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domingo, 9 de agosto de 2015

AQUEL VERANO EN SANTA CLARA DEL MAR

Aquel verano en Santa Clara del Mar.



En el baul de los recuerdos se encuentra mi infancia en Mar del Plata.
Allí crecí entre viejas tradiciones; como cuando los domingos se reunía toda la familia para comer los ravioles amasados por las abuelas, la siesta o escuchar el partido del domingo en la modesta Spica.
El barrio La Perla, bullicioso en verano, nostalgico y frio en invierno tenía veredas anchas, testigos mudos de nuestros interminables juegos de pelota y escondidas.
Y el inolvidable anochecer, momento en el que los juegos en la calle se terminaban, las madres comenzaban a preparar la cena y los padres que regresaban del bar y hacían tiempo en su taller mecánico hasta que la comida estuviera lista.
Pero hubo una noche de aquel enero que fue muy especial pues coincidimos los seis primos en en la casa de los abuelos: Carlos de diez años, Marcelo, Hugo y yo de nueve, Jorge de siete y Adriana de cinco. Dora Inés no contaba porque era un bebé. La felicidad era absoluta.
A las ocho comimos pizzas preparadas por la abuela Carmen y fuimos a jugar al patio hasta bien entrada  la noche.
Nos enviaron a dormir antes de las diez pues a la mañana siguiente nos llevarían a una playa cercana, el lugar favorito de mi abuelo.
A las siete nos despertaron con enormes tazas de leche chocolatada y un plato rebosante de medias lunas caseras.

Comimos rápido y nos subimos al Chevrolet color negro del cincuenta y tres del abuelo.
Nos acompañaron la abuela y dos tíos.
Partimos; los corazones galopaban a un ritmo frenético.
En un momento, los seis estábamos con la nariz contra los vidrios mirando el mar, las aves, las olas, el cielo azul. Bajé una ventanilla y el olor del océano invadió el auto. Aún recuerdo el viento en mi cara.
Llegamos a Santa Clara del Mar.
Bajamos corriendo y acampamos en medio de una playa casi desierta.
Alli nos quedamos extasiados viendo como las olas llegaban a la orilla de a poquito y lo peligrosas que se veían mar adentro, la arena fina y limpia, las gaviotas volando sobre nuestras cabezas y tres perros vagabundos que corrían sin dirección alguna, libres.
Me saqué las zapatillas y corrí hacia el mar. Recuerdo la prisa en alejarme cuando sentí el frío del agua. 
Pedimos permiso para alejarnos un poco e investigar, lo cual nos lo otorgaron en medio de una batería de recomendaciones; que no nos alejemos mucho, que no hablemos con nadie, que no toquemos nada. Jorge y Adriana, como eran más pequeños, se quedarían jugando en la arena con sus baldes y rastrillos.
Asentimos y comenzamos la caminata hacia la zona de acantilados con los perros que nos seguían alegres, corriendo a las gaviotas, mordiendo a las olas y ladrando al viento.
La felicidad nos invadía, la aventura comenzaba.
Fue Hugo el que encontró una estrella de mar en la arena pero al ver que estaba viva la regresó. Seguimos caminando y llegamos a unas cuevas.
Nos detuvimos en la primera, la miramos y como se veía muy oscura no entramos y continuamos.
En la segunda llegamos a la entrada y vimos algo blanco enterrado en la arena.
Rodeamos el objeto mientras nuestra imaginación estallaba; era una pelota, una nave espacial, quizás un extraterrestre o un calzoncillo sucio.
Escarbamos un poco hasta que la vimos y salimos corriendo; era una calavera. Hugo y Marcelo se pusieron a llorar mientras a Carlos y a mí nos temblaban las piernas. Nos quedamos sentados un rato sobre las rocas sin hablar. Regresamos.
Comenzamos a sacar la arena del cráneo y encontramos mas huesos. Ya nuestra curiosidad estaba exacerbada.
-Adentro debe haber más cosas, vayamos.- dijo Carlos. Todos asentimos.
Llegamos al fondo de la cueva y comenzamos a escarbar la pared de tierra que cedía con facilidad.
Nos encontramos con otra cueva. Con cautela ingresamos y cual fue la sorpresa al encontramos con la estatua de un hombre sentado en el piso, tenía una barba muy blanca y estaba vestido como pirata. El olor era horrendo. Comenzamos a tocarlo para ver de que estaba hecho y fue Hugo el que tiró fuerte de lo que parecía barba. 
-¡AYYY!- gritó la estatua.
Salimos corriendo aterrorizados de allí al mismo tiempo que escuchábamos una voz que decía:
-No temáis. Entrad que debo preguntaros algo.-
-Salga usted.- respondimos aún temblando.
Salió hasta el borde de la cueva y allí se detuvo.
-Buena mañana a todos. ¿Quiénes sois?- preguntó.
-¿Cual es su nombre, de quién es la calavera que está afuera  y que hacía allí encerrado?- pregunté alzando la voz.
-Me llamo William, soy tripulante del Eterno del Mar y cuido el tesoro de Santa Clara.
-¿Qué tesoro?- preguntó Carlos.
-El que se encuentra escondido aquí.-
-¿Dónde?- preguntamos.
-No puedo deciros. Si puedo decirles que estoy aguardando a que llegue mi barco para irnos a otras aguas.-
Nos miramos entre todos.
-¿Y cuándo es eso?- pregunté.
-Han pasado trescientos años, debería estar aquí  de un momento a otro.-
-Usted está loco.- dijimos y comenzamos a reírnos mientras él también lo hacía. Conversamos un rato sentados en las rocas. En un momento trajo una botella de ron que guardaba en la cueva y nos ofreció un trago pero no lo aceptamos. Comenzó a beber y nos contó historias de piratas que escuchamos fascinados: luchas entre barcos, fantasmas en los puertos, monstruos marinos inimaginables. 
De pronto una explosión nos aturdió; miramos hacia el mar y vimos como del agua emergía un enorme galeón con bandera negra y una calavera en el medio de la misma. Se detuvo a pocos kilómetros de la costa. Cayeron varios botes al mar y muchos hombres vestidos de piratas se montaron en ellos. Llegaron a la orilla y avanzaron hacia donde estábamos.
Saludaron con efusividad a William y nos miraron.
 -¿Quiénes son?- preguntó uno que tenía un parche en el ojo.
-Amigos- le respondió.
Lanzaron unas enormes carcajadas y se metieron dentro de la cueva para recoger los cofres que se hallaban enterrados en la arena.
Salieron con prisa para regresar al barco.
Nuestro amigo, antes de partir  dijo:
-Niños, he disfrutado mucho vuestra compañía. Gracias a ustedes, nosotros existimos, no nos olviden nunca.- dijo emocionado.
Dicho esto lanzó al aire una moneda dorada que cayó en la arena y se marchó.
Marcelo la levantó. Lo escondimos en un lugar secreto de la casa de los abuelos, era un doblón de oro.
Salimos corriendo para contarles a nuestros mayores lo ocurrido. Hicieron como que nos creyeron.
Seguimos jugando en la playa hasta caer rendidos. El regreso a casa fue tranquilo; algunos se durmieron pero yo no podía pues no quería perderme el ocaso: el sol cuando se a va a dormir en el fondo del mar.
Ese verano en Santa Clara es el mejor recuerdo de mi infancia con mis primos.
Cada día vivido allí fue una aventura; encontramos otro tesoro, un barco hundido, un submarino, peleamos contra piratas, platos voladores, caballeros de la Edad Media...
Los días felices en la niñez son para siempre.


    F  I  N

4 comentarios:

  1. ¡Exquisito relato mi Richard...!! Tocando el alma como sueles hacerlo,ya mi mirada lectora te pertenece ávida recoge cada letra y cada mágica escena.Nos llevas de la mano para presentarnos tus historias como en una colosal película...Mil gracias por compartir,espero vuelvas pronto,besitos,mucho,mucho más que infinitos...!!!

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  2. Tu generosidad no tiene limites María.
    Todo el agradecimiento para vos, por tanto afecto y calidez de tu parte a partir de tus comentarios. Es mutuo.
    Gracias otra vez.
    Besos.

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  3. UN Gran relato muy interesante saludos cordiales

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  4. Muchas gracias Isidro. Sos muy amable.
    Abrazo.

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