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martes, 21 de julio de 2015

Caprichos del destino 2.























Al día siguiente me despierto con resaca, pero al menos estoy en mi cama. El incesante sonido de mi móvil me obliga a levantarme y cogerlo. Es mi padre. Supongo que cuando ha visto el coche se ha preocupado, lo cierto es que ya puedo ir haciéndome a la idea de comprar un coche nuevo. Por suerte, era algo que prevía que iba a ocurrir y ya tenía algo de dinero ahorrado, aunque esperaba que durara un poco más para ahorrar lo suficiente como para comprarme un coche mejor.

Tras una hora al teléfono con mi padre asegurándole que no tengo ningún rasguño (he omitido el hecho de que un cristal me hiciera un corte en la frente), he conseguido convencerle y ha colgado después de hacerme prometer que mañana iré a Sitges a verle. Como Víctor trabaja, le pediré a Esther que me acompañe, así podremos pasar el día juntas, como hacíamos antes de que Alberto y yo rompiéramos.

Después de comer me siento en el sofá a ver una película y alguien me llama desde un número que no reconozco.

     -  ¿Sí? - Contesto al descolgar.
     -  ¿Sara? Soy Jason. - Escucho la voz con acento anglosajón al otro lado del teléfono. - El que te embistió con el coche ayer por la noche.
     -  Hola. - Logro decir aturdida.
     -  ¿Cómo estás? - Me pregunta con naturalidad.
     -  Eh... Si te refieres a lo del accidente, estoy bien. - Le contesto amablemente.
     -  Solo quería asegurarme. - Me dice tras resoplar. - Si hay algo que pueda hacer...
     -  Todo está bien, no tienes que preocuparte de nada. Las compañías de seguros se pondrán de acuerdo para arreglar los coches.
     -  Aún así, me gustaría que me llamaras si necesitas alguna cosa. - Insiste.
     -  De acuerdo, lo haré. - Miento. ¿Para qué le voy a llamar? Lo único que se me antoja no se lo puedo pedir, sería demasiado incorrecto para un inglés demasiado educado.
     -  Ahora tengo que colgar, esto un poco liado, pero llámame para lo que necesites. - Me dice mientras la voz de una mujer a lo lejos reclama su atención. ¿Uno de sus ligues? - Adiós, Sara.
     -  Adiós. - Digo con un hilo de voz antes de colgar.



Pero, ¿qué me pasa? Solo he oído su voz y todo mi cuerpo está temblando como si fuera una adolescente de quince años. Creo que necesito sexo urgentemente.

El domingo voy con Esther a visitar a mi padre. Revisamos el coche, el cual a la luz del día parece más destrozado de lo que me pareció el viernes por la noche.

     -  Va a salir más caro arreglarlo que comprar uno nuevo. - Se lamenta mi padre. - Sé que te encanta este coche, Sara, pero tienes que deshacerte de él. Lo mejor es que compres un coche nuevo. La aseguradora te indemnizará por u pequeño importe que puedes dar de entrada en un concesionario para comprar el coche nuevo.
     -  Supongo que no me queda otro remedio. - Digo resignada.

Después de comer aparece Diego, el vecino y mejor amigo de mi padre, y su hijo David. Es comisario de la policía local de Sitges y su hijo David también es agente de la policía local de Sitges. Su hijo David es cuatro años mayor que o y vive en un piso en Vilanova i la Geltrú, una pequeña ciudad a escasos 10km de Sitges. Nos conocemos desde hace unos siete u ocho años y hemos tenido alguna que otra relación sexual esporádica y sin compromiso, pero nada serio. Somos buenos amigos y me siento a gusto con él, pero entre nosotros no hay esa chispa que nos haga vibrar, no me aparecen mariposas en el estómago cuando le veo ni me tiemblan las piernas al escuchar su voz.

     -  ¡Sara, estás guapísima! - Exclama David saludándome con un efusivo abrazo. - ¿Cómo estás? Mi padre me acaba de decir que tuviste un accidente.
     -  Estoy bien, no fue nada. - Le quito importancia y cambio de tema: - ¿Te acuerdas de mi amiga Esther, verdad?
     -  Por supuesto. - Responde David saludando a Esther con un par de besos en la mejilla. - ¿Qué tal estás, Esther?
     -  Vaya, no tan bien cómo tú. - Le dice Esther pícaramente.

Pongo los ojos en blanco y paso directamente al salón para saludar a Diego. A Esther siempre le ha atraído David, sobretodo con el uniforme puesto. Ella lo llama su amor platónico y siempre que lo ve suelta algún comentario alto de tono. A mí nunca me ha importado, con el tiempo incluso ambas lo premeditamos para hacer que David se sonroje, lo cual no es nada usual.

Saludo a Diego, el cual, tras saludarme, me dice con reprobación:

     -  Deberías haber llamado a la policía, los ricos se creen que pueden hacer lo que quieran.
     -  El tipo me ha dado todos los datos, insistió en llamar a una ambulancia para que me hicieran un chequeo, se ofreció a llevarme a dónde necesitara y ayer me llamó para preguntarme cómo me encontraba, creo que todo eso es suficiente. - Lo justifico. - De hecho, creo que es exageradamente innecesario.
     -  Seguro que iba bebido. - Persiste Diego. - Deberías haber llamado a la policía.
     -  Déjala, papá. - Sale David en mi defensa. - Lo importante es que no ha pasado nada grave.
     -  Lo único grave es mi querido Golf. - Me lamento.
     -  Pues yo me alegro. - Dice Esther. - Ese cacharro no es nada fiable y, aunque a ti te encante, es horrible. Deberías comprarte el nuevo Golf, eso sí es un coche y no el otro trasto al que solo le hacen falta dos caballos y un látigo de lo anticuado que está.
     -  ¡Eh, no te metas con mi Golf! - Le reprendo.
     -  Hija, Esther tiene razón. - Me dice mi padre encogiéndose de hombros. - Necesitas un coche más seguro.

Paso gran parte de la tarde escuchando las opiniones sobre qué coche debería comprar, siendo los seleccionados el nuevo Golf, un Megane o un Astra. Escucho sin demasiada atención a los consejos que Diego y David me dan sobre los préstamos de los concesionario, los tipos de interés y no sé qué más cosas relacionadas. Mi mente está a años luz del salón de casa de mi padre, está concentrada analizando la conversación telefónica que he mantenido con Jason. ¿Qué ha querido decir con eso de "llámame para cualquier cosa que necesites"? ¿Me estaba insinuando algo? No lo creo, de haber sido así me lo hubiera dicho directamente, ¿no? Y, si decidiera llamarle, ¿qué le diría? "Hola, Jason. ¿Te apetece que salgamos a cenar y lo que surja? Ni de coña, no pienso llamarle.

No sé de qué me preocupo, acabo de salir de una relación y lo último que deseo es meterme en otra relación, pero mi mente se embala y piensa por libre.

     -  Sara, ¿estás bien? - Me pregunta David devolviéndome a la realidad.
     -  Sí, perdona, me he distraído. - Me disculpo.
     -  Te decía que puedo acompañarte el próximo sábado al concesionario, así puedes echar un vistazo para decidirte. - Me propone David.
     -  Gracias David, pero creo que de momento voy a esperar un poco.
     -  ¿Cómo vas a ir al trabajo? - Me pregunta Diego.
     -  Aitor se ha ofrecido a prestarme su coche, no utiliza su coche entre semana porque trabaja al lado de su casa y además vive en el edificio de en frente del mío, así que de momento me apañaré. - Le respondo.

Si hay algo que detesto de venir de visita a casa de mi padre es someterme a sus interrogatorios y a los de Diego, son insufribles.

Por suerte, Esther sale en mi ayuda, mira su reloj y, levantándose del sofá, les dice todo lo cordial que puede parecer:

     -  Se ha hecho tarde, deberíamos irnos ya.

Me levanto en el acto, me despido de todos y diez minutos más tarde estoy con Esther en su coche, a salvo y de camino a casa.

6 comentarios:

  1. Pues claro que te está invitando Sara!! después del primer café, todo irá sobre ruedas, por cierto.....mejor las de un Megane!! xd. Besos Rakel!!

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    1. Aix, esta Sara, cómo le cuesta decidirse, jejeje. Mil besos Juan Carlos! ;-)

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  2. Irresistible Jason... ¡Que sueño de ingles,todo romance y caballerosidad..!!! ¡Me encanta Rakel,como también les gustará a quienes están esperando tus letras,besitos a miles...!!!

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    1. Muchísimas gracias María. Millones de besos preciosa! ;-)

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  3. Como siempre, aquí se suspiran muchas cosas... No digo nada más. Lo demás es más que entendible...
    Gracias por dejarnos estos relatos que son como nubes interminables...

    Besiños, poeta.

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    1. Mil gracias a ti Joaquín, para mí es un placer compartir mis historias con todos vosotros.
      Besotes!

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