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jueves, 16 de julio de 2015

La suerte nunca se olvida.

Verte mover tus dudas 
de lado a lado de mi habitación, 
cogidas a tu desnudez.

Tus heridas son egoístas; 
si tienen que hacer sangrar las mías 
para no sentirse solas, 
hunden el cigarro en ellas 
y las invitan a los vicios.

Como si la salud 
solo fuese un producto con el que comercializar 
y hacer negocio.

Pero no del tipo de negocio que tú y yo sabemos; 
no de esos de: 
si te quitas la primera prenda 
te digo la primera verdad.
Que te quiero aunque 
no sepa querer como se debe. 
Aunque no te pida nunca que te quedes 
después del polvo.

Aunque todo polvo se esfume 
por muy sólidos que pareciesen los cimientos 
antes de que todas las promesas se volviesen ceniza 
y nuestras bocas empezasen a soplar.

Pero todo lo que vuela, 
termina por caer, 
y a nosotros la lluvia de ceniza 
siempre nos coge con los ojos de par en par 
y nos hace llorar.

Me saco tus cigarros del costado 
y nos los fumamos a medias, 
mientras me miras las clavículas 
y me susurras lo bien que quedaría un recuerdo 
cosido a ellas.

Y me las besas.

Ahora mis hombros hablan de ti, 
y vale que ya no es tu lengua,
y vale que es otra saliva, 
pero las historias siempre son las mismas 
y todos los viernes llueve ceniza.

Procuro tener los párpados bajados, 
y soñarte.
A placer de saber que existes 
aunque sea entre otras piernas. 

Que suerte haberte visto llorar por mi existencia.
Que siempre te ha dolido más que mi ausencia, 
y explícale tú eso a alguien que no nos haya conocido. 

Decías que mientras estaba, 
te pesaban los días porque podían esfumarse.

Y cuando no estaba, 
me pensabas con la calma que pone uno 
en recordar cuantas cucharadas de azúcar llevaba 
el postre de tu abuela. 
Y no tenías insomnio.

En cambio, cuando estaba 
nunca podías dormir, 
decías que te asustaba despertar 
y que me hubiese ido con uno de corbata.

¿No irías a por mi? 

Y tú respuesta siempre era la misma: 
no te buscaría porque acabaría encontrándote 
y volvería a tener miedo de perderte.

Me decías que yo era una suerte. 
Buena o mala. 
Pero suerte. 
Y que la suerte no se olvida.

Que la suerte está echada 
y que yo, sobre tú cama, 
tenía más pinta de buena que de mala.

Pero que vete tú a saber 
si mi ombligo te dejaba pensar con claridad. 
Que de una escritora nunca hay que fiarse, 
pero si además escribe sobre ti, 
entonces puedes equivocarte, 
fastidiarla, 
meter la pata o la boca en otro escote, 
porque ella cogerá todo tu desastre 
y lo terminará convirtiendo en poesía.

¿Ves? Al final tienes tú la culpa de mis deslices. 
No los cuentes bonitos. 
Escribe por ahí que soy un cerdo, 
y cuenta lo de Lucía y lo de Marta. 
Escribe que me olvidé de tu cumpleaños 
y que el catorce de Febrero 
me presenté en tu casa borracho. 
Mucho más borracho que tu nuevo y perfecto novio. 

Pon también que acabaste la noche con él, 
pero la vida la acabas conmigo.
Ponlo. 
Que pueda odiarte un poco 
y se me hagan más fáciles 
mis malas decisiones. 
Que siempre llevan tu pelo.

Te asomabas a mi boca suicida 
y me prometías que un día, 
cuando ya no supieses volver a mi, 
ibas a matarme a golpe de recuerdo, 
y que después morirías conmigo plácidamente, 
como alguien que lo ha logrado todo en la vida.

Porque la suerte, decías, la suerte nunca se olvida.







4 comentarios:

  1. Hermoso poema, que habla de las vicisitudes de la infidelidad, he sentido de todo en este poema y no es fácil tocar sentiemientos tan distintos a la vez. Genial, gracias Amparo por compartir!

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    Respuestas
    1. Muchas gracias Juan Carlos, lo cierto es que todo popurrí de sentimientos, que no sabemos deshilachar ni desgranar, suelen ser perfectos para escribir o para leerlos en escritura ajena.

      Amparo.

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  2. Intenso, doloroso y emotivo, con sentimientos a flor de piel en un tema candente en algunas parejas.
    Me ha encantado y me he sentido como protagonista. Porque todos recordamos experiencias propias o ajenas cercanas.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Marisa! Pensar que te ha permidito quedarte a vivir un ratito, me da mucha alegría, primero porque es lo que siempre pretendo y lo que me gusta sentir cuando leo, y segundo porque me siento comprendida de algún modo, y menos sola.

      Otro abrazo inmenso para ti.

      Amparo.

      Eliminar

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