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domingo, 26 de julio de 2015

DE 22.00 A 05.00



La lluvia despiadada que caía ese medio día sobre la ciudad, hizo que Rodolfo se quedara en su oficina leyendo el diario y escuchando música. 

Ojeaba  el periódico mecánicamente, aburrido, hasta que una publicidad le llamó la atención: “Un
viaje a través del tiempo para bailar y escuchar el mejor tango; este sábado hará su
presentación la Dama blanca, Ebe Bedrune y su orquesta. Los esperamos a partir de las
22.00 hs. en el Gran Sud; con entrada por la vieja estación de trenes.”
Le resultó tentadora la propuesta además de intrigante por la mención de Ebe ya que sabía había sido una excelente directora de orquesta de tango a mediados de los ’40. Muchos años habían pasado.
 -Debe ser la hija o la nieta.- pensó. 
Terminada su jornada laboral partió hacia su casa para proponerle a Valeria ir al Gran Sud. 
-Siii, mi amor, ¿Como no? Ya sé; ¿Porque no invitamos a Magda y Pedro? A ellos también les gusta el tango.- 
A él le pareció una buena idea por lo que los llamó inmediatamente. Sus amigos aceptaron gustosos y sin perder tiempo organizaron la salida.
Llegó el día. A las nueve de la noche salieron los cuatro en un solo auto. Era una noche fría y brillante en la ciudad, la luna llena parecía que caería sobre la tierra. 
Avanzaron en forma lenta por las viejas calles con adoquines provenientes de Sierra Chica, donde los presos trabajaban las canteras, de Tandil y Olavarría, y llegaron a la antiquísima estación de trenes abandonada. 
Siguieron una metros y allí estaba: el Gran Sud, de García y García.
Sobre la puerta de acceso, un viejo farol a gas irradiando una luz amarillenta, mortecina, nostálgica.
Su frente de piedras y madera rancia era una visión por demás atemporal. Y la espesa niebla que se cernía sobre el lugar alentaba cierto temor.   
El lugar tenía ciento veinte años de antigüedad: 1.892 hacía sido el año de su fundación por lo que podía verse en la placa oxidada, clavada a un costado de la puerta.
El silencio era absoluto. Solo algún grillo o el ladrido de un perro trasnochado lo alteraban.   
Dejaron el auto en el estacionamiento solitario y se encaminaron hacia a la vieja Estación que había dejado de funcionar mucho tiempo atrás cuando quedó abandonada a su suerte, esquiva por supuesto ya que del esplendor de otrora solo quedaban ruinas y soledad.
Había sido una de las más bellas estaciones de Buenos Aires, un ícono del estilo francés y un faro para artistas y escritores de la época.
Caminaron y en una esquina vieron una tenue luz roja. Al llegar a ella se encontraron  con un formidable hombre de tez oscura, calvo, de unos dos metros de altura y con un peso que rondaría los ciento treinta kilos. Estaba uniformado con un elegante levitón.
Los recibió con suma cordialidad e inmediatamente llamó a la camarera que se acercó con un andar armonioso, cadencioso y brutalmente sensual,  sus labios de color rojo furioso, el cabello corto ondulado color negro azabache, camisa blanca con un moño, una falda corta, medias de red y tacos altos completaban la visión de una diosa del Olimpo griego.  
Saludó con una gran sonrisa, les pidió los abrigos y les recomendó no salir a la calle hasta la hora indicada.
-Recuerden que deben encenderse las luces para ello.- dijo con voz angelical. Dicho esto los invitó a pasar al inmenso salón.
Los sorprendió ver la multitud que se hallaba congregada allí. Pasado el instante comenzaron a recorrerlo.
Más el asombro de Rodolfo fue mayúsculo cuando creyó reconocer a Ebe Bedrune dirigiendo la orquesta en el amplio escenario; rubia, corpulenta, bonita y vistiendo su clásico frac blanco.  
Recorrió mentalmente las escasas fotos que había visto y no tenía dudas, era ella. Pero como no era posible dijo en voz alta: -Miren, debe ser la nieta de la Bedrune.- Todos la miraron y sonrieron. 
Todas las mesas estaban ocupadas, la barra atestada de hombres conversando con las
alternadoras, todas vestidas de largo satén y bebiendo sus tragos sin alcohol; la energía del lugar era indescriptible; las mujeres con sus faldas ajustadas, medias de red, tacos altos; los hombres con saco y corbata haciendo gala de sus dotes de bailarín.
Deambularon hasta que encontraron un breve espacio y pidieron sus tragos para luego enfrascarse en una eufórica tertulia. 
Pedro en un momento necesitó ir al baño. Al llegar lo encontró atestado de hombres por lo que decidió regresar más tarde.
Caminando con dirección a su esposa y amigos, un fuerte mareo lo invadió, el alcohol, el humo del tabaco y el sonido estridente de la música de la orquesta lo había afectado.
-Necesito aire fresco.- dijo para sí.
Casi tambaleando llegó a un rincón del salón y encontró una puerta que estaba cerrada pero con un leve forcejeo la abrió. Una vez en la calle caminó entre el frío y la soledad un poco y cuando se sintió mejor regresó al “Gran Sud”.
Entró por la misma puerta que había salido pero se encontró con algo que lo dejó paralizado: 
el lugar estaba vacío, no estaba su esposa, tampoco sus amigos, no había gente, camareras, ni orquesta de tango, alternadoras, nada.
Tan solo el sonido de un bandoneón lastimero, cuatro ebrios tirados sobre una mesa y una camarera de setenta años por lo menos con un vestuario impropio para la edad; falda corta, medias de red, tacos, camisa manchada y la cara pintada como payaso.
Detrás de la barra, dos ancianos que miraban todo sin ver nada. Muy confundido se
acercó a ellos con el fin de conseguir alguna explicación:
-Buenas noches, ¿me permiten una pregunta?- 
-Buenas noches, él es el Señor García y yo soy García. ¿En qué podemos ayudarlo, señor?- respondió uno de ellos.
Más confundido preguntó: -¿Perdón, los nietos de los fundadores acaso?-
-No señor, somos los fundadores- dijo el Sr. García muy suelto de cuerpo.
La respuesta hizo tambalear a Rodolfo, tanto que estuvo a punto de caer al piso.
Salió como pudo del lugar, aterrado, pero la negrura de la noche lo asustó aún más por lo que regresó al cabo al momento.  
Se acercó hasta el mostrador otra vez y alzando la voz les pidió le digan donde se encontraba su esposa.
-Señor, están todos en el Gran Sud, año 1945.- le respondieron al unísono.
Su control estaba por desaparecer y enfurecido preguntó:
-Señor, si ellos están donde usted dice, lléveme por favor.- dijo resignado. Sus manos temblaban.
-Señor, se le recomendó no salir hasta las 5.00 hs.; al hacerlo se encontró con el presente; esto que ve es el Gran Sud, año 2013 aunque por poco tiempo más, su muerte está declarada, decidimos cerrarlo, ya nadie viene. Su época de esplendor quedó allá lejos, en la década del 40.- Su tono de voz era triste y nostálgico.
Los miró y lanzó una carcajada irracional. 
-Supongamos que creo lo que me dicen, ¿Cómo regreso al Gran Sud fascinante y glamoroso donde está mi esposa? -
-Muy sencillo señor, la estación abandonada es un portal que funciona entre las 22.00 hs. y
las 05.00 hs. del día siguiente. Nos lleva todos los días a la misma noche; 22 de julio de 1945.-  
-¿Quiere regresar? Porque nosotros vamos y venimos, tenemos la llave. Solo le pedimos no salga hasta que se enciendan las luces, una cuestión de orden, ¿Vio?.-
-Por último, ¿Quienes son ustedes? No pueden tener más de cien años y estar vivos.-
-Confórmese con saber que no somos de esta época.- dijeron.
Salieron a la calle y llegaron hasta la puerta que ya conocía pues la había traspasado con su esposa y amigos unas horas antes. Allí uno de los García sacó de su bolsillo una llave antigua, aparentemente de bronce, se veía pesada y reluciente…
Se despertó tirado en el piso del baño. Se levantó con prisa y salió corriendo de allí; al ver otra vez el salón repleto de personas el alma le volvió al cuerpo y cuando vio a la orquesta de Ebe, a sus amigos y a su esposa bailando el tango con un desconocido sintió una enorme felicidad.
Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. Conmovida por la muestra de afecto le preguntó no obstante que le ocurría. -Nada mi amor, nada.- respondió.
A pesar de lo ocurrido decidió disfrutar la noche y comenzó a bailar un tango como podía. Se divirtieron mucho.
En un momento subió al escenario Rosita Quiroga y el lugar estalló. Era emocionante verla. Rodolfo no podía creerlo. En verdad era ella. Su espectáculo fue magnifico.
Diez minutos antes de las cinco se encendieron las luces y todos, sin excepción, se encolumnaron hacia la puerta de salida, sonrientes y satisfechos. 
De pronto estaban en la calle con el frío y la humedad que se le metían entre los huesos.
Subieron al auto con prisa y retornaron a sus hogares.
Estaban extasiados por lo vivido y Rodolfo decidió no contar nada de lo sucedido. Se durmió aunque con algo de esfuerzo.
Pasaron los días y su gran dilema era saber si había sido real o no. Ese jueves no pudo más y al salir de su trabajo se dirigió al cabaret.
Llegó y detuvo el auto. Sin bajarse pudo ver que El Gran Sud estaba cerrado definitivamente. Unos tablones de madera atravesados en la puerta así lo indicaban. 
Y a un costado de la puerta vio a cuatro personas mayores tiradas en el piso  y tapados con cartones. Siguió avanzando y llegó al estacionamiento donde se encontró con una anciana muy mal trazada ofreciendo servicios sexuales. Rodolfo, luego de observarla unos instantes la reconoció; era la camarera sexi que los había recibido esa noche. Con gran tristeza abandonó el lugar. Regresó a su casa y le contó todo a su esposa.
Ella, con suma ternura y filosofía le respondió: -¿Mi amor, tendrás alguna vez respuesta a
estas preguntas, lograrás saber la verdad, tienes a quién recurrir?-
-No sé, no estoy seguro…creo que no, no…no creo.- respondió.
-Entonces deja de hacerlas y disfruta lo que se te ofrece.- le pidió con su angelical voz.
-Mira el periódico, la publicidad continúa, solo remarca la entrada por la vieja estación.- agregó.
Esa noche se durmieron temprano.    
Es sábado por la mañana y su esposa lo despertó para tomar el desayuno. Notó en su voz cierta
euforia por lo que fue a la cocina y la encontró enfundada en un sugestivo vestido negro, muy ajustado, cabello corto a lo garçon y collar de perlas. Lo miró con una amplia sonrisa.
-¿Te gusta?- 
-Estás increíble.- le respondió. 
Al acercarse él se da cuenta que ella sostiene algo con sus manos por la espalda: era una caja. Sonríen ambos y se la ofrece. 
-Ábrela por favor.- le pidió emocionada.  
Rodolfo, con la ansiedad de un niño la abrió y se encontró con un magnifico traje corte antiguo color azul, zapatos negros, corbata angosta y sombrero.
Con enorme alegría su esposa le preguntó: 
-¿Te gusta?-
-Si querida- le respondió. -Es para ir esta noche al Gran Sud ¿No?-
No hacía falta la respuesta. Sus ojos brillaban.

                                                            F    I    N


2 comentarios:

  1. Un relato exquisito,con ese toque de misterio,con esos personajes del cielo que siempre llegan....De una u otra manera...Nada sería lo mismo sin tu toque al interior del alma y es que eres tú y tus magnificas historias,me sentí en los 40,baile de manera sublime y regresé para decirte que eres FA-BU-LO-SO Gracias por compartirnos,besitos mi Richard,miles,infinitos...!!!

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  2. un relato encantador me a encantado gracias saludos cordiales

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