta. Su comentario me ha molestado, no me gusta que quiera deshacerse de mí.
     -  Deja que te lleve las maletas. - Me dice en cuanto termino mi tarea. - Tienes que tener cuidado con la herida, pueden saltarse los puntos y abrirse de nuevo.
Estoy a punto de decirle que me dispararon en el brazo y estuve tres días vagando sola por el bosque hasta encontrar un pueblo y un médico que me pudiese atender, pero decido callar. No tengo ganas ni fuerzas para discutir de nuevo con él.
Regresamos a casa de Fernando con el mismo silencio con que la abandonamos y, nada más llegar, Fernando me dice con una sonrisa en los labios:

     -  ¿Cuándo pensabas decirme que estás prometida? Y tu padre tampoco me ha dicho nada.
     -  ¿Qué? - Balbuceo.
     -  Me acaba de llamar Abel, al parecer no te ha podido localizar, y me ha dicho que os habéis prometido. - Me explica al ver mi cara de desconcierto. - Pensaba que lo tuyo con él no iba en serio, que solo era una diversión esporádica, ya me entiendes.
     -  Yo también lo creo, pero Abel no lo termina de asimilar. - Le digo hasta las narices. - Se ha vuelto loco, Fernando. Me llama a todas horas, me envía flores y quiere que me case con él. Le he dicho que no quiero casarme y que lo mejor era que no nos volviésemos a ver y él le está diciendo a todo el mundo que nos hemos prometido. ¡Hasta llamó a mi padre para decírselo!
     -  Conociéndote como te conoce, estoy seguro que tu padre no se lo tomó en serio en ningún momento, nadie que te conozca se creería que te has prometido y menos con Abel. - Me dice Fernando divertido. - Y si te soy sincero, me alegro de que te hayas deshecho de él. - Fernando se dirije a sus hijos y, con una sonrisa, les dice: - Por favor, enseñarles a Silvia y Lety sus habitaciones, estoy seguro de que querrán acomodarse. Se vuelve de nuevo hacia a mí y añade: - Silvia, en cuanto te acomodes baja a cenar, no has comido nada desde hace horas.
Asiento con la cabeza y salgo del salón acompañada por Miguel, Daniel y Lety. Subimos las escaleras hasta la segunda planta y en el pasillo nos separamos. Daniel y Lety giran a la izquierda y Miguel y yo giramos a la derecha. Le sigo en silencio a lo largo del pasillo hasta que llegamos al final donde hay dos puertas, una frente a la otra.
     -  Esta será tu habitación. - Me dice abriendo una de las puertas. - Dentro tienes un cuarto de baño propio y la terraza es compartida con mi habitación, que es la habitación de en frente.
     -  Gracias, me daré una ducha y me cambiaré de ropa antes de bajar a cenar.
     -  Estaré en mi habitación, avísame cuando quieras bajar a cenar o si necesitas algo. - Me ofrece amablemente Miguel. - Te dejo que te duches.
En cuanto Miguel desaparece, me doy una ducha. Me pongo unos shorts tejanos y una camiseta blanca de tirantes y salgo de mi habitación decidida a bajar directamente a la cocina cuando oigo la puerta de la habitación de Miguel abrirse y me lo encuentro de frente.
     -  Barbie, ¿pretendías irte sin mí? - Me pregunta divertido.
     -  Miguel, no estoy de humor. - Le corto.
     -  Silvia, espera. - Me dice agarrándome del brazo. - He sido un idiota y ya me lo has hecho pagar, pero creo que ambos debemos empezar a comportarnos como adultos, estamos juntos en esto, ¿no?
     -  Tu padre me ha llamado para que le ayude y eso es lo que pienso hacer. - Le contesto. - Aunque no te soporte, soy una profesional y sé trabajar en equipo.
     -  ¿No me soportas? - Me pregunta sonriendo al mismo tiempo que me coge las manos y las sujeta a los lados mientras me acorrala contra la pared. Pega su cuerpo al mío y me mira fijamente a los ojos, excitándome, para después susurrarme al oído: - Nos merecemos una tregua.
     -  Trata de no provocarme y todo irá bien. - Le digo apartándome de él.
Por increíble que parezca, me han entrado unas ganas locas de colgarme de su cuello y arrastrarlo dentro de la habitación. Creo que necesito una ducha de agua fría.
Bajo las escaleras y entro en la cocina seguida de Miguel, que se ha convertido en mi sombra. Fernando está preparando unos bocadillos y me ofrece uno.
     -  Gracias, estoy hambrienta. - Le digo sonriendo.
Mientras me como el bocadillo de jamón, que está buenísimo, Miguel me observa sonriendo y Fernando se percata, así que, creyendo que está haciendo lo correcto, nos dice:
     -  Estoy cansado, voy a darme una ducha y a descansar. Si necesitas cualquier cosa, Miguel estará encantado de ayudarte, ¿verdad, Miguel?
     -  Por supuesto. - Responde él encantado. Fernando desaparece y Miguel continua hablando: - Lety me ha dicho que te gusta fumar cigarrillos de marihuana. Tengo algo de hierba en mi habitación, ¿te apetece que nos fumemos un cigarrillo en el jardín?
No sé qué decir. ¿A qué viene ese cambio de actitud en él? Finalmente asiento con la cabeza y Miguel desaparece para ir a buscar la hierba a su habitación. Un minuto más tarde, Miguel regresa y, con una sonrisa en los labios, me ofrece su brazo para que me agarre a él y me guía al jardín saliendo por la puerta trasera de la cocina. Me fijo en sus rasgos y por primera vez soy consciente de lo guapo que es, Miguel camina hasta llegar a un sofá-balancín que hay bajo una pérgola y me hace una señal para que nos sentemos.
     -  Nunca hubiera pensado que fumaras hierba. - Me dice divertido. - Pero no te lo tomes a mal, lo digo como algo bueno.
     -  Supongo que, viniendo de ti, es un cumplido. - Le digo imitando sus palabras.
Él me sonríe seductoramente y yo bajo mis defensas y recuesto la cabeza en el reposaespaldas del balancín cerrando los ojos. Oigo como Miguel se lía el cigarrillo y después oigo como enciende el mechero y le da una calada al cigarrillo.
     -  ¿Estás cansada? - Me pregunta.
     -  No, solo disfruto de un minuto de paz. - Le respondo.
     -  Que tengas un minuto de paz estando conmigo es un buen comienzo. - Bromea mientras me entrega el cigarrillo para que fume. - Puede que incluso termines disfrutando de la compañía de un mono gruñón.
     -  Cosas más raras se han visto. - Bromeo dando una calada al cigarrillo. - ¿Puedo hacerte una pregunta?
     -  Tú dirás.
     -  ¿No te has enfadado ni un poquito al descubrir que he estado metiendo las narices en tu agencia?
     -  No.
     -  ¿Por qué? - Le pregunto. - Quiero decir que yo me hubiera puesto furiosa si mi padre hubiese llevado semejante investigación a mis espaldas.
     -  No te voy a negar que me ha molestado, pero conozco a mi padre y sé cuales han sido sus motivos y lo respeto. - Me dice sonriendo. - Supongo que ese ha sido el motivo por el que te has negado a leer nuestros expedientes y te lo agradezco, dice mucho de ti.
     -  Conozco a Fernando desde que tengo uso de razón, es un buen amigo de mi padre y conmigo siempre se ha portado muy bien, por eso he aceptado ayudarle, pero no comparto algunas de sus decisiones.
No sé cuándo, pero en algún momento Morfeo me llama y yo caigo en sus brazos. Cuando me despierto la mañana siguiente, estoy en la cama de la habitación que Miguel me adjudicó. ¿Cómo llegué hasta aquí? Retiro la sábana y compruebo que llevo la misma ropa de ayer. ¿Me dormí y Miguel me trajo a la cama sin despertarme? No, no puede ser. Si me hubiera quedado dormida en el jardín, Miguel me hubiera dejado allí para después poder reírse de mí. Decido darme una ducha y cambiarme de ropa antes de bajar a la cocina a desayunar.






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