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miércoles, 22 de julio de 2015

Caprichos del destino 3.























Aitor cumplió su promesa y me presta su coche entre semana para poder ir al trabajo hasta que yo me compre un coche nuevo. Puede que Aitor no sea el mejor de los amigos en cuanto a consejos se refiere, pero sí que lo es a la hora de hacer favores, sobretodo si se trata de prestar su coche. No es que no le gusten los coches, porque le gustan, es solo que prefiere que otros le lleven. Según él, si tiene coche es para usarlo el fin de semana y así poderse llevar a sus ligues dónde le dé la gana.

     -  Ya sabes que sólo tengo coche para poder hacerte un favor cuando lo necesitas. - Me dijo bromeando cuando se lo pedí prestado por enésima vez.
Como ya he dicho, mi viejo Golf tiene más de veinte años y si sigue funcionando es gracias a mi padre, que se encarga de arreglar cualquier avería que tenga, lo cual ocurre frecuentemente y siempre termino pidiéndole a Aitor que me preste su coche.

El miércoles, cuando llego a mi despacho en la penitenciaria lo encuentro lleno de ramos de flores, rosas blancas, rojas y amarillas, orquídeas de color violeta, azucenas azules, margaritas amarillas y otras mil especies distintas que no sé identificar. Busco entre todas ellas, pero no encuentro mis favoritas: lirios blancos. Tal y como entro en el despacho, Alicia entra detrás de mí y me dice:

     -  No han dejado de llegar ramos de flores desde las ocho de la mañana. ¿Qué celebras hoy? Porque tu cumpleaños no es.

Alicia es mi ayudante, aunque en estos tres meses nos hemos hecho buenas amigas y practicamente nos lo contamos todo. Por supuesto, también le he contado la traición de Alberto.
Pienso en los ramos de flores, pero nada se me ocurre para imaginar por qué en mi despacho hay un centenar de ramos. No es mi cumpleaños. Hoy es 5 de diciembre de 2012, ninguna fecha importante, al menos ninguna que recuerde. Me encojo de hombros a modo de respuesta y cojo la tarjeta de uno de los ramos de rosas blancas para leerla: "Te echo de menos, te quiero y necesito que me des otra oportunidad, te prometo que no la desaprovecharé. A." No me lo puedo creer, son de Alberto.

     -  ¿Son de tu ex? - Me pregunta Alicia cómo si me hubiera leído la mente.
     -  Sí, al menos éste sí que lo es. ¿Todos los ramos tienen tarjeta?
     -  Sí. - Me responde Alicia. - ¿Qué quieres que haga con los ramos?
     -  Deshazte de ellos, por favor. - Le ruego. - Te los puedes llevar a casa, regalárselos a quien te plazca o tirarlos a la basura, me da igual. Pero no quiero tenerlos aquí.
     -  Son muchos ramos, me llevará un rato... - Se interrumpe de repente y me dice: - Por cierto, hay un tipo esperándote. Dice que es abogado y creo que me ha dicho que se llama Erik Petersen, ¿le conoces?
     -  No, no tengo ni idea. - Le contesto con sinceridad. - Hazle pasar, a ver qué quiere.

Alicia desaparece rápidamente de mi despacho y escasos segundos después aparece seguida de un tipo de unos cuarenta años de edad, con un traje de Armani, demasiado bien vestido para ser el abogado de cualquiera de los presos con los que trabajo.

     -  Señorita Moreno, encantado de conocerla. - Me dice tendiéndome la mano.
     -  Por favor siéntese, señor Petersen. - Le digo estrechándole la mano. - Cuénteme, ¿en qué puedo ayudarle?
     -  En realidad, vengo a ayudarla a usted. - Me responde con una sonrisa maliciosa. - Soy el abogado del señor Muller. Si no lo recuerda, es el tipo que chocó con usted el pasado viernes por la noche.
     -  Lo recuerdo perfectamente. - Le respondo a la defensiva. ¿Por qué Jason me dice que le llame si necesito cualquier cosa y después me envía a su abogado? - ¿Hay algún problema, señor Petersen?
     -  Ninguno. - Me responde de inmediato. - Llevo todas las gestiones del señor Muller y me ha pedido que me haga caro de todo el papeleo con la aseguradora, la cual me ha indicado que no ha iniciado ninguna acción de reclamación de daños físicos, ¿es correcto?
     -  Así es, cómo puede comprobar, estoy perfectamente.
     -  No obstante, el señor Muller me comentó que se hirió en la frente... - Se interrumpe y me pregunta cambiando de tema totalmente: - Todas esas flores, ¿es su cumpleaños?
     -  Fue un corte de nada. - Le digo señalando la pequeña herida en mi frente. - Señor Peterson, no quiero ser grosera, pero tengo mucho trabajo. ¿Puede decirme a qué ha venido?

Lo último que me apetece ahora es explicarle quién me ha enviado las flores y por qué, es algo en lo que ni siquiera quiero pensar.

     -  Venía a ofrecerle una indemnización por los daños causados, ya que imagino que se habrá quedado sin coche y querrá reclamarlos.
     -  Ya le dije al señor Muller que no voy a reclamar nada, entre las compañías aseguradoras se pondrán de acuerdo y quedaré conforme con lo que me decidan indemnizar.
     -  ¡Oh, vamos! Estoy seguro que un dinerito extra te vendrá bien y ambos sabemos que terminará reclamando una indemnización, sobretodo sabiendo quién es el señor Muller y el dinero que tiene. - Me dice con arrogancia. - ¿Cuánto quiere? ¿Cincuenta mil euros le parece una buena cifra? A alguien como a usted le vendría muy bien el dinero.
     -  ¿A alguien cómo yo? - Pregunto estupefacta.
     -  A mí no trate de engañarme, señorita Moreno. - Me dice con prepotencia. - Solo le estamos poniendo las cosas más fáciles. Usted recibe una indemnización extra y a cambio me firma éste documento en el cual se compromete a mantener lo ocurrido en confidencialidad absoluta. Seguro que hay alguna cifra en que ambas partes nos pongamos de acuerdo.
     -  Cómo ya le he dicho, no quiero dinero. - Le repito furiosa. ¿Quiénes se han creído que soy?
     -  Si hay algo que he aprendido trabajando para el señor Muller es que todo el mundo tiene un precio, señorita Moreno. - Insiste el abogaducho. - Estoy seguro de que hay algo que pueda hacer por usted para que todo esto quede entre el señor Muller, usted y yo.
     -  Pues sí, hay algo que puede hacer por mí. - Le respondo poniéndome en pie. - De hecho, le voy a pedir dos cosas. Ya sabe, alguien tan ambiciosa como yo, no puede desaprovechar una oportunidad así.
     -  Estaré encantado de complacerla. - Me contesta satisfecho. - ¿Qué desea, señorita Moreno?
     -  La primera es que salga de mi despacho antes de que me vea obligada a llamar a seguridad, los cuales no son muy amables que digamos. - Le digo furiosa. - Y la segunda es que le diga al señor Muller de mi parte que se vaya a la mierda. Podría utilizar el teléfono para decírselo, pero usted es el canal más apropiado para decírselo, dadas las circunstancias. Y ahora, si me permite, tengo trabajo que hacer.

El señor Erik Petersen se levanta descolocado  sale del despacho todavía más confundido. Menudo imbécil. Y el otro todavía más imbécil aún. Me pide que le llame y luego me envía a su abogado de pacotilla.

Sin dar más vueltas a lo que acaba de pasar, cojo mi bolso y me dirijo a sala de vistas para la condicional, dónde hoy hay una vista para determinar si le conceden la libertad condicional a Manuel Castro o, como todos le conocen, "el Lolo". El Lolo es un pequeño delincuente común, la mayoría de sus antecedentes son por hurtos o robos sin violencia física a terceras personas, lo cual ha hecho que por eso tenga opción a solicitar la libertad condicional. Es un hombre que se preocupa por su familia y la quiere, en la penitenciaria se ha hecho amigo de todo el mundo, cosa bastante difícil de conseguir. En dos años que lleva aquí no se ha metido en ningún altercado y participa positivamente en todos los talleres y ocupaciones del programa, lo cual lo hace un candidato estupendo para la condicional, siempre que el fiscal esté conforme en dársela. El Lolo entró en prisión por robo con arma de fuego en una sucursal bancaria. No mató ni hirió a nadie, ni siquiera llegó a disparar el arma. Su abogado está alegando enajenación mental transitoria, ya que en esas fechas le habían detectado una rara enfermedad a su hija y el único tratamiento posible para esa enfermedad solo se ofrecía en Houston. El Lolo intentó atracar la sucursal con el fin de obtener el suficiente dinero para poder enviar a su hija al hospital de Houston, aunque no lo consiguió. El caso llegó a los medios de comunicación, quienes vendieron la historia como la de un padre coraje, lo cual hizo que algunas asociaciones y mucha gente anónima hiciera donaciones para enviar a la pequeña a Houston. Dos años más tarde, la pequeña ya está casi curada y su padre probablemente a recuperar su libertad, aunque condicionada.

La vista va rápida. El fiscal tiene demasiada presión mediática y social y no pone muchas trabas. Entrego todos los informes que he preparado sobe el Lolo, en donde menciono su capacidad de adaptación al entorno, su buena conducta y su positiva participación en los talleres. Finalmente, la fiscalía le otorga la libertad condicional.

Felicito a Lolo por su nueva libertad y le recuerdo el procedimiento a seguir, haciendo incapié en que no puede salir del país ni puede ir armado, lo cual anularía su condicional y volvería preso ipso facto. El Lolo me abraza eufórico y me dice sonriendo:

     -  No pienso cagarla, no te preocupes. Solo quiero estar con mi familia, buscaré un trabajo y seré un chico bueno, te lo prometo.
     -  Eso espero, no me gustaría tener que verte por aquí. - Le respondo.

Un día largo y complicado, pero por fin se ha acabado mi jornada laboral y puedo regresar a casa. Cuando llego a casa me doy un baño de espuma mientras me bebo una copa de vino tinto. Tengo el móvil desconectado desde esta mañana cuando he entrado en mi despacho y he visto los ramos de flores, no tengo ninguna intención de hablar con Alberto, así que no pienso encender el móvil hasta mañana por la mañana.

4 comentarios:

  1. buenas tardes un buen relato muy interesante gracias feliz semana saludos cordiales

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  2. Un relato tan antojable de seguir como el baño en espuma y la copa de vino...¡Me encantó.....!!! ¡Gracias Rakel,feliz jueves linduraaaaa..!!!

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    1. Mil gracias María! Feliz jueves, preciosa! ;-)

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